Llevo más de veinte años leyendo a J. M. Coetzee. No es una cifra que invente para darle peso a lo que sigue: es simplemente el tiempo que llevo con sus libros en la cabeza, subrayándolos, discutiéndolos en clase, citándolos en artículos, volviendo a ellos cuando alguna otra cosa que leo necesita, sin saberlo todavía, que yo recuerde algo que él dijo mejor. Hay escritores que uno estudia y hay escritores que a uno lo habitan. Coetzee, para mí, es de los segundos. Yo vivo dentro de sus novelas.
La primera vez que lo leí fue en 2003 con En medio de ninguna parte. No es de sus novelas más conocidas o mas leídas, pero en mí operó como un gatillo directo a mi corazón lector. Estalló todo por los aires. No podía creer que alguien pudiera escribir así. Simplemente no podía salir del estupor, la maravilla, la clara percepción de que estaba frente a algo descomunal. Cuando uno piensa en Coetzee vienen a la mente Desgracia, Foe, Esperando a los bárbaros, para mí fue esa Magda desquiciada y necesaria la que me abrió la puerta a un autor que de manera muy extraña y muy difícil de asimilar para mí, tiene las narradoras femeninas mas contundentes y alucinadas que uno pueda pensar.
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Fue en el 2011, cuando varios amigos comenzaron a escribirme porque habían visto que Coetzee venía a la 3ra edición del FILBA, que no me lo perdiera, me decían todos esos amigos a los que yo insistentemente le venía regalando sus novelas desde hacía años. Entonces escribí un correo a Eterna Cadencia. En el correo adjuntaba todos los papers que había escrito, y le pedía a los organizadores que por favor me dejaran estar cerca: podía hacer de intérprete, servir café, lo que fuera. Tiempo después, cuando ya éramos amigos, Patricio Zunini me contó que con Pablo Braun leían el correo y se dividían entre invitarme o bloquearme por miedo a que resultara ser una versión argentina de Misery. Pero con mucha generosidad me invitaron a una lectura privada que hizo Coetzee en el bar de la bella librería.

Pude charlar con él, discutir sobre mi tesis doctoral y, a partir de entonces, cada vez que viene lo veo: asistí a todos sus cursos en la UNSAM, nos escribimos cada tanto. No voy a decir que leer a Coetzee me cambió mi vida, lo que En medio de ninguna parte hizo fue algo más incómodo: me instaló una pregunta que todavía no terminé de responder. La pregunta tiene que ver con la culpa, con la historia, con lo que les debemos a los muertos y con lo que no podemos pagarles, con el peso de la violencia estatal, social, colonial. Tiene que ver también con cómo se escribe sobre eso sin que la escritura se convierta en otro acto de usurpación. Coetzee no responde esas preguntas. Las sostiene. Eso, descubrí después, es lo que mejor sabe hacer.
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Con los años fui acumulando el resto. Esperando a los bárbaros, que tiene esa rareza de sentirse más urgente cada vez que el mundo se deteriora un poco más. Vida y época de Michael K, que muchos lectores argentinos leen, inevitablemente, con el peso de otra historia encima y que es la novela que recomiendo cada vez que alguien me pregunta por dónde empezar a leerlo. Elizabeth Costello, que es uno de los experimentos más honestos que conozco sobre qué le pasa a una escritora cuando se queda sin certezas. Es inevitable recordar en este punto la grandeza de Rita Segato, quien en el comienzo de su discurso de apertura de la FIL de Buenos Aires de 2019 comenzó diciendo “Elizabeth Costello me salva siempre cuando me veo en una situación como ésta”. Y fue posible comenzar allí a entender por qué su discurso se titulaba “Las virtudes de la desobediencia” y por qué iban a ser ocho -por llamarlas al estilo de Costello-, “lecciones” por el hecho de que hablaba de algo para lo cual no había sido invitada a hablar, es decir, su indisciplina, su fineza indómita, su distracción con relación al protocolo académico que, al parecer, la habría llevado hasta el podio que hoy ocupa. Y de eso versó el discurso de Segato en feria. Se trató de un discurso que, si bien está enmarcado en el mundo del libro, habló de otras cosas por las que claramente no había sido invitada a hablar. Segato ha ganado ese podio y lo usó para incomodar, para desviar la atención hacia los temas que le interesaba proponer y discutir. Segato también es Costello.
Todo eso formó parte de lo que escribí sobre él durante dos décadas. Ensayos, crónicas, reseñas, clases universitarias donde lo ponía en diálogo con Kafka, con Beckett, con los escritores del apartheid, con la tradición de la novela filosófica, con Rulfo. Acumulé posiciones sobre su obra. Leí todos sus ensayos, sus entrevistas, sus artículos, todo. Me animé a defender lecturas que no todos compartían y a criticar otras que no lograba entender viniendo de él. Siempre tuve la irreverencia necesaria para escribirle y compartirle mis opiniones sobre su obra como si algo de eso importara. Siempre me respondió con una cordialidad impresionante.
