
En algún momento alguien parte: un abuelo, una madre. Toman un barco que navega meses, una balsa que tarda días en cruzar a la otra costa, un avión, un micro –bus, dependiendo de dónde se lo tome. Ese momento puede cambiar el rumbo de las generaciones. Hijos que nacen en tierra extraña. Que aprenden a sentirse parte. Un milagro que lleva tiempo, años, décadas quizás. A veces lleva una eternidad. A veces nunca llega.
“Siempre que hablamos por teléfono mi madre se pasaba el rato contándome quién se había muerto”, dice la protagonista de Reunión, la primera, impactante, novela de la británica Natasha Brown publicada por Anagrama para el mercado de habla hispana. Esta historia es la de una joven afrodescendiente que lleva una vida exitosa en Londres: departamento comprado, trabajo corporativo y novio rico incluidos. Esa vida, construida sobre la espalda del exilio, sin embargo, la tiene agotada. Algo no está bien ni en ella ni a su alrededor. Algo que la protagonista dice y expone desde distintos ángulos, a través de distintas voces. Que disecciona de la identidad migrante.
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Significado y memoria
“Yo sabía que nosotros, los hijos que quedaríamos aquí, tendríamos lazos más débiles”, continua la protagonista recordando el diálogo con la madre, “No nos unía ningún otro país, ninguna cultura común más que la británica (y esa solo la podíamos reivindicar apostillada, cuando no encerrada entre paréntesis, por los orígenes de esos cuyas muertes nuestras madres nos detallaban al teléfono)”.
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Una generación sin memoria, sin anclas: esa es la que Natasha Brown intenta retratar en la novela. También un estilo de vida, una especie de zumbido molesto e incesante como de rueda que alguien largó a girar hace mucho, que conserva intacta la viscosidad de su sistema hidráulico.
En esta novela se habla de “capital social” –las “conexiones”–, de dinero, de formas adoptadas de hablar. Etapas de un plan de vida que pronto pierde, eterna circularidad mediante, su norte. Al menos para algunos que no terminan de agarrarle el gusto a esa calesita infernal. El vértigo puede volverse insoportable, incluso puede llegar a marear. Lo que sigue es la pérdida de la conciencia, o una pregunta: ¿para qué hago todo esto?
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“Todo el valor que puedan tener mis palabras en este país se deriva de mi relación con sus instituciones: las universidades, los bancos, el gobierno”, dice la protagonista.
O deriva de las charlas que la obligan a dar desde su empresa, a chicas de secundario, para ratificar el funcionamiento de la rueda (trabaja en una empresa, si es multirracial, mejor). O quizás de la presión invisible que ejerce un grupo de empresarios en una sala de reunión donde hay una única mujer (ella), nadie sabe usar la máquina de café, y entonces le preguntan (a ella): ¿vos no sabrás cómo?
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¿Quién es Natasha Brown?
La ficción es, por definición, algo que no existe en la realidad. Como Reunión es una novela (no una autobiografía ni un texto de no ficción), no podría asumirse sin más que la que habla es la misma persona que escribe. Sin embargo, la microbiografía de Natasha Brown (en la solapa de la edición de Anagrama) resulta, al menos, sugerente.
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Después de estudiar matemáticas en la prestigiosa Universidad de Cambridge, la autora habría pasado diez años trabajando en una empresa financiera.
Suficiente para instalar la duda.
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A diferencia de la de otros escritores, la presentación termina prácticamente ahí. Que la novela es “un acontecimiento en Inglaterra”, agrega. Derechos ya vendidos a más de 15 idiomas.
La autora dijo que no. Negó una correlación explícita entre su vida y la de su personaje en entrevistas con distintos medios del mundo. Su protagonista, de quien no se dice ni su nombre, de quien solo conocemos el dolor que viene cargando y un secreto que al final será develado, se construye casi como un arquetipo (un “modelo original y primario en un arte u otra cosa”, define el diccionario).
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El libro está escrito en un tipo de “prosa poética” si se tiene en cuenta la disposición de ciertas frases cortas, pero también la condensación de sentidos, tierra más bien de poetas.
Nada sobra en esta novela; la voz que narra es sincera y, podría conjeturarse al menos, habla desde lo vivido, cuenta desde el campo de batalla. No hace falta mucho más diría el norteamericano Ernest Hemingway para que un texto sea bueno.
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En algunas entrevistas a Brown se la describe como “de pocas palabras”. No es la primera vez que una autora afrodescendiente reacciona con cautela frente a las entrevistas, o decide solo dar entrevistas a periodistas de la misma comunidad.
Atribuir la calidad de un texto literario al género, la orientación sexual o el color de piel de la persona que lo escribió es otra forma de correr el foco, de negar las incomodidades a las que un buen texto puede arrojar. “Los negros y los latinos lo tenéis mucho más fácil”, le dice un colega frustrado a la protagonista cuando ella es ascendida y él no.
Y acá sí tendría sentido agudizar el olfato, intentar rastrear la realidad en la ficción. Bancarse la incomodidad.
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