
En tiempos de crisis o de estabilidad, en democracias consolidadas o en regímenes autoritarios, las frases de Nicolás Maquiavelo continúan resonando como un manual incómodo de la política real. El autor de El Príncipe, escrito en 1513, no proponía ideales, sino diagnósticos sobre la naturaleza humana y el ejercicio del poder. De allí emergen sentencias que hoy parecen hechas a medida de la vida pública contemporánea: la conveniencia de mostrarse virtuoso aunque no siempre se sea; la advertencia de que es más seguro ser temido que amado; la certeza de que los hombres olvidan antes la muerte del padre que la pérdida del patrimonio.

El príncipe
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“Moral y política, asuntos separados”, como le dijo a Infobae Miguel De Luca, Director de la carrera de Ciencia Política de la Universidad de Buenos Aires.
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Su mirada directa sobre la fragilidad de la lealtad ciudadana, el peso de las apariencias, la utilidad del engaño o el papel de la clemencia, traza un espejo en el que los liderazgos actuales encuentran todavía su reflejo. En la política del siglo XXI, donde la comunicación instantánea multiplica promesas y desmentidas, sus observaciones sobre la infidelidad de los príncipes en tratados y compromisos recobran vigencia. Y su célebre recomendación de que el gobernante debe ser zorro para descubrir trampas y león para infundir temor, continúa instalada como metáfora de la necesidad de combinar astucia y fuerza.
Sentencias como “a los hombres hay que conquistarlos o eliminarlos, porque si se vengan de las ofensas leves, de las graves no pueden”, o “hay que ser zorro para conocer las trampas y león para espantar a los lobos”, revelan una mirada pragmática sobre el poder, la moral y la naturaleza humana.
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Maquiavelo escribió para príncipes, pero sus frases se aplican hoy a presidentes, ministros, legisladores y dirigentes que enfrentan el mismo dilema: hasta qué punto se puede gobernar con virtudes y cuándo conviene recurrir a lo que él llamaba, sin ambages, el mal necesario.
De “El príncipe”
- A los hombres hay que conquistarlos o eliminarlos, porque si se vengan de las ofensas leves, de las graves no pueden; así que la ofensa que se haga al hombre debe ser tal, que le resulte imposible vengarse.
- Todos los príncipes deben desear ser tenidos por clementes y no por crueles. Y, sin embargo, deben cuidarse de emplear mal esta clemencia.
- Está bien mostrarse piadoso, fiel, humano, recto y religioso, y asimismo serlo efectivamente: pero se debe estar dispuesto a irse al otro extremo si ello fuera necesario. (...) Es preciso, pues, que tenga una inteligencia capaz de adaptarse a todas las circunstancias, y que, como he dicho antes, no se aparte del bien mientras pueda, pero que, en caso de necesidad, no titubee en entrar en el mal.
- Hay, pues, que ser zorro para conocer las trampas y león para espantar a los lobos. Los que sólo se sirven de las cualidades del león demuestran poca experiencia.
- El vulgo se deja engañar por las apariencias y por el éxito.
- A veces, lo que parece virtud es causa de ruina, y lo que parece vicio sólo acaba por traer el bien estar y la seguridad.
- Nunca faltaron a un príncipe razones legítimas para disfrazar la inobservancia. Se podrían citar innumerables ejemplos modernos de tratados de paz y promesas vueltos inútiles por la infidelidad de los príncipes.
- Es más seguro ser temido que amado.
- Los hombres olvidan antes la muerte del padre que la pérdida del patrimonio.
- De la generalidad de los hombres se puede decir esto: que son ingratos, volubles, simuladores, cobardes ante el peligro y ávidos de lucro.
- Mientras les haces bien, son completamente tuyos: te ofrecen su sangre, sus bienes, su vida y sus hijos, pues –como antes expliqué– ninguna necesidad tienes de ello; pero cuando la necesidad se presenta se rebelan.
- Las minorías no cuentan sino cuando las mayorías no tienen donde apoyarse.
- Los hombres son tan simples y de tal manera obedecen a las necesidades del momento, que aquel que engaña encontrará siempre quien se deje engañar.
- Es defecto común de los hombres no preocuparse por la tempestad durante la bonanza).
- Un príncipe prudente no debe observar la fe jurada cuando semejante observancia vaya en contra de sus intereses.
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