Federico Andahazi: “La grieta cambió, lectores que disentían conmigo han vuelto a acercarse”

El escritor, que presenta su novela ‘El prisionero del yerbatal’, asegura que nunca vivió situaciones tensas por su postura política. “Tal vez porque mi producción literaria es anterior a todo eso”, reflexiona

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Federico Andahazi: “Hay una revalorización del escritor mientras va abriéndose paso la inteligencia artificial” (Foto: Alejandra López)

No se nota pero Federico Andahazi está impaciente. Nunca se nota. Esta tarde, a las 17:30, en la Sala Carlos Gorostiza del Pabellón Amarillo, presenta su nuevo libro, El prisionero del yerbatal, inmediatamente después, en el stand de Penguin Random House, firmará ejemplares. Es el encuentro con sus lectores, con sus fans, que son muchos. Ahora, mientras acaricia un extremo de su bigote encanecido, mientras oculta con algo de solemnidad esa impaciencia, dice: “Mientras escribimos el lector es una conjetura, una hipótesis. Y de repente, encontrarte en los pasillos con la materialización de esa entelequia... a mí siempre me resultó muy, muy conmovedor”.

Este año, al igual que al anterior, llega a la Feria con un libro. Si en Mares de furia rescató la figura de Hipólito Bouchard, en El prisionero del yerbatal indaga en la vida de Aimé Bompland, naturalista y médico francés capturado en las antiguas misiones de la colonia Santa Ana y se vuelve durante una década un rehén en el Paraguay por conspiración y espionaje. Pero “aquellas acusaciones, e incluso esa última puesta en escena, no eran más que pretextos y recursos grotescos”, se lee en la novela. “En realidad, buscaban arrancarle el secreto de su cultivo: cómo obtenía esa yerba que superaba incluso a la que explotaba el dictador en Ybycuí”.

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Los días de Andahazi como comentarista político y polemista parecen haber terminado. Atrás quedaron los años del versus kirchnerismo-macrismo y él aparecía aportando a la narrativa del ya extinto frente Juntos por el Cambio. Hoy se lo ve más como un escritor puro. Incluso en esos tiempos, dice, nunca vivió “situaciones tensas”: “Probablemente porque mi producción literaria es anterior a la grieta”. Hace una pausa reflexiva y agrega: “Cambió la grieta, es otra. Hoy son otras las cosas que se discuten. La geografía política cambió mucho y eso se nota: lectores que podían estar más identificados con un lugar diferente del que uno sostenía se han vuelto a acercar”.

Cubierta del libro 'El Prisionero del Yerbatál' de Federico Andahazi, con un sendero rojizo y una persona pequeña en un bosque brumoso y oscuro.
"El Prisionero del Yerbatal" de Federico Andahazi, editado por Grijalbo

Esa pureza que guarda la literatura, que saboreó desde el inicio, con su celebrado primer libro, El anatomista, en el año 1997, ″es una de las cosas por las cuales uno se aferra tanto”. “Un libro que te dejó una huella no te lo olvidás nunca. La coyuntura política tiene la duración de los diarios. Son cosas que se olvidan rápidamente. Argentina es un país que tiene una tradición muy grande de escritores que han participado de la política. Salvo las grandes excepciones, hay una suerte de amnistía: la gente tiende a querer olvidarse de esas disputas y quedarse con la literatura que, efectivamente, yo creo que sí, que está por encima del barro de la coyuntura”, asegura del otro lado del teléfono.

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El afecto del público. “Este carácter emotivo de los lectores no deja de conmoverme”, dice y recuerda no una vez, sino varias, después de la presentación de algún libro, sacarse una foto con alguien, girar luego a verlo, y que esté “como moqueando”. “Hay una emoción tan grande y tan inexplicable en ese vínculo que une al lector con los autores. A mí me pasa como lector”, dice y recuerda una noche en París, un encuentro organizado por la Unesco, mucha gente, muchas caras, muchos nombres, y de pronto alguien le presenta a Gabriel García Márquez: “Yo no podía pronunciar palabra”.

