
No siempre los títulos de las obras resultan tan elocuentemente reveladores del contenido de las mismas. La aparentemente simple denominación que lleva en castellano el retrato del gran compositor italiano de música de películas Ennio Morricone (1928-2020) es, sin embargo, más que elocuente. En el documental Ennio, el Maestro (2021) parece condensarse una de las tesis centrales del film. Para visualizarla, tal vez valga la pena reparar en que junto con el modo con el que la lengua italiana (el idioma de la música por antonomasia) impuso universalmente el “Maestro” a la hora de interpelar a un músico profesional -desde un instrumentista a un compositor, pasando por un director de orquesta-, “maestro” remite de modo incontrastable a su identificación sinonímica con “docente”. Acerca del Maestro Morricone, trata el film. Pero también y sobre todo, acerca de Morricone, el maestro.
El documental sobre el prolífico creador de bandas de sonido para un sinnúmero de películas –muchas de ellas, de gran trascendencia y repercusión aún en su diversidad como Sacco y Vanzetti, El profesional, Novecento o La Misión-, es una emocionante reconstrucción (a partir de una extensa entrevista realizada al músico y magistralmente intercalada con otros testimonios y fragmentos de sus películas), del originalísimo modo en que Morricone urdía sus creaciones. Allí resultan reveladores todos los pasajes relacionados con la especificidad de su arte: el modo en que plasmaba la articulación de sus notas con las frases de los guiones y con las imágenes.
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Ennio, el Maestro es, también, la reconstrucción minuciosa del modo en que el compositor logró consolidar las bandas de sonido en tanto género con las mismas cartas credenciales de otros de la llamada “música académica”, largamente prejuiciosa respecto de estas expresiones tan asociadas con la más emblemática de las industrias culturales de la sociedad de masas.
Pero, finalmente y tal vez por sobre todo, el documental debe ser visto –uno dentro de otro a la manera de las matrioschka, las muñecas rusas- como una serie de tributos al Maestro pero, sobre todo, al maestro. A Morricone, el maestro. Pero más aún: al rol de los maestros.
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Tan es así que si uno quisiera segmentar en secuencias esa serie de tributos sucesivos que van hilvanando y dando cuerpo a las algo más de dos horas que dura el documental, podrían postularse tres momentos claramente diferenciados.
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El primero aborda la etapa formativa del compositor y es, qué duda cabe, el tributo de Morricone a sus dos maestros: su padre –a quien le debió su condición inicial de trompetista, instrumento que luego abandonaría- y, fundamentalmente, Goffredo Petrassi. A lo largo de toda la parte inicial del film, el testimonio de Morricone es de total reconocimiento al rol cumplido por quien fuera su maestro, no solo por la sólida formación que le aportó como músico sino también por las puertas que logró abrirle.

El segundo tramo, el más extenso, podría resumirse en esa puja –tan propia de aquellos llamados a recrear la herencia de sus maestros- por intentar consolidar ya no solo su estilo y método creativo propios (en torno a este último, el documental tiene momentos indispensables para cualquier creador dispuesto a reflexionar sobre su propia práctica), sino fundamentalmente en torno al modo en el que al tiempo que tomaba distancia crítica de su fragua formativa, pujaba por lograr quitar la música de película del lugar subordinado al que siempre lo había relegado la música académica. De más está decir que junto con la indiscutible calidad y atractivo de sus producciones, fue este último logro el que permitió instalar a Morricone como un protagonista indiscutido de la música del siglo XX, no por nada, “el siglo del cine”.
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Finalmente y casi a modo de una piagetiana síntesis de su proceso evolutivo, la parte final del film aborda no solo el reencuentro (intelectual y a la vez físico) de Morricone con su mentor-maestro, ya anciano, sino que da lugar a la serie de tributos que desde luego los más diversos directores con los que trabajó (Leone, Montaldo, Pasolini, Bolognini, Bertolucci, etc.) pero también sus propios colegas y, desde ya, sus discípulos, le rinden de modo incondicional. Entre ellos asoma, de un modo discreto y como debe ser en todo maestro que se precie de tal, el del director de este retrato, Giuseppe Tornatore, quien pasó a la fama por el ya mítico Cinema Paradiso, con música del propio Morricone.
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No es casual, entonces, que Tornatore rinda homenaje al Maestro, su maestro: Cinema Paradiso, recordémoslo, no solo es un tributo al llamado “séptimo arte”; sus dos protagonistas tejen la conmovedora historia de la transmisión de una pasión: el cine. La misma pasión con la que el maestro Morricone le enseñó a Tornatore. Esa, la indispensable pasión de todo maestro.
*Sociólogo (UBA) especializado en temas culturales. Doctorando en Ciencias Humanas (UNSAM). Educador.
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