
Las relaciones entre los estados se rigen alternativamente por el derecho de la paz o el de la guerra. Normalmente, las relaciones entre la mayoría de los estados se hallan bajo el imperio del orden jurídico de la paz. Pero éste queda suspendido y es reemplazado por el de la guerra durante el estado de beligerancia entre dos o más estados.
Mientras el derecho de la paz protege a los estados contra el aniquilamiento y la mutilación de su territorio, y a los individuos contra la destrucción de sus vidas y bienes; el derecho de la guerra renuncia a la protección del territorio y restringe las garantías individuales limitándose a proteger al hombre contra los sufrimientos y destrozos “gratuitos”. Así lo definen Bohdan Halajczuk y Moya Dominguez en su libro de Derecho Internacional Público. El encomillado del adjetivo es mío, entendiendo que en la gratuidad del sufrimiento estaría la desproporción de las medidas estatales durante la guerra.
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El derecho de la guerra no sólo abarca ciertas limitaciones y prohibiciones a los ciudadanos, sino que además abarca todo un conjunto de normas que regulan las relaciones entre los estados beligerantes durante la guerra.
Desde el punto de vista militar, hay guerra cuando se lucha. Pero puede haber guerra sin lucha, por ejemplo, Argentina estaba en guerra con Alemania sin haber disparado un solo tiro.
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Para el derecho internacional el estado de beligerancia empieza normalmente con la declaración de guerra. En la convención firmada en La Haya en 1907 se aceptó la obligatoriedad de la declaración previa a la guerra.
Estamos en guerra anuncian los dirigentes del mundo; estamos en guerra dice Macron, dice Merkel, dice Trump, dice Fernández.

Ahora bien, ¿por qué interpretamos esta frase en su sentido metafórico? Porque, justamente, parecería que nos detenemos en la segunda parte de la oración, parte que, a veces, se expresa y, otras, queda subsumida a sobreentendidos: estamos en guerra “contra un virus”. Tomando la preposición de forma entera lleva a mudar el razonamiento al ámbito médico, sanitario, científico. Estamos en guerra y nuestro enemigo es invisible: el virus.
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Considero que deberíamos tomar al pie de la letra a los dirigentes, escuchar de forma literal lo que están anunciando: hay una declaración de guerra. Las condiciones jurídicas (que se han realizado amparándose frente al enemigo invisible) han cambiado para toda la población mundial.
En otros tiempos la humanización de la guerra se realizaba no sólo por medio de normas técnicas que prohibían el recurso de ciertas armas, sino también mediante distinciones personales, la diferenciación entre combatientes y nacionales dentro del campo del súbdito enemigo.
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Estamos en guerra.
El súbdito enemigo es invisible, de modo que no puede realizarse la distinción entre combatientes y nacionales. Aunque dentro del lenguaje marcial que se está utilizando se llama “trinchera” a los hospitales y “soldados de primera fila” a los médicos.
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No hay distinción entre combatientes y nacionales porque el enemigo puede alojarse y capturar el cuerpo de cualquier nacional.
Hasta el siglo XIX la guerra la conducían los monarcas por medio de soldados profesionales, luego las guerras comenzaron a hacerla los pueblos con la aparición del soldado ciudadano. Mientras que hasta el siglo XVIII el soldado-ciudadano podía vivir durante la guerra en territorio enemigo sin mayores molestias, luego del siglo XIX pierde la disposición de sus bienes y hasta se lo trata de sospechoso como espía o saboteador. De modo que en el momento de estallar la guerra puede resultar inevitable el internamiento de todos los súbditos enemigos por falta de tiempo para apreciar su peligrosidad.
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Estamos en guerra.
El súbdito enemigo es invisible y puede anidar en el cuerpo sano de cualquier ciudadano.
Por falta de tiempo para apreciar la peligrosidad del enemigo (invisible) debemos confinar a todos los ciudadanos. El Convenio de Ginebra del año 1949 contempla la posibilidad del traslado de los súbditos enemigos al territorio de otro estado (que no esté implicado en el estado de beligerancia). Como el individuo no es considerado como un súbdito pasivo, sino como un protagonista de la guerra (podría alojar en su cuerpo al enemigo) no hay traslados posibles.
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En el estado actual de guerra no hay distinción ente combatiente y súbdito enemigo.
Para llevar a su enemigo a la capitulación, el estado beligerante no se limita a las armas sino que recurre también a medidas económicas: bloqueo de costas, incautación de bienes del enemigo, confiscación de la propiedad enemiga, interrupción de relaciones económicas.
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Estamos en guerra.
Nuestro enemigo es invisible.
Se tomarán medidas económicas extremas para llevar al enemigo a su capitulación.
Para el derecho internacional de la guerra existen los combatientes y los no combatientes. A los primeros se los faculta para la acción, y pueden ser el blanco de los ataques del adversario, adquieren la condición de prisioneros de guerra si son capturados por el enemigo. Los no combatientes no pueden realizar actos de hostilidades.
Estamos en guerra frente a un enemigo invisible, todos somos combatientes, es decir: todos podemos ser el blanco de ataques (enfermedad/muerte) y podemos ser considerados prisioneros de guerra.

