En un nuevo episodio de La Fórmula Podcast, la psicóloga y conferencista Pilar Sordo reflexionó sobre el paso del tiempo, la vejez y el valor de tomar conciencia del presente. A partir de su experiencia al cumplir 60 años, planteó cómo ese “letrero de salida” la llevó a repensar sus decisiones, priorizar su bienestar y diseñar una vida más alineada con lo que realmente le hace bien, lejos de la exigencia social por “no envejecer”.
Además, profundizó en el rol de las emociones, la incomodidad y la toma de decisiones en la construcción de una vida más plena. Sostuvo que la felicidad no depende de la motivación sino de la acción, que “las ganas vienen después”, y cuestionó la cultura de la hiperproductividad, la comparación constante y la búsqueda de placer inmediato. El episodio completo podés escucharlo en Spotify y YouTube.
Pilar es psicóloga clínica, escritora y conferencista chilena, reconocida en América Latina por su trabajo en desarrollo personal, vínculos y bienestar emocional. Con más de 30 años de trayectoria, ha investigado y trabajado en ámbitos educativos, familiares y de salud, experiencia que volcó en libros best sellers y conferencias internacionales, donde aborda temas como el amor, la felicidad, la crianza y el sentido de la vida desde una mirada cercana y práctica. Además, lidera iniciativas sociales como la Fundación CáncerVida, enfocada en acompañar a pacientes oncológicos y sus familias.

—Mencionabas que cumplir 60 años te llevó a revisar muchos aspectos de tu vida. ¿Qué cambios sentís que trajo?
—Mirá, yo no tengo nada con el tema de la vejez, me parece que es un temazo hoy día, porque siento que se produce la paradoja de donde se suponía que las mujeres íbamos a ser cada vez más libres y estamos cada vez más atrapadas en el skincare, en la cara, en que no nos dejan ser viejas, digamos. A mí me impresiona que yo cada vez que digo: “Tengo 60”, la primera frase que escucho automática del otro es: “¡Pero no se te nota nada!”. Y yo digo: “¿Yo tengo que agradecerte eso? ¿Eso es un elogio? Tengo 60 y te juro que supervividos”. Pero cuando cumplí sesenta me pasó algo que no me había pasado antes, que es que yo hoy día veo el letrero de salida y yo no lo había visto. Lo veo ahora y está detrás tuyo y como siempre digo, es rojo con letras blancas. Y ese ver el letrero de salida, que podía sonar medio depre para mucha gente, a mí me hace muy consciente hoy del tiempo perdido, de las malas decisiones o de las buenas, de qué decisiones quiero tomar, de cómo quiero vivir. Tengo clarísimo que tengo mucho menos tiempo adelante que el que ya viví. Y eso es una dimensión que cuando ocurre en la vida es muy especial porque hasta hace poco rato era mitad y mitad, ¿no? Hoy día ya no. Pero me hace consciente de qué como hoy, que quiero poder levantar a mi nieto sin que me duela la espalda y esas decisiones, como medias futuristas, dependen de decisiones que se toman hoy. Entonces, hoy tengo que hacer ejercicio de fuerza, hoy tengo que comer saludable. Creo que te hace consciente del presente. Yo siento que esa es la gracia y yo lo miro como una oportunidad. Lo que yo sí siento es que hoy día estoy diseñando una vida que implique para mí, por ejemplo, viajar mucho menos y estar más en casa. Son casi 40 años viajando por el continente con una valija al lado. Y quiero ser protagonista de eso. Estoy empezando a cultivar una huerta, quiero tener gallinas, quiero tener mis propios huevos. Yo siempre digo que hay que intentar estar donde el alma sonríe y mi alma sonríe mucho en ese lugar. Hay un espacio de mí que quiere una cosa mucho más como contemplativa en este minuto de la vida y ya no tan gestionadora ni de acción. Y quiero respetar eso también.
—¿Qué actividades reservás solo para vos, esos momentos en los que encontrás bienestar o una pausa de contemplación, más allá de si los llamás rituales?
