
Si alguien precisa que un escritor, una escritora, sea exótico, distante, vociferante, cool, se va a llevar una decepción con Sofía Balbuena. Esta mujer que nació en Salto en 1984, que estudió Ciencias Políticas, que hace 10 años salió del país y anda por las universidades del mundo, esta mujer habla tranquila, suave. Y escribe sobre mujeres “comunes”. No son heroínas, no son alguien a quien admirar, no son abanderadas de una causa. Y sin embargo... O más bien: justamente por eso es que su literatura pega tan fuerte. Vidas de gente —en particular mujeres, que la pelean, aman, no aman, no se separan cuando los lectores les gritamos “andate, andate”, toman decisiones para seguir adelante y no como dice el manual. ¿A alguien le suena?
Balbuena está en Buenos Aires para participar este viernes a las 19h en la Feria de Editores y viene de ganar el Premio Ribera del Duero por Personaje secundario. En esta entrevista habla de sus personajes femeninos, la migración y la manera en que la literatura mira la vida desde afuera.
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Ahora, Balbuena vive en Madrid pero está en Buenos Aires para participar, este viernes a las 19h, de la Feria de Editores, donde estará en una mesa con Clara Obligado y Socorro Venegas para hablar de Escribir a contranarrativa: el tejido inestable entre la ficción y la memoria.

Hace unos meses ganó el Premio Ribera del Duero de Narrativa Breve por los cuentos de su libro Personaje secundario. Le va bien y, con todo, en un rato va a sonreír y aclarar que ni por las tapas vive de sus libros aunque sí de la literatura: trabaja para editoriales, da talleres, esas cosas.
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—Tengo la sensación de que te conozco a partir de haber leído los cuentos. ¿Es cierto? ¿Te conozco? ¿Sos como tus personajes?
—Yo soy muy reservada, en general. Soy como pudorosa. Sostengo que las cosas que escribo son bastante invención. Pero sí siento que lo que me parece más importante decir o las cosas que no me puedo callar están puestas ahí. Entonces sí, es mi verdad.
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—¿Qué son las cosas que no te puedes callar?
—Las cosas que pienso sobre la vida, sobre las cuestiones políticas, están ahí. Y no son tan sencillas, no se resuelven tan fácilmente en una oración. Muchas veces surge esta pregunta de: “¿Cuál es el corazón del libro? ¿Cuál es el secreto del libro?” Si yo pudiera sintetizarlo en una oración, quizás me dedicaría a la política y no a la literatura. Pero lo resumiría en algo así como “la mugre de ser mujer”. Poder articular un imaginario donde las mujeres no somos “buenas”. Y quizás hasta borrar las palabras “buena” y “mala” de la ecuación. Son, simplemente, personas.
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—Sí, pero hay algo de alejar a tus personajes, que son mujeres, de la figura de la víctima y de la del ángel.
—Más allá de las intenciones de quien escribe, también se lee desde cierta grieta, cierta forma de leer. Eso a mí me genera muchos problemas: la víctima y la identificación, me hacen poner los pelos de punta. Esa cosa de... “no me identifiqué, no conecté”. ¿Es un router, que tenés que conectar? Pero a muchas mujeres que han leído el libro esto les genera incomodidad en el sentido de que como no se identifican y no adhieren. No pueden leer personajes femeninos con una forma de ser mujer con la que no conectan.
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—Como tenés personajes mujeres, es difícil plantear personajes que no estén llevando adelante una causa de manera más o menos evidente.
—Tuve gira por toda España, y venían y me decían cosas como: “Bueno, pero ¿por qué no se separa? ¿Por qué no hiciste que se separe?” Digo: “Sepárate vos si te querés separar, ¿por qué se tiene que separar el personaje?” Pensemos un segundo: tu amiga, a la que le venís diciendo hace seis años que se tiene que separar y no se separa, ¿se separó o no se separó? O sea, ¿a qué se parece más la vida? ¿Por qué el gesto feminista es el gesto triunfal de irse?" “Para mí esto de soportar con más o menos entereza la tensión y de presión a la que nos somete la vida es como la cosa más heroica del mundo. No romper todo todo el tiempo, cuando podríamos: tenemos motivo de sobra para hacerlo. Estamos sosteniendo las estructuras de nuestra vida con una carga de presión infame. Y, sin embargo, el gesto feminista es romper. Qué sé yo, me parece infantil.
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—Hay una apuesta al amor en los cuentos. En uno él hace un doctorado mientras ella, que también iba a hacerlo, cuida a la nena. Se marcan las diferencias, y pensás que se va todo al diablo.