Guerreros de la visión. El uso filosófico que se ha dado a la vista y a la luz produjo la diseminación de la ilustración y el racionalismo. El manual de la armada norteamericana utiliza los conceptos de “otras operaciones más que guerra” en lugar de “guerra” (Operations Other Than War). De modo que factores no militares se incluyen en el concepto de OOTW. Como la ingeniería y la tecnología diseña el mundo, la catástrofe de este tiempo no tiene la estructura performática de la escritura, sino que la guerra tendrá una discursividad visual. La comunicación tecnológica implicó la aniquilación del espacio por el tiempo. La ciudadanía ya no es un estatus legal garantizado por un soberano, como lo describe Azulay, sino una forma de estar juntos, de compartir un mundo con otros (todos somos ciudadanos del mundo, todos estamos en la misma guerra).
El cineasta Haroun Farocki y el artista y geográfo Trevor Paglen estudiaron las imágenes de mundo en la inscripción de la guerra. Farocki observó que la palabra inmersión es el vocablo adecuado para hablar de las imágenes virtuales. Las tropas traumatizadas de los EEUU que volvían del combate eran tratados con video juegos. Una terapia virtual de escenarios de estimulación que recreaban las experiencias traumáticas de la guerra de Irak. Del mismo modo que imágenes virtuales son utilizadas para entrenar a las topas para el combate.
Estamos en guerra. Todos somos combatientes.
Un medio digital que se usa para terapias de exposición fue la herramienta para el hecho traumático del colapso del 11 de septiembre del año 2001. Un sin cuerpo. Una mediación por la pantalla. Una visibilidad puesta al extremo para hacer invisible al otro (que se mata/ que se intenta curar).
Si las guerras de la Modernidad (todavía) se hacían con los cuerpos entre los cuerpos, aún ahí, aún en ese gesto violento lo tanático tenía un borde erótico. De eso sabemos bastante, Georges Bataille llevó sus líneas sobre el suplicio desde la religión hasta el arte. Sin embargo, ahora estamos frente a otro tipo de lucha: una guerra sin cuerpos. El enemigo (invisible) se aloja dentro del cuerpo de un ciudadano que siempre es combatiente. Una guerra cuya emergencia se revuelve en el mismo borde tanático, deserotizado. Una guerra higiénica.

Un enemigo invisible es un enemigo también silencioso, no habla, no tiene espesor; adviene rumor. Las víctimas mostradas en fotografías de fosas comunes también hablan de una ausencia, de una falta de cuerpo; puro cadáver. Una forma pornográfica de estimular, de excitar la vista del ciudadano (combatiente) reclutado en el confín de su hogar. Él/ ella también invisibilizado, militarizando sus cabezas. El miedo, como el dolor, construye un puro presente y su cronicidad anestesia de tal modo de hacer estallar la confianza en las interpretaciones de mundo.
Los dirigentes no mienten, declaran. Y su declaración es una declaración de guerra socializando desde un estado de alerta constante, la urgencia del miedo.
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