— Claramente en mi casa, sin lugar a dudas. Ando descalza, me gusta pisar el césped todo el tiempo, sentir el ruido del lago. Tengo muchos espacios de silencio. Mi vida es bastante más solitaria de lo que la gente supone. Porque necesito muchos espacios como de reclusión y de soledad y de escuchar mi diálogo interno, de ver cómo voy creciendo, de cómo voy transmutando, de dónde me voy encontrando, cómo voy creciendo, cómo voy sacando mi mejor versión. Y en eso rezo, medito mucho. El silencio para mí es un gran compañero de día a día. Yo siempre digo: el silencio tiene mucho ruido, porque devela, porque te muestra cosas. Y esas cosas que te muestra generalmente son muy jodidas porque tienen que ver con decisiones que tenés que tomar. Por eso siempre hacerse preguntas es super interesante, pero las preguntas no son tan importantes como las respuestas. Y una pregunta, lamentablemente, siempre va a tener una respuesta y esa respuesta debe invitar a la acción. Y ahí es donde está el jaque. Eso es lo que marca la diferencia entre las personas. Porque todo el mundo se puede hacer preguntas, las respuestas las saben, pero no todo el mundo ejecuta. Ahí es donde yo siento que se muestra como la primera gran diferencia entre la gente que avanza y la que no. Es como cuando te preguntan qué toma la gente feliz, decisiones. Eso toma la gente feliz. Entonces, y varias veces al día.

—Esa idea de que las personas felices toman decisiones me resulta interesante. ¿Creés que, en el fondo, todos tenemos la respuesta si nos damos un espacio para escucharnos?
— Sí, todos lo sabemos. Y más hoy. Yo creo que hoy día estamos intoxicados de información. Creo que lo que más tenemos es cómo saber y cómo vivir. De todo órdenes de cosas: desde qué comer, qué hacer para estar saludables corporalmente, qué hacer para llevarte bien con la pareja, contigo misma, con el amor propio, con los hijos, con la... Tenemos exceso de información. No toda cierta, no toda es real, porque hay mucha gente que sabe un montón hoy en día. Hay mucho gurú dando vuelta. Pero todos sabemos que el celular nos hace mal, todos sabemos que para acostarnos y dormir bien se tiene que producir melatonina. La melatonina se produce en la oscuridad. Y para que la melatonina se produzca, tiene que haber muy poca dopamina en mi cerebro, que es la que genera el celular en la mano.
Por lo tanto, yo debiera dejar el celular una hora y media antes de acostarme. Preguntemos a tu gente cuánta de esa gente una hora y media deja el celular, ni el uno por ciento. Sabemos que en la mañana los primeros cuarenta y cinco minutos no debiéramos prender una pantalla, porque tenemos que codificar el cerebro o empezar a entrenarlo en la mañana sin ansiedad. Y para eso la pantalla, la tele un poquito menos, pero el celular de todas maneras es un despertador de conductas ansiosas, porque te va a dar malas noticias, porque el scroll te hace ponerte ansiosa. Entonces, yo creo que empezar a entender que hay cosas que me encantan pero que me hacen mal y hay cosas que me cargan pero que me hacen bien, yo creo que es un índice de madurez. Hay un autor, español que se autollama Mago More, que dice una frase que a mí me encanta: “Una vez a la semana haz algo que detestes hacer”. Y a mí me parece que eso es tremendamente saludable, porque eso te entrena tu fuerza de voluntad, tu disciplina, te cambia el foco. Y salimos de esta locura que estamos, que es la sociedad del placer, digamos. ¿Por qué todo tendría que ser entretenido? ¿Por qué tenemos encadenados a los maestros, por ejemplo, a hacer clases entretenidas siempre? ¿Por qué todo tiene que ser divertido cuando generalmente las grandes instancias de aprendizaje no son desde la diversión? A mí me parece genial que pueda haber una clase donde un profesor de historia cuente el Imperio Romano casi como contando una novela. Pero no todo en la vida es entretenido, ni tú haces cosas que te gustan todo el día, ni yo hago cosas que me gustan todo el día, pero intentamos hacer cosas que sí nos hagan bien. Y creo que en esa reflexión hay un montón de madurez implícita.