El prisionero del yerbatal tiene el mismo método de investigación histórica que las anteriores novelas: “Estás buscando datos para una novela y te tropezás con otros personajes por el camino. Bonpland y Humboldt son dos calles paralelas que en general la gente no tiene idea quiénes fueron. Estaba escribiendo Mares de furia, investigando sobre Bouchard, y me encuentro con Bonpland, que un poco se cruzan en esos viajes. Y digo: ‘qué personaje fantástico y qué poco se sabe, y qué poco se sabe del mate’. Fue toda una épica, fue toda una epopeya. Fue muy difícil de conseguir que el mate pudiera plantarse a escala. Pero la historia de Bonpland en sí misma es increíble".

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Esa pureza que guarda la literatura ″es una de las cosas por las cuales uno se aferra tanto”, sostiene Andahazi (Foto: Alejandra López)

“Bonpland se vio obsesionado con la yerba mate”, continúa Andahazi, todavía envuelto en la fascinación de su descubrimiento. “Él conoce de manera casual, fortuita, la yerba mate. Un comerciante de té se la da a probar en París y el tipo se obsesiona porque piensa dos cosas: que se podía hacer un buen negocio, pero que además podía desbancar a Inglaterra del dominio de las infusiones con el té. Vos pensá que el primer paso hacia la independencia de Estados Unidos fue el Tea Party, la rebelión del té en Boston, donde tiraron toneladas de té al agua. Entonces Bonpland dijo: ‘Esto puede ser el vehículo de la independencia de los pueblos de América del Sur’”.

“Yo creo mucho en la ficción como método de reconstrucción histórica”, dice ahora. Estamos hablando de cómo la historia novelada navega por el pasado. “Yo tiendo a creerle más a los escritores de ficción que a los historiadores porque los historiadores en general tienen un sesgo dado que la historia es un sistema de construcción de relatos. El lector sabe que el novelista le va a mentir porque un poco es la esencia de la ficción. Pero muchas veces el lector de historia cree en el historiador, que le habla en nombre de la verdad, y en nombre de esa verdad, muchas veces los historiadores nos han engañado. Yo, por el contrario, creo fuertemente en las hipótesis literarias”.

“Los guaraníes no tenían escritura, con lo cual todo lo que sabemos de los guaraníes es por tradición oral o por lo que escribieron en su momento los jesuitas. Cada capítulo se inicia con una receta de mate. Son recetas que estaban perdidas, me costó muchísimo trabajo recuperarlas”, dice y cuenta que viajó a la Triple Frontera para acercarse a ese paisaje narrado, a esos personajes, a esa atmósfera: “Las condiciones en las que viven hoy las comunidades guaraníes... te parte el alma. Le preguntás por infusiones de mate, pero el mate es su comida: almuerzan y cenan mate, porque no tienen otra cosa.

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“Yo creo mucho en la ficción como método de reconstrucción histórica”, asegura (Foto: Alejandra López)

A contramano de lo que mucha gente piensa, Andahazi asegura que en “estos últimos años hay una revalorización del escritor en la misma medida en que va abriéndose paso la inteligencia artificial. Lo mismo pasa con los músicos. A mí me espanta ver libros enteros, artículos, notas, contenidos en redes sociales están hechos con inteligencia artificial. Muchos posts de gente que habla de literatura y vos te das cuenta que esos tipos están leyendo lo que está escrito con inteligencia artificial. Es muy fácil detectarlo y te sentís estafado. También se revaloriza la Feria del Libro. Creo que vamos a volver a una revalorización de lo analógico, así como se volvieron a editar vinilos”.

“Hay que decirlo: la gente está perdiendo la habilidad de escribir. Me tocó ser jurado de un par de concursos. Te das cuenta lo que está escrito con inteligencia artificial, porque está bien construido gramaticalmente, semánticamente. Y la gente está escribiendo muy mal. O sea que lo único bien escrito estaba hecho con inteligencia artificial. Y lo que estaba hecho con inteligencia artificial tiene todos los vicios de la inteligencia artificial: la doble o triple negación (no es tal cosa, no es tal otra, es tal cosa), el abuso de los gerundios, el abuso de los adverbios de modo. Con el advenimiento de la inteligencia artificial, la gente va a valorar la figura del escritor”, concluye Andahazi.

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