Por Mariano Rolando Andrade

“Canciones de los Mares del Sur” de Mariano Rolando Andrade
“Canciones de los Mares del Sur” de Mariano Rolando Andrade

Si hoy en día el mundo lo conoce por Moby Dick, la carrera literaria de Herman Melville explotó en 1846, cinco años antes, con la publicación de un libro de viajes y aventuras que cautivó la imaginación de sus contemporáneos. Taipi (Typee: A Peep at Polynesian Life) narraba su experiencia en una tribu de caníbales de las Islas Marquesas, más precisamente de Nuku Hiva, adonde llegó en 1842 huyendo de la miserable vida de un barco ballenero. El libro, además de dar a su autor fama de la noche al día, también sirvió para crear un nuevo mito, el de un paraíso terrestre ubicado en lo que por entonces se conocía como los Mares del Sur, y que no es otra cosa que el vasto océano Pacífico oriental y meridional, una región azul regada de islas y archipiélagos de ensueño.

Fue a ese distante vientre literario que me propuse llegar en un viaje de cien días siguiendo un cordón umbilical que comenzó en el otro extremo del Pacífico, en Yakarta, la antigua Batavia de las Indias Orientales Neerlandesas, hoy Indonesia. Ahí había llegado en 1876 mi admirado Arthur Rimbaud como mercenario del ejército colonial holandés, abandonada ya la literatura, para desertar tres meses después y regresar a Europa. En el camino, de Oeste a Este, tracé una ruta siguiendo las coordenadas de otros escritores, artistas y exploradores; las fascinantes culturas polinesias; geografías exóticas y paisajes deslumbrantes; puertos adormecidos. Todo con tiempo, bastante tiempo. Y lectura, soledad, silencio.

Pudieron haber sido crónicas o relatos en prosa, debieron haberlo sido quizás, pero sin que lo supiese explicar se convirtieron en Canciones, en un derrotero poético, un regreso a las fuentes. En la historia de un hombre, "el poeta de las manos rotas", que huyó para volver a "cantar", emulando a otros como el propio Rimbaud, Lorca o Ezra Pound, que también cantaron antes como una forma de rebelión y cura ante la brutalidad de los tiempos.

Herman Melville en 1861
Herman Melville en 1861

Recorrí ciudades dementes, como la ya mencionada Yakarta, antiguos templos budistas e hinduístas, volcanes y selvas, tribus perdidas en islas al norte de Australia, infinitas carreteras en el desierto, puertos llenos de nostalgia como Melbourne y fines del mundo como Tasmania. Recorrí a la noche playas desiertas en Nueva Caledonia donde solo se oye el grito del petrel y el murmullo lejano del arrecife, montañas en la bruma y la lluvia en Franz Joseph, Nueva Zelanda, y planicies de cenizas junto a la selva al pie de Yasur, en la isla de Tanna, Vanuatu. Conocí a mucha gente. Vi a hombres en trance contando la historia de sus antepasados mientras dibujaban en la arena majestuosos "sandroings" simétricos y efímeros; compartí con otros el aletargador bol de kava al atardecer en chozas en las afueras de Port Vila; escuché el hipnótico kecak alrededor del fuego en Ubud, Bali.

En mi hoja de ruta marqué con una cruz hitos y postas obligadas. Me detuve solo ante un solitario monolito frente a un mar turquesa que recuerda la llegada de Abel Tasman a Tongatapu, la isla principal del reino de Tonga, en 1643. En Alice Springs, soñé a noche abierta con las enigmáticas Songlines que atraviesan al continente australiano y que inspiraron a Bruce Chatwin y su libro sobre el espíritu nómade del hombre. En Tasmania, en una recóndita playa, rendí homenaje a Joseph Conrad ante los hierros del único barco que capitaneó, el "Otago". Leí y leí. Leí sobre el célebre bandolero Ned Kelly y el explorador Ludwig Leichhardt, que desapareció sin dejar rastros; sobre el extraordinario capitán James Cook y sus viajes; sobre el sufrimiento y la valentía de los pueblos originarios de Vanuatu en el bello Raga de Jean-Marie Le Clezio; sobre el mito de Maui, el Ulises de los polinesios, tan astuto y tan genial.

