
El disparo en la sien cerró una historia que nunca había logrado despejarse del todo. Dentro de una camioneta BMW, estacionada en la calle Ramallo del barrio de Saavedra, el cuerpo de Alfredo Pesquera apareció sin vida el 21 de diciembre de 2013. A pocos metros, la casa de su pareja. En el vehículo, un arma: una pistola Glock. La misma con la que, según la investigación, habían asesinado horas antes a un financista.
No era la primera vez que su nombre quedaba pegado a una muerte. Trece años antes, Pesquera ya había sido señalado como el hombre que, con una maniobra al volante de su camioneta Chevrolet Blazer DLX 1997 de color blanco con vidrios polarizados, desató una de las tragedias más impactantes de la cultura popular argentina: la muerte de Rodrigo Bueno.
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La madrugada que paralizó al país
El 24 de junio de 2000 no fue una madrugada más. A las 3.30 horas, sobre la Autopista Buenos Aires–La Plata, a la altura del kilómetro 26 en Berazategui, una Ford Explorer roja perdió el control, volcó y salió despedida. Dentro viajaba Rodrigo Bueno, el artista más convocante del momento. El impacto fue inmediato y devastador.
Rodrigo no era solo un cantante. Era un fenómeno social. Venía de llenar teatros, dominar la televisión, hacer estallar bailantas y cruzar todas las barreras del cuarteto cordobés para instalarse en el centro de la escena nacional. Su carisma, su estética y su ritmo lo habían convertido en un icono transversal, seguido por multitudes.
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Esa noche previa a la tragedia había cenado en el restaurante El Corralón, en Balvanera. Luego salió a la ruta. En su 4 X 4 viajaban también su hijo Ramiro, su ex pareja Patricia Pacheco, sus amigos Jorge Moreno y el locutor Alberto “Cachi” Pereyra. Todos sobrevivieron. No así Fernando Olmedo, quien iba como invitado y murió en el acto. Rodrigo fallecería instantes después de que su cuerpo saliera despedido e impactara contra el pavimento ya que no llevaba colocado el cinturón de seguridad.
La noticia recorrió el país como una descarga eléctrica. Miles de personas salieron a la calle. El velorio se transformó en una manifestación popular inédita. El impacto cultural fue inmediato: la muerte del cantante no solo dejó un vacío artístico, sino que consolidó su figura como mito.
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Mientras sus fans de todo el país lloraban, un nombre empezaba a instalarse en la investigación: Alfredo Pesquera. Él conducía la mencionada Chevrolet Blazer blanca y, según la acusación, había tenido un rol determinante en la secuencia previa al vuelco. Para la Justicia, al menos en una primera instancia, existían elementos suficientes para imputarlo por “doble homicidio culposo en concurso real con lesiones”.
Pero desde el primer momento, su postura fue inquebrantable. “No tuve nada que ver”, repetía. Pese a sus negativas, el 10 de marzo de 2001 Pesquera terminó detenido por el caso Rodrigo y alojado en una comisaría de La Plata. Estuvo preso en total 31 días.
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El 31 de octubre de 2001, tras la primera jornada del juicio oral en los Tribunales de Quilmes, accedió a una entrevista en su casa de Caballito. Estaba molesto, tenso, incómodo por la exposición. Pero habló. Por supuesto negó todo. Absolutamente todo. Dijo que circulaba a 120 kilómetros por hora, incluso por debajo del mínimo permitido. Que había visto el accidente por el espejo retrovisor. Que se detuvo en el primer peaje y avisó: “Manden una ambulancia porque unos tipos se hicieron pelota”. Y que después siguió su camino. Cuando le preguntaron por qué se había ido del lugar, su respuesta fue seca: “No soy paramédico, vendo computadoras”.
Velocidad, alcohol y una maniobra fatal
El expediente judicial se construyó sobre una disputa técnica y testimonial. Alfredo Pesquera sostenía que Rodrigo manejaba en exceso de velocidad y bajo los efectos del alcohol. Llegó a afirmar que iba a 176 kilómetros por hora al momento de la primera frenada. Las pericias posteriores corrigieron ese dato: determinaron que conducía a 144 km/h, catorce por encima del límite permitido. También se comprobó que tenía 0,55 gramos de alcohol en sangre.
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Del otro lado, los sobrevivientes de la camioneta y la querella afirmaban algo distinto: que Pesquera había desacelerado de forma intencional para asustarlos y luego los había encerrado, obligando a Rodrigo a realizar una maniobra brusca. “¿Para qué haría algo así, no tenía sentido?”, se defendía él.