Esta happycracia de la cual no solo hablo yo, sino que habla José Luis Marín, un psiquiatra español con el que tengo el honor de relacionarme para hacer cosas juntos, es una locura. No podemos pretender estar todo el tiempo con la cara de Instagram para la gente que muestra una cara de Instagram siempre contenta. Porque Instagram no miente, pero evidentemente muestra parcialidades, no muestra todo. Yo creo que hoy día es necesario habitar la incomodidad y no arrancar de ella. Y esa incomodidad generalmente se produce en la pausa, porque si estás todo el día en la hiperproductividad para probar que eres lo que haces y donde hoy día además hay tanta cosa por hacer, porque además los estándares aumentaron un montón. ¿Qué es lo que producen las redes? Dos fenómenos que a mí me parecen muy peligrosos, que son la permanente comparación e insatisfacción de tu vida, porque hay tanto que hacer hoy.
Hoy día hay que pensar saludable, hay que hacerse el skincare, hay que hacer ejercicio físico, ojalá leas, ojalá seas amorosa con tus hijos, ojalá trabajes, ojalá te veas guapa y tengas el outfit de la tendencia de no sé qué, que el pelo lo tengas como la no sé quién, que no sé... Que claramente al final del día te vas a acostar insatisfecha con algo, va a haber algo que no vas a haber alcanzado a hacer. Entonces, esa sensación hace que estemos intentando que todo sea placentero durante el día y la vida transita en estados muy incómodos. Amar es incómodo, vivir es incómodo. Porque te roza, porque te raspa y esa incomodidad hay que saberla habitar. Entonces, por eso que estamos en los vínculos alarmantemente más preparados para arrancar que para quedarnos. Porque a la primera incomodidad me voy. Y además disfrazado de un concepto de amor propio tan horroroso. La incomodidad, la tristeza, el miedo, son situaciones que hay que habitar sin arrancar, porque si arrancas no la experimentas y te pierdes la maravillosa oportunidad de lo que te vinieron a decir.
La tristeza, que a mí me parece que está lejos de las emociones más bellas que tenemos los seres humanos, porque es la única que llega a ti con el único objetivo de transformar tu vida. El miedo también puede llegar a impulsarte a tomar acción, ¿no? Porque si alguien está esperando tomar una decisión y para eso está esperando que se le pase el miedo, tengo la pésima noticia de que las decisiones se toman con miedo. El miedo es un compañero de viaje permanente, está al lado nuestro todo, y más en el mundo de hoy. Pero la tristeza llega para un proceso mucho más profundo, que no es impulsor de acción como el miedo, sino que para transformarte internamente. Entonces, siento yo, humildemente, que tenemos que aprender a habitar la emoción que te embarga o que tienes en el día y poderla decir y poderla codificar con honestidad.

—A veces es difícil permanecer en ese estado de conciencia. Algo que ayuda puede ser detenerse cuando surge un impulso, como abrir la heladera o agarrar el celular, y preguntarse: ¿qué pensaba antes de esto? ¿Qué es lo que realmente necesito en ese instante?
—Y es que ahí está en clave la pausa. Sin pausa no logras hacer ese ejercicio maravilloso. Hay que parar, detenerse un segundo. Yo siempre digo: la salida es hacia adentro. No está afuera. ¿Por qué te comiste una barra de chocolate si habías dicho que no ibas a comer azúcar? ¿Qué te pasó? Pero sin el juicio. El diálogo interno no de regaño sino desde la explicación, desde la pregunta. ¿Por qué? ¿No era que te importaba tanto hacer ejercicio este año? O no te importa demasiado y sería súper bueno que lo reconozcas y vivas feliz. Y si te importa demasiado, ¿por qué no has sido capaz de ejecutarlo? A lo mejor porque no te has priorizado, a lo mejor porque le diste más tiempo a tu pareja, a tus hijos, a tu mamá, a tu abuela, a la tía, a la amiga, y tú no te has dado el tiempo para ti. A lo mejor porque estás cansada y necesitas descansar primero o estás cometiendo los dos grandes errores para no tomar decisiones: uno es esperar que te vengan las ganas. Las ganas no te van a venir, es otra pésima noticia.
Las cosas no se hacen con ganas, se hacen con decisión. Las ganas vienen después de hacer. La motivación es una consecuencia de la acción. Yo después de hacer deporte quedo contenta de haber hecho deporte. No partí teniendo ganas de hacer deporte. El que se levanta a las cinco de la mañana a trotar no tiene ganas de levantarse a las cinco de la mañana a trotar. Pero después de que vuelve, vuelve con todas las hormonas de la felicidad en el cerebro y, por lo tanto, tiene ganas del día siguiente volver a hacerlo. Por lo tanto, las ganas no son el motor. Y la otra es la clásica, que es que no es el momento adecuado. Yo te aseguro que las promesas que la gran mayoría de la gente se hizo para año nuevo son las mismas promesas que se viene haciendo hace cuatro años, en promedio.
