El ego es un tema relevante en la vida cotidiana y la salud mental. Surge la pregunta: ¿es normal tener ego? La respuesta es sí, pero solo hasta cierto punto.
Así como el azúcar en sangre, la presión arterial o el colesterol tienen niveles normales y necesarios para el organismo, el ego también cumple una función vital cuando se mantiene en límites adecuados. El ego constituye el yo, la identidad personal. Nos permite manifestarnos, construir una personalidad y relacionarnos con los demás. Es el punto de partida de pensamientos, emociones y sentimientos que, en la medida justa, facilitan la empatía y la interacción social saludable.
Cuando el ego supera el nivel habitual, aparece el ego tóxico. En este caso, surge una máscara que oculta la verdadera personalidad. El ego tóxico puede aislar, y suele estar asociado a la necesidad de tener siempre la razón, la búsqueda constante de validación externa y el rechazo a las críticas, percibiéndolas como ataques personales. Esta distorsión impide reconocer la realidad y lleva a la persona a creerse superior a los demás, mostrando una imagen que no corresponde a lo que realmente es.

El fenómeno puede entenderse usando la metáfora de la máscara: quien se esmera excesivamente en la apariencia externa suele experimentar una sensación de vacío interior. El exceso de ego y el egocentrismo generan arrogancia. No obstante, el ego no se mantiene constante y puede fluctuar a lo largo del día, del mismo modo que lo hacen otras variables del cuerpo.
Para gestionar el ego, propongo una receta sencilla y simbólica: un telescopio, un reloj y una bacteria. El telescopio invita a observar el universo y recordar nuestra pequeñez frente a su magnitud. El reloj, como puede ser uno de péndulo, ayuda a tomar conciencia del paso inevitable del tiempo, independientemente de la importancia personal que atribuimos a nuestro ser. La bacteria simboliza algo diminuto que, aunque casi invisible y difícil de eliminar, puede causar consecuencias graves si atraviesa la piel.
La suma de estas tres imágenes puede ayudar a poner en perspectiva el ego y a moderarlo, facilitando que pase de ser tóxico a un recurso saludable. El desafío es distinguir cuándo el ego habitual se vuelve dañino. El secreto reside en buscar el equilibrio, reconociendo nuestras propias limitaciones y comprendiendo que el ego puede perjudicar tanto a uno mismo como a los demás.
Invito a reflexionar sobre este concepto y a aplicar estas ideas en la vida diaria.
*El doctor Daniel López Rosetti es médico (MN 62540) de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Presidente de la Sección de Estrés de la World Federation for Mental Health (WFMH). Y es autor de libros como: “Emoción y sentimientos” (Ed. Planeta, 2017), “Equilibrio. Cómo pensamos, cómo sentimos, cómo decidimos. Manual del usuario.” (Ed. Planeta, 2019), entre otros.
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