Pero el entonces fiscal Luis Armella sostuvo que existió esa cuestionada maniobra: encierro, obstaculización y frenada imprevista. El abogado querellante, Miguel Ángel Pierri, fue aún más contundente. Aseguró que las pericias detectaron un roce entre ambas camionetas: el espejo derecho de la Explorer habría impactado contra el izquierdo de la Blazer, que —según aseguró el letrado— luego fue repintada. También Pierri puso el foco en la “caja negra” del vehículo de Rodrigo, que registraba datos claves: velocidad, frenado, respuesta mecánica y posibles fallas, incluso la razón por la cual no se activaron los airbags. Y afirmó sin dudas: “Podrían haberle salvado la vida”, destacó.
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La defensa y el contraataque
El abogado defensor de Pesquera, Fernando Burlando, eligió otra estrategia: atacar la credibilidad de los testigos y construir una imagen de riesgo en torno al propio Rodrigo. Sostuvo que quienes declaraban estaban a más de 600 metros y que repetían versiones inconsistentes. Pero además insistió en el estado del cantante: cansancio extremo, consumo de alcohol y una rutina sin descanso. “Realizaba maratones de shows sin dormir. Eso genera movimientos imprecisos, agresividad y problemas visuales”, argumentó.
En el medio de la polémica aparecían amenazas y una confusa trama paralela. Así, en medio del juicio, Pesquera introdujo un elemento que tensó aún más el caso: el dinero. Habló de tres millones de pesos en juego por seguros. Sugirió que había intereses cruzados. Denunció amenazas. “Me decían que si no me declaraba culpable, era boleta”, arriesgó. Aseguró que lo presionaban, pero nunca dio nombres. “Me metería en un bolonqui enorme si los doy”, se justificó. También demostró toda su frialdad y falta de empatía, dejando en claro que no sentía culpa. “No tengo heridas en el espíritu. Soy inocente”, afirmaba en medio del dolor que enfrentaban la familia, amigos y seres queridos del cantante cordobés.
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Absolución y más causas pendientes
Más allá de que a fines de 2001 el debate oral terminó con su absolución en el caso Rodrigo, su situación judicial no se cerró. Porque Pesquera arrastraba otro expediente bajo la acusación de estafas reiteradas vinculadas a la venta de autos usados que cobraba pero no entregaba. En 2003 fue condenado a un año y tres meses de prisión en suspenso. Intentó rearmarse. Se anotó para estudiar abogacía. Pero, según su entorno, seguía condicionado por amenazas constantes, ya que había dejado en el camino varias cuentas pendientes. Y por algo más. Las pesadillas que atormentaban su vida. Con el paso del tiempo, reconoció y aceptó que la tragedia lo perseguía. Hablaba de sueños recurrentes. De imágenes que se repetían cada noche. De la escena del accidente volviendo una y otra vez. Era evidente que la muerte de Rodrigo no había terminado para él. Intentó viajar a los Estados Unidos para realizar un tratamiento oncológico, pero no pudo, se sentía agobiado, acorralado.
El crimen que lo devolvió al centro de la escena
El 7 de junio de 2013, su historia sumó un nuevo capítulo. El cuerpo de Miguel Ángel Graffigna apareció en Villa Ortúzar. Estaba en el asiento del acompañante de su Peugeot RCZ, comprado el día anterior. Tenía un disparo en el pecho. El arma era suya: una Glock 40.
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La investigación, encabezada por la fiscal Paula Asaro, reconstruyó un conflicto económico. Graffigna, un aparente financista muy amigo suyo le reclamaba dinero a Pesquera de forma insistente. La deuda estaba vinculada a negocios con otro nombre conocido: el otrora campeón mundial de kickboxing Jorge “Acero” Cali –fallecido el 3 de octubre de 2021 a causa de un infarto agudo de miocardio-. Con esas pruebas, el 20 de diciembre de 2013 la justicia ordenó la captura inmediata de Alfredo Pesquera. Pero él nunca llegó a declarar. Un día después, fue encontrado muerto dentro de su camioneta BMW, en Saavedra con un disparo en la sien. En el vehículo estaba la mencionada Glock. La misma arma del crimen de Graffigna...

La muerte de Rodrigo sigue siendo, para muchos, una herida abierta. El caso dejó preguntas sin resolver, versiones enfrentadas y una figura —la de Alfredo Pesquera como sospechoso— que nunca logró despegarse del todo de aquella madrugada. Absuelto por la Justicia, pero señalado por la opinión pública, vivió los años siguientes entre causas, amenazas y el peso de una historia que lo persiguió hasta el final. Su sórdida muerte no cerró el caso, lo volvió aún un personaje más oscuro.
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