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Así llegué a coordinar el encuentro del pasado martes 5 de mayo en la Sala Victoria Ocampo de La Rural, en el marco de la 50ª Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. Él en el escenario. Mariana Dimópulos desde Berlín a través de una pantalla. Yo moderando desde ese lugar extraño que ocupa quien conoce demasiado bien la obra de su interlocutor para fingir neutralidad.
Lo que no supe manejar del todo, al menos al principio, fue el hecho de que él estuviera ahí. En carne. Hablando en voz baja, casi sin llegar al micrófono, con esa manera suya de pronunciar las cosas como si las estuviera pensando por primera vez mientras las dice, aunque uno sepa que las pensó durante años. Hay algo en la presencia física de los escritores que uno admira en silencio durante mucho tiempo que resulta, a la vez, completamente ordinario y levemente irreal. Coetzee tiene ochenta y seis años. Llegó puntual. Se sentó con cuidado y me mirò a los ojos, sonriente. Y yo quise llorar y sobre todo hubiera querido decirle: gracias, John, gracias por tu literatura, por tu compañía, por tus principios, por tus finales, por tu contundente ética que practicas hasta el paroxismo en tu vida diaria, por tu genialidad, por tu humanidad. Claramente, me guardé todo esto y me dediqué a hacer las preguntas.
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El libro que presentamos, Don de lenguas, nació de un fracaso que él mismo describió como tal. Años atrás había escrito El polaco y decidió, en un gesto que tenía tanto de convicción política como de provocación literaria, que la versión en castellano — traducida por Dimópulos — fuera el original. Los editores no aceptaron. Exigieron el texto en inglés. Cedió, pero la derrota lo siguió pensando, y de esa incomodidad surgió el diálogo con Dimópulos que es Don de lenguas: un libro sobre las lenguas, su jerarquía, el poder que ejercen, lo que se pierde cuando una lengua mayor aplasta a las menores. Un libro, paradójicamente, escrito en inglés.
Le pregunté por esa paradoja durante charlas por correo que tuvimos antes del evento. Me dijo algo que ya había dicho en otras versiones, pero que ese día me llegó de otra manera: que no hay ningún lugar desde el cual criticar al lenguaje que esté fuera del lenguaje. Que la posición es irónica, sí, o al menos paradójica. Y que él ya aprendió a vivir con las paradojas. Lo dijo sin dramatismo, como quien constata un estado de las cosas que ya no le produce angustia pero tampoco le produce paz.
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En el escenario fue más elocuente sobre lo que siente. Dijo que con el inglés se siente cada vez menos en casa. Que su inglés es muy traducible porque no tiene raíces culturales profundas. Que puede imaginar escribir prosa en inglés pero no poesía: que la poesía que le conmueve en su lengua nativa, el afrikáans, no tiene traducción posible hacia adentro de sí mismo en inglés. No es una declaración nostálgica sino un diagnóstico. La relación con el inglés, dijo, no es lo que él llamaría una relación amorosa.

Dimópulos, desde la pantalla, completó el cuadro desde el otro lado. Ella escribe en inglés porque es la lengua del privilegio, y escribir para los que tienen privilegio es una decisión estratégica, no una traición. Dijo algo que se me quedó: que todo privilegio resulta casi invisible para quien lo tiene. Dijo también que el dominio del inglés tiene los días contados, que la traducción automática va a cambiar la ecología lingüística del mundo de maneras que todavía no terminamos de imaginar. Coetzee sonrió. No sé si estaba de acuerdo o si simplemente le gustó la audacia del pronóstico.
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Lo que sí sé es que en algún momento de esa tarde, mientras los dos hablaban y yo sostenía el hilo de la conversación -preguntando, interviniendo, pero mayormente callando- ocurrió algo que me cuesta nombrar con precisión. Veinte años de leerlo se condensaron en ese instante. No en revelación, ni en confirmación, ni en ninguna de esas imágenes que usamos cuando queremos decir que algo fue significativo. Fue más pequeño que eso y más raro. Fue simplemente la conciencia de que una lee a alguien durante veinte años y después esa persona está sentada enfrente, hablando en voz baja, y la distancia entre los dos objetos, el libro y el hombre, es infranqueable y también, de alguna manera extraña, completamente irrelevante.
Al final de la charla el público se acercó al escenario. Él se dejó querer: amable, reservado, presente. Yo me quedé un momento afuera de la foto, mirando. Pensé que al día siguiente iba a seguir siendo la misma lectora de siempre. Que los libros iban a estar donde los dejé. Que la pregunta que me instaló En medio de ninguna parte allá por el 2003 iba a seguir sin respuesta. Y que eso, en el fondo, era exactamente lo que esperaba.
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[Fotos: prensa Fundación El Libro; Malba]
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