Se cumplen 10 años de la primera publicación de "Guía Inútil Para Madres Primerizas", un clásico sobre la maternidad moderna. Sus autoras hablan en este texto sobre la imposibilidad de ser madres perfectas y cuentan cómo se gestó esta complicidad plena de confianza que les permitió escribir "a cuatro manos" una utopía imposible.

En la escena uno, Ingrid, desquiciada porque lleva unos ocho meses sin dormir más de una hora de corrido, le abre la puerta a Paula al grito de "si me seguís encontrando en este estado se te van a ir las ganas de ser madre".
En la escena dos, Ingrid le sugiere a Paula escribir juntas, algún día, un libro que combata la visión edulcorada de la maternidad, esa propaganda que a la vez que te obliga a ser perfecta te convierte en una anormal si te atrevés a cuestionar los discursos dominantes sobre el asunto.
En la escena tres, Paula, que alardeaba de autocontrol en embarazo, parto y puerperio, lloró y gritó con una empleada del call center de una compañía telefónica, colgó y le avisó a Ingrid que ya estaba lista para escribir el libro juntas.

Compartíamos un código, el humor, y ya habíamos hecho a cuatro manos muchas notas periodísticas. Y nos pusimos a escribir la Guía Inútil Para Madres Primerizas con la idea de parodiar el clásico manual que te dice cómo son las cosas, poniendo en relieve que la maternidad es un campo de batalla y de discursos cruzados en el que todo el mundo cree ser el portador de la verdad. El objetivo: desnudar el discurso dominante de un sistema para el que ni la niñez ni la maternidad son prioridad a la hora de cuidar, invertir, pensar políticas públicas. Porque lo nuestro son los objetivos modestos.
También, ya que estábamos en modo-contra-el-orden-establecido, nos interesaba pelearnos con los sommeliers del humor, esos que dicen que las mujeres no servimos para hacer reír. o, peor, que creen que hay un "humor femenino" consistente en quejas, autocompasión y una sola variable: reírse de sí mismas, nunca del resto del masculino mundo. Qué se creen.
Escribimos a cuatro manos, en estricta paridad, un capítulo cada una. Luego la otra leyó, agregó, quitó, mejoró y devolvió. La mejor parte de trabajar así está en esos momentos en que algo que te mandó tu socia te sorprende, te hace estallar de risa, te la deja picando porque sabe que vos la vas a rematar. Nos preguntaron muchas veces cómo hicimos. En parte porque –sabemos– no es fácil escribir a cuatro manos, hay que compartir un código y tener claro qué querés decir, hacia dónde va el libro en general y cada capítulo en particular. En esto último seguramente nos ayudó que las dos trabajamos como editoras de textos desde hace bastante tiempo. Pero también nos preguntaron, y nos preguntan, cómo hacemos porque aquello de que, ay, las mujeres no pueden trabajar juntas, que compiten, que se matan a tarascones. Todas esas pavadas que el ciudadano medio repite con la misma seguridad con la que asevera que para que un pibe duerma hay que darle vuelta el piyama o que si comés papas fritas y das la teta a la criatura se le va a estropear el hígado.

Pero nos fue bien. Tanto, que después de la primera Guía Inútil en 2007 escribimos dos más. El libro tuvo un recorrido que no imaginábamos. Habíamos intuido algo en el aire, el cambio de mirada con respecto a las maternidades y crianzas, pero no anticipamos cuánto se iba a recomendar, regalar y multiplicar la Guía Inútil Para Madres Primerizas. Nos pasó de conocer gente en los jardines y colegios de nuestros hijos –superando todas nuestras fobias– y que muchas de esas personas nos contaran que habían leído el libro, lo habían regalado, se habían sentido comprendidas y acompañadas… y seguramente desilusionadas al ver que en persona somos poco sociables y no tan divertidas, pero eso no viene al caso.
Diez años después nos sentamos a leernos el libro en voz alta. Creíamos que habría que cambiarle el tono, que seguramente era menos feminista de lo que querríamos hoy, que el movimiento de mujeres se volvió arrollador y protagonista. Volvimos a reírnos y descubrimos con un poco de emoción –no somos de exagerar con los sentimientos– que no, que por suerte no: nos definíamos como feministas hacía rato y no lo habíamos disimulado ni lavado. Hicimos otros cambios, actualizamos algunas referencias: si antes nos reíamos de la estimulación temprana, ahora cómo no meterse con la obsesión por educar el cerebro, por ejemplo; o si antes hablábamos de leer el diario y hacer zapping, ahora esas son cosas tan antiguas como bailar el minué. También nos acordamos de los varones feministas y de los diversos tipos de maternidades y paternidades. E intentamos no ser (tan) heteropatriarcales. Pero todo no se puede. Al fin y al cabo, para qué mentirles, sólo somos dos chicas paradas delante de un montón de gente, pidiéndoles que compren este libro para el Día de la Madre.
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