“Ahora sí, ahora este año no como pan. Ya este año dejo la harina, que este año voy a ir a ver más a mi mamá, que este año voy a hacer más ejercicio, que este año sí voy a preocuparme más de mi relación de pareja”. Y estamos en abril y son pocos los que han accionado para que eso se transforme en acción. Y no basta con el manifestar o con la luna llena o la nueva, que me parece una forma de información adicional importante que se puede usar o no. Basta con la acción, o sea, necesito ejecutar. Y eso es de microdecisiones cotidianas que te van llevando de a poquitito al lugar donde quieres estar o al cómo te quieres sentir contigo. Porque insisto que además no somos lo que nos pasa ni nos define lo que nos está pasando. Lo que nos va a definir es qué vamos a hacer con eso que nos está pasando.
Y ahí es donde yo siento que está la diferencia entre los seres humanos, que hay gente que hace cosas con lo que le pasa y hay gente que no hace nada y se quedó en la víctima y se quedó en el: “Qué horror mi vida”. Y hay otros que intentamos, igual que cuando se pule la piedra para que salga el diamante, pulirnos para poder sacar de una situación desafiante nuestra mejor versión cuatro, cinco punto cero, que de alguna manera transmute esa experiencia. Y ahí es donde yo siento que está la diferencia entre los seres humanos. No es lo que, no es lo que vamos a vivir, sino que vamos a vivir más o menos es casi parecido. Pero la diferencia es lo que dice Sartre: “Somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros”, que me parece que es una estupenda definición de cómo eres protagonista al final de tu propia historia y de, y de tu propio camino.

— ¿Cómo hacés para encontrar un equilibrio entre ser comprensiva con vos misma y no caer ni en el auto-castigo ni en la lógica de “me lo merezco” o “no puedo cambiarlo”?
—Yo creo que uno sabe cómo gestionar o desde qué lugar tomas la decisión que tomas. Comértelo o no comértelo, por ejemplo en el caso que dimos del chocolate. El discurso que digas para justificar esa contradicción, ese discurso tú también sabes que es un discurso. O sea, yo te puedo dar una excusa y te puedo decir: “Bueno, pero es que hoy día amanecí super triste. Entonces, me comí cuatro masitas de pasta de dulce de leche en el desayuno”. Pero yo sé que me estoy saboteando. Que no te lo vaya a decir a ti es un tema de discurso social, pero yo en mi mundo interior tengo clarísima la contradicción y tengo clarísimo por qué lo hice. Ahora, también es importante ver y preguntarse: ¿y por qué no puedo sostener mi tristeza sin tener que comerme el dulce de leche? Si yo dije que el dulce de leche no me solucionaba nada. De hecho, me comí el dulce de leche y estoy aún más triste, no solo por la tristeza que tenía antes, sino porque además se me suma el no haberme cumplido en algo que yo dije.
Yo siempre digo que cuando uno está triste en la vida hay tres cosas que uno no puede hacer: una, quedarse en cama, porque la cama es un depresor tremendo. Uno de la cama tiene que saltar cuando está triste. En la cama es entretenido quedarse cuando estás en pijama y vas a ver Netflix y estás feliz y vas a comer pizza. Pero, si estás triste tienes que salir de la cama, porque mientras más te quedas en casa y mientras más te quedas en cama, más te cuesta salir. La segunda es comer azúcar, porque no solo vas a tener un problema de tristeza después, sino además de sobrepeso, lo cual va a aumentar tu tristeza y tu identidad corporal se va a modificar y vas a estar más inflamada y además más ansiosa, cada vez vas a querer más azúcar. Entonces, no soluciona ese problema. Y la tercera es tomar alcohol porque de alguna manera se transforman en anestesia frente a la imposibilidad de poder habitar. Hoy día podría agregar además ver el celular, ¿no? Como otra fuente de generación de dopamina que, que estamos todos usando como si fuera una especie de antidepresivo y que terminamos más ansiosos.