—Escribí un cuento, Tsunami, mostrando otra cosa. ¿Qué pasa si sacamos al hombre de la ecuación? ¿Aparecen problemas o vivimos en el mundo feliz de las lesbianas? Entonces, me tuve que ir hasta esa idea de pueblo en el medio de la nada, donde resulta que no hay hombres y el único hombre que hay es como la triple A, o sea, lo más malo del mundo. ¿Y qué pasa? Que los problemas de la intimidad crecen en todas las formas de las relaciones sentimentales, porque la intimidad es un espejo. Es alguien que uno tiene realmente muy cerca, donde se mira y donde descubre sus peores defectos. Y a veces esa imagen es insoportable. Entonces, ellas o conocen su propia monstruosidad. Y en algún punto entienden que lo que ven terrible en el otro es parte de ellas. Entonces, no es que no se separan porque no tienen las agallas. A veces no se separan porque, bueno, los problemas van con ellas.
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—Claro.
—En una crítica que me hicieron decían que ellas en mis cuentos se conformaban. Lo odié: ¿cómo sería no conformarse? Si estás hablando de protagonistas que tienen veinticinco años, una hija de tres, son migrantes, dependen del salario de su marido... ¿qué tendría que hacer? No sé, nacer de nuevo. Hay toda una corriente en la literatura que se construye a partir de la idea del relato, del tipo que sale de la cueva y se va a cazar al mamut y regresa y cuenta la... ¡la odisea! ¿Qué pasa cuando no hay gesto heroico, cuando estamos encerradas en las cocinas? Eso requiere otra forma de contar y también otra atención a otro tipo de detalles.
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—¿Cómo te pesa ser migrante en tu escritura?
—No quiero faltar el respeto al país en el que vivo, que me he dado un montón. En España la pregunta por la extranjería es constante desde un lugar como... “te queremos escuchar”. Que es casi, que es un gesto paternalista, pero que nace de un lugar bueno. Me gusta la pregunta porque me permite dar la conversación. Para mí, como escritora, lo migrante no tenía que ser central pero sí un gradito más de dificultad que se le sube al personaje. Es mujer, es muy joven, es migrante, no tiene mucha plata, tampoco es pobre. Hace diez años que no vivo en Argentina, es un montón, soy extranjera allá pero también acá de alguna manera. Entonces hay algo como de mirar todo desde afuera, con cierta distancia. Esto, en el texto, está en la tercera persona. Eso soy yo, esa tercera persona mirando todo desde afuera, una operación fría de observar sin interceder.
—¿Un migrante vive siempre como un poco en tercera persona?
—A veces no, también hay algo de la época, porque el fenómeno de la migración es global. Millones de personas viven fuera de su tierra. Quizás Argentina, porque es un lugar que para el centro global queda muy lejos todavía, está más aislado de este fenómeno, pero en Europa se ve mucho. O sea, acabamos de ver hace una semana gente llegando nadando a Ceuta. Yo vivo en una ciudad en donde me subo al subte y nadie habla igual: la realidad de Madrid es esa. Entonces, la época está mirando al sujeto migrante con más atención. Yo tengo una historia de migración mucho más privilegiada, claro.
—Trabajás en educación, en escritura, no es lo mismo que llegar a hacer lo que sea.
—No, no es lo mismo. Pero quizás por eso, porque soy como el ejemplo de la migrante a la que le fue bien, recibo mucho más la pregunta respecto de mi experiencia como migrante. A mí, esa experiencia me volvió más quirúrgica y más atenta a la mirada y también me hizo mirar cosas que yo no hubiese mirado. Como prestar atención a una chica de pueblo que no tiene papá y no va a poder estudiar...
Por qué vive en Madrid
—¿Por qué no vivís acá en la Argentina?
—Pienso a menudo, bueno, ¿cuánto uno decide dónde vive? Yo venía de vivir unos años en Estados Unidos, en un programa de escritura creativa y salió un libro mío en España que me había encargado una amiga y además tenía que terminar un trámite en España... fui. Y vi que, aun cuando incluso iba a ser difícil en Madrid, había más posibilidad de que pudiera montar una vida ahí y vivir de mi trabajo con menos sacrificio. Me ofrecieron una casa y no era un precio disparatado el alquiler y aparecían algunos laburos que podían llegar a armarse... Para alguien que está arrancando como escritora, España es un territorio que te puede dar de comer más fácil. Yo no vivo de los libros ni por asomo, pero doy clases, tengo 35 alumnas de escritura creativa y con eso me pago un pasaje por año, quizás dos, a Argentina. No tiro manteca al techo, pero vivo bien. No sé si podría ser lo mismo acá, ¿no?
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