
Leer abre las puertas más inesperadas, al punto que se puede estudiar Matemáticas, Medicina, Ingeniería o Ciencias Económicas y terminar siendo escritor o editor. La potencia que se esconde detrás de un libro y lo que nos atravesará es insospechado.
Laura Leibiker en algún momento estudió Matemática en la UBA, pero después se dio cuenta de que no era lo suyo y se formó como locutora en el Cosal y en Edición en la UBA. Ejerció como periodista en varios medios, hasta llegar a ser editora. Ocupa la Dirección Editorial del área de literatura infantil y juvenil de Editorial Norma.
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Se desempeñó como jefa editorial de LIJ en Ediciones SM; fue directora de la revista Madres&Padres, jefa de redacción de La Nación de los Chicos y redactora en Clarín, La Nación y AZ Diez. Trabajó en Radio Nacional, Radio Municipal y fue conductora del canal infantil Cablín, de VCC. En la actualidad, cursa la Maestría en Gestión de la Cultura (UdeSA).
—¿Cómo se construye la identidad lectora?
—Si pienso en la idea de construcción, imagino una escalera de peldaños con forma de libro. Esos pasos, pequeños o grandes, lentos o veloces, son los que van construyendo a lo largo de la vida un camino de lecturas. Como las escaleras de Escher, uno sube y baja, varía los recorridos, cree que está subiendo cuando en realidad está descendiendo…
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—¿Cree que un libro podría despertar el interés por leer?
—La experiencia me indica que, en muchos casos, el interés aparece frente a una lectura en particular. Hay libros que construyen lectores por la potencia de su narrativa, de sus personajes o de la trama que propone. Desde Harry Potter a Los ojos del perro siberiano; desde Mi planta de naranja-lima a Persona normal; de El guardián entre el centeno a Los vecinos mueren en las novelas hay numerosos testimonios de lectores que se iniciaron con esos libros y luego siguieron buscando sentir esa misma emoción, esa misma conexión con un texto, ese temblor de felicidad.
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—De un hogar sin madre ni padre ni familiares lectores ¿puede surgir un ávido lector?
—Un lector ávido puede crecer en cualquier suelo. Por supuesto: si tiene libros, estímulo y ejemplo, es más probable que se interese por la lectura. Pero muchas veces ese interés surge en la escuela, con un amigo o por sugerencia de un mediador. Hay encuentros fortuitos y mágicos, pero tiendo a creer que las buenas campañas de promoción y la dotación de libros a todos los estudiantes es una estrategia más sólida que la de esperar que, espontáneamente, alguien se convierta en lector.
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—¿Qué es ser mediador de lectura? ¿Es algo ligado a la educación?
—El mediador es aquel que acompaña en el camino a quien se inicia. Ofrece, sugiere, comparte lecturas y está atento a los pedidos y necesidades del lector. Está ligado a la educación en un sentido amplio, pero también particularmente a lo escolar: bibliotecarios, docentes y profesores son los mediadores privilegiados, porque tienen a los chicos a la mano todos los días y durante muchas horas. Creo, además, que no se trata solo de “dar libros” sino de generar conversaciones sobre lo leído, respetar los diferentes puntos de vista y profundizar el análisis de las obras valorando las opiniones del grupo. El intercambio de ideas y lecturas enriquece mucho el camino y abre a nuevos modos de leer.
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—¿Recuerda su primer encuentro con libros?
—¡Claro! En la escuela, Cuadernos de un delfín, de Elsa Bornemann; en casa los libros de las colecciones Robin Hood e Iridium, Reportajes supersónicos, de Syria Poletti… Recuerdo pasar muchas horas leyendo en la cama, en el baño, durante las vacaciones en la playa (muchas revistas de historietas). Siempre me resultaron un refugio de felicidad.
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