—¿Sentís que hay una gran mentira o creencia equivocada sobre lo que significa una pareja hoy?
—“Dejar de sentir es dejar de amar”. O sea, si ya no siento lo que sentía al principio, me tengo que ir. Porque codifico el amor a la conexión. Si yo creo que amar es conectar y me pasan cosas y tengo maripositas en la panza y tengo ganas de llamarte y me desperté pensando en ti y te dije buenos días o me acosté pensando en ti, entonces ya estoy. Según los estudios, la primera crisis de eso es a los tres meses. Cuando ya no siento, pero me encanta estar contigo y me siento bien. De hecho, me da hasta sueño, que es un indicador muy importante de que la cosa va bien, que te veo y descanso y baja la dopamina y me quedo dormida contigo. Porque estamos buscando relaciones adrenalínicas y a veces esas que llamamos aburridas porque entregan paz, son las más posibles de tener buena proyección en el tiempo. Entonces, creo que la mentira es sentir que el amor es un sentimiento. Y en el minuto que ese sentimiento yo lo dejo de sentir y le tengo que poner voluntad, entonces ya deja de ser amor. Como si el amor no tuviera que trabajarse, como si no fuera algo que hay que trabajar. Como yo tengo que trabajar el amor por mis hijos, tengo que trabajar para que mis hijos sean buenas personas, el amor es un trabajo, es una tremenda empresa. Y todos los esfuerzos que tú haces para mantener tu mundo laboral, por ejemplo, todo lo que haces, todo lo que aguantas, lo que te bancas en tu mundo laboral, no te lo bancas en el mundo emocional hoy. ¿Y por qué no? Entonces, me parece que la mentira de la emoción te pierde al entender que el amor es una decisión de elección y que en la medida que eso me da paz y me hace bien, vale la pena habitarlo y mantenerlo. Por supuesto que si me quita la paz, y por supuesto que si hay maltrato, si hay faltas de respeto, si traiciona mis sueños o mi paz interior, es un amor que no sirve, porque el amor no es dañino. El amor es saludable, es de las cosas lindas y saludables y sanas que tenemos en el universo. Pero, pero qué hay que habitarlo, hay que habitar la incomodidad, hay que saber discutir, hay que discrepar sin amenazar el vínculo. Entonces, estamos peleando, entonces mejor terminemos porque ya estamos peleando. Yo creo que la palabra clave hoy en los vínculos es la palabra sostener. Cuánto eres capaz de mantener la tensión. Mantén el conflicto, báncatelo, atraviesalo. Atraviésalo, convérsalo, anda, pide ayuda, te importa esa otra persona, no la quieres perder, de verdad te da paz, de verdad sientes que cuando estás bien, estás muy bien. Bueno, báncate, sostén el conflicto, aprende a sostener el conflicto, que es lo que probablemente hizo mi papá con mi mamá, que llevan 61 años de casados. Tienen que haberse bancado y sostenido cientos de conflictos.
—Escuché una definición tuya: “El amor es una gran amistad con momentos eróticos”. ¿Podés desarrollar un poco más esa idea?
—Sí, es de (Antonio) Gala, un autor español. Amo esa definición. Yo cuando veo a mis viejos juntos diciéndoles siempre que fueron una pareja disfuncional que duró toda la vida, a lo mejor en esta época de modernidad se hubieran separado en un montón de conflictos, porque hoy día se invita a que no sostengas, ¿no? Ellos siempre se quisieron mucho y yo sé que sostuvieron un montón de crisis. Pero yo creo que al final lo que te queda es la amistad, es el compañerismo, es la compañía. Por algo cuando se muere una viejita, el viejito se va muy rápido o al revés, porque es lo que mantiene, este para siempre, que no siempre tiene que ser para siempre, pero yo creo en el amor para siempre. Es cómo sostienes eso en el tiempo.
—El concepto de sostener me parece que resume mucho de lo que venimos hablando: sostener la incomodidad, la angustia, eso de lo que solemos querer escapar y que a veces nos termina lastimando más. ¿Cómo ves ese desafío?
— Sí, yo creo que hay que entender que lo que se resiste persiste. Y cuando te permites atravesar la emoción y la sostienes, pasa y no te deja daño. Mientras más pelees con el estado incómodo, más te va a durar, porque le agregas al estado incómodo angustia y la angustia per se, es sostenedora.
