Los cambios en las fuerzas motrices de la economía mundial traen aparejados procesos de sustitución de élites por pérdida de legitimidad. La legitimidad se pierde cuando las élites dejan de pensar en el pueblo y se dedican a la autocomplacencia intelectual, económica y social. Pierden así la conexión con las mentes y almas del pueblo, quien decide sustituirlas.
Estos procesos degenerativos quedaron plasmados con brillo y sagacidad por Scott Fitzgerald en su novela El Gran Gatsby. Ella recoge los últimos días de existencia de un supermillonario desconocido para la sociedad establecida del Noreste norteamericano cuya riqueza era heredada y producto del paso de la economía de rural a urbana. Gracias a la brillante pluma de Fitzgerald, vemos cómo la sociedad tradicional que desprecia a Gatsby por ser un nuevo rico asiste a sus esplendorosas fiestas y disfruta de ellas aun cuando se sabía que la fortuna de Gatsby se originaba en la práctica de una actividad ilícita; el tráfico de licor. Con la Gran Recesión de telón de fondo, la novela nos revela la situación de 40 millones de norteamericanos lanzados a la pobreza.
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En este ambiente de profundas limitaciones y desolación, los excesos de las élites dominantes se vieron al desnudo y la sociedad norteamericana comenzó a construir un marco regulatorio que no permitiera la repetición de esa amarga experiencia. Y fue así como se construyó la sociedad del Nuevo Trato bajo el liderazgo nuevo y vibrante de Franklin Delano Roosevelt.
Hoy presenciamos un espectáculo igual de repugnante y desconsolador al descrito por Fitzgerald en la medida que el Departamento de Justicia de los Estados Unidos, forzado por el Congreso, ha iniciado la apertura de la correspondencia de Jeffrey Epstein, un connotado y condenado pedófilo cuyos tentáculos sociales y financieros penetraron todo el espectro de las élites norteamericanas, europeas y latinoamericanas. Personajes de la banca, las empresas de tecnología que han cambiado las reglas del juego de la economía mundial, el mundo académico y la política desfilan por las resmas de correos electrónicos de Epstein exhibiendo una irresponsabilidad, ausencia de tino y superficialidad que no se compadecen con sus posiciones de liderazgo. Leyéndolas, pareciera que todos se empeñaron en sobresalir por su ausencia de ponderación, responsabilidad y solidaridad con una sociedad que está sometida a presiones excepcionales.
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Porque hoy los norteamericanos confrontan los efectos de la desaparición de sus puestos de trabajo a merced de la automatización y la desaparición de sus ahorros por el impacto combinado de las crisis financieras del 2000, cuando explotó la burbuja de inversiones en tecnologías, y del 2008, cuando explotó la burbuja de las hipotecas, condenando a la pobreza al 30% de la población. Para ellos es incomprensible que sus dirigentes se hundan en prácticas sibaritas mientras ellos no pueden cubrir sus necesidades de vivienda, educación y salud.
Y mientras más revelaciones se originan en los archivos Epstein, mayor es la decepción del pueblo norteamericano con sus líderes, lo cual lleva a algunos a seleccionar liderazgos suicidas como es el caso de la selección del alcalde de Nueva York.
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El resentimiento y ausencia de rumbo se empeora en la medida que afloran liderazgos responsables como el del Rey de Inglaterra Carlos III, quien ha optado por hacer caer el peso de la Ley sobre su hermano Andrés por su relación con Epstein. Esto nutre el resentimiento del pueblo norteamericano que hasta la fecha no ha visto un solo indiciado por sus autoridades en el affaire Epstein. Esto mina la confianza institucional e invita al desconocimiento de la autoridad de las élites.
Surge así la interrogante si este descreer popular en la tierra de Washington se traducirá en una renovación del liderazgo y un fortalecimiento de las estructuras republicanas que están por cumplir 250 años.
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