La paradoja de disfrutar experiencias que provocan miedo, como el estremecimiento en una montaña rusa o el sobresalto en una sala de cine de terror, intrigó a filósofos y científicos durante siglos.
Un artículo publicado en Psychology Today sostiene que la explicación radica tanto en el antiguo concepto de lo sublime, desarrollado por autores como Longino, Edmund Burke e Immanuel Kant, como en los fundamentos cerebrales del miedo, analizados por el Instituto de Neurociencias Aplicadas.
En la tradición filosófica, lo sublime describe el deseo humano de vivir experiencias intensas y abrumadoras. Longino lo definió como una fuerza capaz de emocionar y elevar el espíritu, más allá de la belleza simple de una flor, presente en la grandeza de un roble o en la magnitud de un fenómeno natural.

Este interés por las experiencias intensas tiene también una base neurocientífica. Un estudio publicado en Nature Human Behaviour en 2024 identificó una “firma mesocorticolímbica” del placer en el cerebro humano.
Es decir que, regiones como el núcleo accumbens, el pálido ventral, la ínsula y la corteza orbitofrontal muestran patrones de activación ante estímulos que combinan miedo y disfrute, como las montañas rusas o el cine de terror. Los autores señalan que estos circuitos permiten transformar el miedo en placer cuando la situación se percibe como controlada y segura
Edmund Burke profundizó en la diferencia entre belleza y sublimidad. Mientras la belleza implica suavidad y placer apacible, lo sublime se asocia con el poder y la inmensidad, acompañado por emociones intensas: asombro, terror y lo que Burke denominó “horror delicioso”. Según el artículo de Psychology Today, “mientras que lo bello da lugar a sentimientos de amor, placer y relajación, lo sublime da lugar a sentimientos abrumadores de asombro, terror y horror delicioso”.

La fascinación por lo sublime solo resulta placentera en un entorno seguro. Deportes extremos, montañas rusas o películas de terror activan el miedo más primitivo, con la certeza de que no existe un peligro real. En estas circunstancias, la emoción supera el placer simple, al apelar al instinto de autoconservación.
La neurociencia contemporánea respalda esta percepción. Según Harvard Medical School, la amígdala desencadena la respuesta inmediata ante el miedo, pero es la corteza prefrontal ventromedial la que ayuda a regular y extinguir esas reacciones una vez que el cerebro reconoce la ausencia de peligro real. Esta interacción cerebral permite que el miedo controlado se convierta en una experiencia gratificante y de crecimiento emocional.
Immanuel Kant matizó el debate y propuso dos formas de lo sublime: el sublime matemático, vinculado a la contemplación de lo inmenso, y el sublime dinámico, asociado al poder arrollador de la naturaleza. Psychology Today destaca que Kant consideraba lo sublime un recordatorio de la capacidad de trascendencia moral y racional, al contrastar la pequeñez física con la grandeza de la libertad y el espíritu.

Hoy, lo sublime se experimenta en actividades como las montañas rusas, el salto en paracaídas o el terror en el cine. Los filósofos sostienen que quienes buscan estas experiencias persiguen el mismo asombro y estremecimiento de épocas pasadas, pero con la seguridad de estar a salvo.
Desde la neurociencia, el Instituto de Neurociencias Aplicadas explica que el miedo es una emoción ancestral esencial para la supervivencia. Ante una amenaza, el cerebro activa varias estructuras encabezadas por la amígdala, que dirige las respuestas automáticas de lucha o huida. El Instituto señala que, “la amígdala es la protagonista en esta respuesta, enviando señales a otras áreas cerebrales para activar respuestas de lucha o huida”.
Otras regiones, como la corteza prefrontal y el hipocampo, participan en el análisis de amenazas, la regulación emocional y la memoria de experiencias relacionadas con el miedo. El Instituto advierte que la exposición repetida al miedo puede modificar el cerebro a través de la neuroplasticidad, generando tanto adaptaciones positivas como riesgos de ansiedad o estrés.

Según una revisión ampliamente citada de Nature Reviews Neuroscience, el procesamiento del miedo involucra una compleja interacción entre la amígdala, la corteza prefrontal y el hipocampo. Esta red cerebral permite que las emociones intensas, como el miedo, se regulen y, en contextos controlados, puedan transformarse en sensaciones placenteras o de aprendizaje emocional, lo que explica por qué las personas buscan voluntariamente experiencias que provocan miedo en entornos seguros.
La diferencia entre miedo controlado y miedo crónico reside en el contexto y la intensidad. Si la exposición ocurre en condiciones de seguridad y control, como en una atracción mecánica, puede favorecer el crecimiento personal y fortalecer la resiliencia emocional. Según la neurociencia, el cerebro utiliza la neuroplasticidad para adaptarse después de enfrentar situaciones temidas, lo que impulsa el desarrollo de nuevas capacidades emocionales.
Las perspectivas filosófica y científica avanzan en paralelo. Según la filosofía, el asombro suscitado por lo sublime conecta al ser humano con una dimensión trascendental y disruptiva. Por su parte, el Instituto de Neurociencias Aplicadas señala que comprender los mecanismos cerebrales del miedo permite regular esas emociones y aprovecharlas para el bienestar personal y social. Así, el miedo, lejos de ser solo una amenaza, se transforma en una oportunidad para la transformación personal.
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