En el cuento “Ante la ley”, de Franz Kafka, un campesino consigue llegar hasta un sitio, en el camino hacia la ley, en donde un temible guardia lo detiene y le impide ir más allá. El campesino obedece quedándose a un costado del camino, esperanzado que en algún momento el guardia lo dejará seguir. Esto no sucede y, por el contrario, el guardia le dice que de superar ese lugar, el campesino habría de encontrarse con guardias menos amables que él mismo, más peligrosos y fatales. Pasan los años y el campesino espera al costado del camino en la convicción de que la ley debe ser accesible para todos. Avejentado en la espera y cercano a la muerte, el campesino pide al guardián que responda un último interrogante. Y le dice al guardián:
—Todos se esfuerzan por llegar a la Ley; ¿cómo es posible entonces que durante tantos años nadie más que yo pretendiera entrar?
El guardia le dice entonces acercándose al oído del moribundo:
—Nadie podía pretenderlo porque esta entrada era solamente para ti. Ahora voy a cerrarla.
Jacques Derrida teorizó en torno al texto del escritor judío Kafka sobre la imposibilidad de alcanzar la ley, que es sobre todo un interrogante que domina y atemoriza sin que se pueda prescindir de él. Salvo las contadas ocasiones en las que quien exige la ley se adentra en el camino sin la conciencia de su carácter abstracto, como quien no teme a las consecuencias de que la Ley pueda convertirse en la Justicia de los hombres.
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No suele suceder.

Por eso la importancia suprema de los Juicios a las Juntas militares llevados a cabo a lo largo de 1985 en Buenos Aires, cuando los comandantes de la última dictadura militar fueron sentados en el banquillo de los acusados por una sociedad movilizada para esclarecer el destino de 30 mil detenidos desaparecidos. La primera opción había sido la llevada a cabo por el Tribunal Supremo Militar, que hizo una pantomima de juicio, como si fuera un guardián de la Ley que esquiva el veredicto. Las circunstancias llevaron entonces a que el fuero civil de la Cámara Federal -designado por el presidente Raúl Alfonsín- haya sido el verdadero acto de búsqueda de Verdad y Justicia.
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Esa búsqueda estaba ya tapizada por la sangre de las víctimas, de modo tal que no hubiera habido guardián que repeliera la decisión de un pueblo que había, al fin, tomado su propio camino hacia la ley.
Cuando no cesaron las repercusiones de Argentina, 1985, la ficción de Santiago Mitre sobre el Juicio a las Juntas (incrementadas por la cercanía de los premios Oscar); se estrenó en la Berlinale el documental El juicio, de Ulises de la Orden, que se adentra en 530 horas de material fílmico producido para el canal estatal, que en 1985 no transmitió sino emitió una fracción de imágenes sin sonido, para mantener el halo secreto de la represión genocida (el atemorizante guardián de la ley). De hecho, las condenas fueron minoritarias (Jorge Rafael Videla y Eduardo Massera fueron sentenciados a prisión perpetua mientras la mayor parte de los acusados fue absuelta por falta de pruebas). Pero por primera vez en la historia mundial se juzgaba a los responsables políticos d un genocidio, ocurrido apenas dos años después de que los culpables trataran de autoamnistiarse. Los querellantes (el campesino) habían sorteado la vigilancia del guardia y encontrado un camino hacia la ley.
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No sobrevinieron acontecimientos felices: se impuso el Punto Final, que indicaba el fin de la apertura de nuevos procesos, y la Ley de Obediencia Debida, arrancada por el levantamiento militar de Aldo Rico en Semana Santa a Alfonsín. El paso lógico debía ser salvaguardar los documentos y archivos del Juicio a las Juntas, tarea que permitiría historizar los acontecimientos. Ricardo Gil Lavedra cuenta en La hermandad de los astronautas (publicada por Sudamericana y que narra el acontecimiento desde el punto de vista de los jueces), cómo los miembros del tribunal consiguieron que el mismo gobierno noruego se interese en guardar una copia de los materiales en Oslo. Los VHS copiados en Buenos Aires llegaron a buen puerto de la mano de los jueces, a quienes se les dijo que el material fílmico sería almacenado en el mismo lugar que la Constitución noruega de 1814, tal el carácter histórico que se les otorgaba.
Ese material fílmico constituye El juicio, que repasa testimonios de ex detenidos desaparecidos, sobrevivientes y familiares de las víctimas del genocidio. intercalados con las chicanas desorbitadas de los defensores de los genocidas. La condensación de las 530 horas de filmación constituyen una narrativa propia, un relato de la justicia (limitada), la mirada del campesino que se anima a traspasar las puertas vigiladas por el guardián de la Ley.
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