Durante cien días estuve solo y acompañado, mayormente lo primero. Muchas veces decidí aislarme. Así fueron naciendo las Canciones de los Mares del Sur. Navidad me encontró en 'Eua, una pequeña isla de la católica Tonga. Año nuevo en Rotorua, en la isla norte de Nueva Zelanda, en un hostal con chicos veinte años más jóvenes que yo. En Wellington, me detuve en la puerta de la casa de Katherine Mansfield. Una mañana, en Apia, Samoa, llegué a la hermosa residencia de Robert Louis Stevenson en Vailima y ascendí emocionado el monte Vaea para sentarme junto a su tumba blanca. Encontré sobrevivientes de tsunamis, gente hospitalaria con una sonrisa y una puerta abierta a pesar de saber apenas de dónde venía, viejos occidentales que rechazaron su patria y la vida "moderna" y pasan sus tardes en bares dignos de películas.

Arthur Rimbaud en Harar en 1883
Arthur Rimbaud en Harar en 1883

Y leí. Leí y leí. Leí los Relatos de los Mares del Sur de Jack London, pero no escribí sobre ellas. Leí las Leyendas de las islas Cook de Jon Jonassen, y de ahí surgieron en Rarotonga dos poemas. Leí a Víctor Segalen y su conmovedor Los inmemoriales, sobre la agonía de las culturas autóctonas de la polinesia francesa. Leí la novelada biografía de Julio Verne sobre Bougainville. Y la de Anne Pons sobre otro intrépido explorador, Jean-Francois de Lapérouse. En la bahía de Matavai, en Tahití, me detuve en el lugar en el que Cook desplegó en 1769 el instrumental para la histórica observación del tránsito de Venus, un hecho que marcó, quizás, el comienzo del fin de los pueblos de Oceanía.

Un día, algo cansado ya de tanto andar, llegué a Hiva Oa, en las remotas Marquesas, donde pasaron sus últimos años Paul Gauguin y Jacques Brel. Me alojé en casa de una familia local en la diminuta Atuona. Una noche escuché las historias de aventuras y arrepentimiento de Areke el legionario. Y vi el atardecer desde el cementerio cerca de las tumbas de Brel y Gauguin en una colina.

Mariano Rolando Andrade
Mariano Rolando Andrade

Se acercaba el final, Nuku Hiva, el vientre de mis Mares del Sur. El aeropuerto está en un punta aislada de la isla, el único lugar apto para construir una pista de aterrizaje. Hay que atravesar montañas salvajes y precipicios para descender a Taiohae, frente a cuyas costas atracó ciento cincuenta años atrás el ballenero de Melville luego de una travesía infernal para su tripulación. Una mañana, un hombre me llevó en auto hasta el adormecido valle de Taipi, me dejó en un pequeño paraje y caminé en soledad por las ruinas de un antiguo templo ante la mirada de los vigilantes Tikis, esas enigmáticas estatuas que prueban según algunos la conexión entre las Marquesas y América del Sur. Otro día, el último, Antoine, el dueño de la casa en la que me alojaba, me invitó a ir de cacería por la selva y las montañas con sus perros. Empezamos temprano a la mañana, caminamos interminables kilómetros por cañaverales, cumbres y cuestas épicas, y terminamos con la noche cerrada ya y una cabra despellejada en su bolso.

Era suficiente: las Canciones de los Mares del Sur estaban escritas y solo quedaba desandar el camino. Con la generosidad de la poeta Luisa Futoransky, radicada en Francia desde hace tres décadas y entrañable amiga, editamos el poemario, descartamos textos, trabajamos palabra por palabra. Con otro poeta, el también querido y generoso amigo Juan Arabia, director de Buenos Aires Poetry, volví a revisarlo y retocarlo, descartando más poemas. Entre tanto, una decena de los textos eran publicados en revistas literarias electrónicas en México, Chile, Colombia, Venezuela, España y Argentina, y un puñado de ellos fue traducido al francés, el italiano y el árabe y también publicados. Algunos incluso los leí en el Festival Internacional de Poesía FIP 2017 en Buenos Aires, lo que me permitió comprobar, y a veces rever, sonoridades, ritmo, música. De su lado, la directora de arte Camila Evia interpretó a la perfección el espíritu del libro con el diseño y las imágenes. El resultado de toda esta aventura que ahora miro ya con nostalgia son estas crónicas poéticas que empiezan a recorrer su camino.

 

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