Olivier Messiaen y el canto de los pájaros en una obra inmortal

El compositor francés creó su “Cuarteto para el fin de los tiempos” detenido en un campo de concentración nazi, en extremas condiciones de supervivencia. Esta es su historia

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Olivier Messiaen 1908-1992 (Foto: Jacques Sarrat/Sygma via Getty Images)

Por la música, misteriosa forma del tiempo.

Jorge Luis Borges

Es una extraña –aunque no inédita en el universo de la música de cámara– combinación de instrumentos a la hora de dar origen a un cuarteto: violín, violoncello, clarinete y piano. En todo caso, fue la realidad la que impuso ese particular agrupamiento: eran los instrumentos de los que se disponía. Y ya bastante con que se disponía de esos cuatro.

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Se trata de una pieza de altas exigencias virtuosísticas y expresivas para cada uno de los cuatro músicos que, no muy habitualmente, la ejecutan. De hecho, la primera vez en nuestro país ocurrió en un sitio lleno de trágicos significados. Fue en el ex centro clandestino de detención conocido como La Perla, en Córdoba, en 2022.

Sus siete movimientos llevan la obra a una duración total de casi cincuenta minutos (algunos de los últimos cuartetos de cuerdas escritos por Beethoven en la más profundas de las sorderas alcanzan una extensión parecida).

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“Abismo de los pájaros” lleva por título la tercera de sus ocho partes (la única que en su denominación no alude de modo explícito a un contenido religioso), y tiene al clarinete como único sonido. Por aproximadamente siete minutos, en este momento el resto de los instrumentos calla para dar rienda suelta a las más sorprendentes posibilidades tímbricas de ese instrumento, maravilloso como pocos. Si ya la obra exige de intérpretes de intachables destrezas técnicas, este momento resulta de una exigencia única para el ejecutante. Aunque también para el oyente, por la variedad de los recursos emocionales que la partitura moviliza y expone como un abanico. La alusión a los pájaros no es un dato aleatorio o aun meramente alegórico: además de músico, el autor era ornitólogo y pasaba muchas horas de su vida, sobre todo en los numerosos viajes que llevaba adelante, observando el comportamiento y, fundamentalmente, el modo de expresarse y comunicarse de estos animales.

Concierto Maximiliano Bertea en La Perla
El pianista Maximiliano Bertea, acompañado por María Belén Almada en violín, Eduardo Spinelli en clarinete, Martín Devoto en Violoncello, interpretaron el "Cuarteto para el fin del Tiempo" en el Espacio para la Memoria La Perla, Córdoba, en agosto de 2022

Como se dijo ya, el resto de los movimientos hace referencia explícita –porque explícita hace el compositor referencia a la fuente en la que se inspiró– a cuestiones religiosas, más precisamente al pasaje bíblico que le sirve de guía. Es uno del “Apocalipsis de San Juan”, aunque lejos está de revelar una intención de esa naturaleza al denominar esta pieza como “Cuarteto para el fin de los tiempos”. Aunque la realidad podría haber impuesto una perspectiva desoladora del acabamiento. Más bien pretendió ser lo contrario o, en todo caso, la visión de un creyente enfrentado literalmente a un texto como este: “Vi un ángel poderoso, bajando del cielo, envuelto en una nube, con un arco iris sobre la cabeza. Su rostro era como el sol y sus piernas como columnas de fuego. Apoyó su pie derecho en el mar y el izquierdo en tierra firme y, plantado sobre el mar y la tierra firme, alzó la mano hacia el Cielo y juró por el que vive por los siglos de los siglos, diciendo: ya no habrá Tiempo; pero el día de la trompeta del séptimo Ángel, será consumado el misterio de Dios”.

Un músico ornitólogo y creyente

De música relativamente poco difundida, Olivier Messiaen –el compositor de esta obra– fue uno de los más importantes creadores contemporáneos y, tal vez, uno de los más prolíficos y virtuosos del que fue su instrumento preferido: el órgano (tuvo a su cargo por décadas el órgano de la Iglesia de la Trinidad de París).

Nacido en Avignon en 1908 y muerto en Clichy, Il-de-France en 1992, Messiaen fue un ferviente católico y toda su obra está teñida de esa profunda fe religiosa. Con fuertes atractivos hacia el hinduismo pero fundamentalmente amante de la naturaleza, los pájaros fueron toda su vida un centro de interés y dedicación, de allí que sobre el final de su vida dedicara una composición de gran envergadura a San Francisco de Asís. Al igual que el santo, el compositor francés estaba convencido de que la verdadera música se encontraba en los sonidos –y también en los silencios– de la vida natural: “Para mí, la verdadera, la única música ha existido siempre en los sonidos de la naturaleza. La armonía del viento en los árboles, el ritmo de las olas del mar, el timbre de las gotas de la lluvia, el choque de las piedras, los diferentes gritos de los animales son para mí la verdadera música. Si he escogido por maestros a los pájaros es porque la vida es corta y, para un músico, el canto de los pájaros es más fácil de transcribir al dictado”.

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Olivier Messiaen, circa 1975 (Foto: Erich Auerbach/Hulton Archive/Getty Images)

Con apenas 21 años, en 1939, Messiaen fue movilizado aunque no combatió y luego de permanecer detenido en un campo en las cercanías de Nancy, finalmente fue confinado en Stalag VIII A, Görlitz, donde permaneció en pésimas condiciones de cautiverio hasta 1941. Entre una reclusión y la siguiente, el compositor pergeñó una obra dedicada a los músicos con quienes compartía sus padecimientos. En un testimonio que recoge Javier Costa, su viuda afirmó: “Messiaen me contó que para estar tranquilo, para poder pensar un poco, se quedaba fuera por la noche, hacía guardias. Hacía de centinela para poder pensar en su composición”.

El 15 de enero de 1941, ante cinco mil prisioneros y con el propio compositor al piano, Jean Le Boulaire en violín, Henri Akoka en clarinete y el cellista Etienne Pasquier, se producía el estreno. Eran los músicos y los instrumentos con los que podía contar. Se trataba del “Cuarteto para el fin del tiempo”

Luego de su liberación, el propio compositor sostendría: “Si he compuesto este cuarteto fue para evadirme de la nieve, de la guerra, de la cautividad y de mí mismo”.

Seguramente por aquellos días de hambre, frío y desolación, Messiaen pensaba que, ante la inminencia del fin del tiempo, solo quedaría el canto de los pájaros.

* El autor es sociólogo, por la UBA, especializado en temas culturales. Doctorando en Ciencias Humanas (UNSAM).

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