Entonces, mientras más me resisto, más habita en mí esa incomodidad. Si yo dejo de pelear y trabajo la aceptación radical de la situación, por mucho que no me guste, va a pasar por mí de buena forma.
El mejor ejemplo de esto es Celine Dion. Hace un par de años atrás decidí estudiar a partir de un comentario que me hizo mi terapeuta sobre el concepto de la docilidad. Que me parecía una linda palabra. Pero para mí la docilidad, mi arquetipo judeocristiano tenía que ver con ser flexible, agachar la cabeza.

— Sumisión.
—Sí. Hasta que veo un video de Celine Dion atravesando una convulsión de su enfermedad. Y yo cuando miro la convulsión digo: “Aquí no hay nada de dócil, porque ella grita, se estira los dedos…”. Yo digo: “Aquí ella se está resistiendo”. Aparecen los Juegos Olímpicos cantando como los dioses. Y le pregunta el periodista cómo lo hizo, porque biológicamente nada explica que ella pudiera cantar así. Y ahora incluso va a partir una gira por París. Y ella dice algo que para mí me rompió la cabeza y que fue lo que me cambió el concepto de docilidad. Ella dice: “La única manera por la cual mis cuerdas vocales están sanas y saludables es porque yo me dejo atravesar por la convulsión”.
Entonces, lo que ustedes ven en el video es la percepción de la convulsión llegando a mí, atravesando mi cuerpo y no dejando huella. Y por eso puedo seguir cantando. Porque se entrega al proceso en vez de resistirse. Los católicos podrán ver eso en la vida de Jesús, que se dejó atravesar por lo que le tenía que pasar. Y creo que si tú te permites que se atraviese la tristeza, que te atraviese la incomodidad y desde ahí gestionas para poder sostener esa emoción y de ahí dejarla pasar para que se vaya, es como recibir un invitado a tu casa.
Entonces, le dices: ‘Tristeza, adelante, ven, siéntate. ¿Qué me vienes a decir?’ En vez de decir: ‘No te quiero aquí, porque si te dejo entrar voy a estar triste toda la vida’”. No, ven y entra. Te voy a escuchar. Yo quiero entender por qué apareciste, porque no es casual. Y una vez que te entienda y vea por qué apareciste, entonces ya no va a ser necesario que te quedes, porque yo voy a aprender la lección, por lo tanto te puedes retirar. Tu función ya la cumpliste. Me refiero a la concepción de cómo ella permitió que le pasara esto sin dejar secuelas. Y eso creo que es válido para cualquier situación incómoda o difícil que podamos querer vivir e incluso para el placer, porque hay gente que tiene vergüenza de descansar, gente que tiene terror a decir que no tiene nada que hacer, gente que no puede estar tranquila en una playa si no está hoy día con el celular porque ya no miró el mar.
La gente fue para Semana Santa a Mar del Plata y te aseguro que a lo mejor ni vieron el mar, ni lo sintieron, ni lo olieron, ni lo percibieron, porque estuvieron mirando el mar a través de una foto que aparecía en Insta. Es como mirar la luna llena, que yo lo pregunto en charlas: ‘¿Vieron la luna llena anoche?’ ‘¡Sí!’ Digo: ‘Qué bien’. La gente... ‘¿Cómo la vieron?’ ‘En fotos’. Digo: ‘Pero loco, si era cosa de abrir la ventana y mirar el cielo. La luna estaba ahí, ¿me están jodiendo?” Y eso no es solo mirar al cielo, tiene que ver con mirar lo pequeño que somos en una espacio gigante que está hecho para darnos salud y que nos hemos ido enfermando con una máquina que nos ha ido estrechando la visión, a pesar de que pareciera que la amplifica, porque nos amplifica la información, pero nos estrecha la visión del mundo. Nos acerca a quienes están lejos, pero aleja un montón a los que están cerca. Y creo que quizás es una dinámica que tenemos que ser capaces… Yo no estoy demonizando los celulares, yo trabajo con ellos y creo que uno le puede sacar cosas buenas. Pero creo que tenemos que ser capaces, en la sabiduría de un ser humano, de administrar eso a nuestro favor. Y hoy no lo estamos haciendo así, no estamos haciéndolo bien en ese sentido.
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