Saber decir “no” cuando realmente es necesario es una habilidad que nos ayuda a tomar el control de nuestra vida. (Shutterstock)
Saber decir “no” cuando realmente es necesario es una habilidad que nos ayuda a tomar el control de nuestra vida. (Shutterstock)

POR Camila Perez

Lo pensamos, lo practicamos, lo tenemos en la punta de la lengua y cuando llega el momento de responder nos es imposible decir NO. Nuestra hermana quiere que le busquemos un vestido, mamá quiere que la ayudemos con las redes sociales, una amiga necesita que cuidemos a sus hijos, y nuestro jefe nos pide un trabajo de último minuto. ¡Uf! muchas necesidades que una gran mayoría casi siempre complace.

Esto es algo que nos ocurre a todos en mayor o menor medida. Anteponer la satisfacción de otras personas a la nuestra, y está muy bien e incluso es admirable cuando lo hacemos de manera consciente y voluntaria por las razones adecuadas, pero nos daña cuando inconsciente y gradualmente vamos dejando de vivir nuestra vida para vivir la de los demás. Paulo Coelho decía: "Si tienes que decir SÍ, dilo con el corazón abierto. Si tienes que decir NO, dilo sin miedo."

Saber decir "no" cuando realmente es necesario es una habilidad que nos ayuda a tomar el control de nuestra vida. Pero aprenderlo es una tarea compleja, ya que implica una decisión de cambio.

Según la licenciada María Belén Badano Durañona, psicóloga especialista en clínica de adultos y directora de Quilmes Consultorios, hay varias razones por las que demoramos en lanzar una negativa: "sentimiento de culpa por no responder a lo que el otro espera, o que pueda hacernos parecer un egoísta, un vago, una mala compañera, una madre abandónica. En cambio, al responder sí saciamos la sed narcisista que nos da una satisfacción inmediata de ser aceptados".

Decir que no a tiempo, cuando una demanda excede lo que estamos dispuestos a dar, no solo resguarda nuestra salud emocional sino que es modelo de conducta para quienes nos miran.

"Hacemos tantas cosas por compromiso, pero cuando decimos que no, ¡no pasa nada! Cuando uno dice que no, antes de decirlo cree que se va a venir el mundo abajo, te agarra una ansiedad tremenda, y después te das cuenta de que no pasó nada. El otro te respeta más porque alguien que sabe decir que no se vuelve más confiable", asegura Mariana, quien revela que es algo que tuvo que aprender pero que, una vez que lo logró, fue muy positivo: "mi carrera la forjé más con lo que elegí no hacer, con lo que dije que no que con lo que dije que sí; eso me dio mucha más identidad".

¿Por qué decir no?
"Culturalmente el 'no' tiene mala prensa; expresarlo altisonante, de forma sutil o con un movimiento de cabeza no es sinónimo de mezquindad o egocentrismo, sino que está relacionado con el autoconocimiento y con reconocer necesidades e intereses propios, deseos y apetencias", explica Guillermina Rizzo, doctora en psicología. El camino del no puede ser un incómodo y oscuro túnel, pero hay que atravesarlo para llegar a un espacio en el que nos sintamos más libres de los demás y de nosotros mismos.

Para alcanzarlo sin remordimientos, la licenciada Badano Durañona aclara que debemos tener en cuenta que el "no" no se dirige a la persona sino a una demanda, en un momento y contexto determinado: "aprender que no es un 'no' a la persona sino al pedido, atenuará la culpa", afirma.

Los beneficios de decir no son concretos: permite asentar nuestra autonomía, es una declaración en la que comprometemos nuestra dignidad y permite establecer un límite a las expectativas del otro sobre nosotros. Mariana también reconoce sus bondades: "no hacer nada por compromiso es fundamental. Es nuestra libertad primaria. Ahí es donde ejercemos nuestro derecho a resguardarnos, a cuidarnos; es todo un aprendizaje. Cuando no sabemos decir que no, la vida se vuelve más pesada. Es algo que ejercito mucho, pero no lo hice toda mi vida. Es más, tengo una tendencia al sí, pero descubrí que se me iba mucha energía en cosas que no quería".

Fiestas: momento crítico

"Navidad, con mi familia". "Vos traé la bebida". "Este año juntamos a todos". Cientos de voces reclamando, resolviendo y eligiendo qué, cómo y cuándo, y nosotras, para no discutir, por no confrontar, aceptamos. "Al tener el 'sí' fácil, la obligación de elegir pasa a un segundo plano quedando sumergido en un falso espejismo, asumiendo que de esa manera se evitan conflictos, se queda bien ante la mirada de los otros, somos aceptados y la aprobación está garantizada", explica la doctora Rizzo.

¿Y por qué se da con los más cercanos? Muchas veces la familia es la primera que sabe que ocupamos este lugar, y nos volvemos foco de demandas; siempre somos los dispuestos que, comprometidos con el bien común de nuestros seres queridos, jamás diríamos "no". Pero no creas que esto es gratis; la expansión del sí fácil también llega a la relación con nosotros mismos. "De a poco nos va llenando de excesos y enojos y busca vías para drenarse, por lo que muchas veces termina en actividades compulsivas, apatía y hasta adicciones", explica Badano Durañona.

Un no a tiempo resguarda relaciones. Por eso, recordá que la negativa no es hacia la persona y, por el contrario, es un límite que opera como contención: "son una línea que marca por dónde circula mi deseo y por donde el de los demás. Con inteligencia emocional, en la sana alternancia entre el Sí y el No, podemos lograr una adaptación al mundo que nos rodea, evitando hipotecarnos", asegura la licenciada.

Dejemos en claro que decir sí no es un problema sino que se convierte en un conflicto cuando se impone y barre nuestras opciones. La relación entre autoestima, amor propio, culpa y crianza es muy profunda, lo que hace que ser de 'sí fácil' se vuelva casi un rasgo de nuestra personalidad. Por eso, en los casos en los que comienza el desequilibrio es importante buscar ayuda. No es sencillo negociar con este mundo inmenso lo que queremos, pero reprimirlo puede ser nocivo. Al menos, debemos intentarlo.

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