
El enojo en la adolescencia es un desafío común en muchas familias. Discusiones, portazos, respuestas cortantes y actitudes desafiantes suelen preocupar a padres que, en busca de mantener la armonía, intentan suprimir cualquier manifestación emocional intensa.
Sin embargo, un reciente análisis del psicólogo Mark Travers para por Forbes planteó que la represión de la ira en esta etapa puede ser más perjudicial que su expresión.
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Basado en un estudio difundido en la Revista de Análisis Transaccional, Travers explicó que la adolescencia no es una etapa que deba estar marcada exclusivamente por la felicidad. En cambio, atravesar emociones intensas, como la ira, es parte del crecimiento emocional.
El psicólogo Tony White, autor del estudio citado, propuso un modelo que clasifica la ira adolescente en cuatro niveles con el objetivo de comprenderla y abordarla de manera constructiva.
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Ira antisocial: manifestaciones extremas y llamados de auxilio
Este primer nivel es el más disruptivo. Se expresa a través de comportamientos como amenazas, vandalismo, consumo de sustancias o faltas escolares. En estos casos, el adolescente no parece sentir culpa y puede incluso mostrarse orgulloso de su conducta.
Sin embargo, Traver advirtió en su análisis que “algunos adolescentes muestran ira antisocial como un llamado a la acción. Intensifican su comportamiento hasta niveles antisociales con la esperanza de ser limitados, sancionados y restringidos”.
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Desde esta perspectiva, el adolescente actúa mal no por indiferencia emocional, sino como una forma de comunicar sufrimiento interno.
El psicólogo también mencionó un estudio clásico de The American Journal of Psychotherapy, que complementa esta visión al señalar que el conflicto sostenido puede funcionar como una forma de autocastigo externo para evitar enfrentar la culpa interna.
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Ira social: expresión controlada y funcional del conflicto
En el segundo nivel, la ira se manifiesta de forma más contenida y sin violencia. Aquí, el adolescente utiliza el conflicto social para expresar frustración, lo que puede incluir discusiones, reclamos o desacuerdos firmes, pero sin agresiones físicas ni verbales graves. Un ejemplo sería alzar la voz durante una clase para señalar una injusticia, sin insultar ni abandonar la situación.

White describió en su estudio esta forma de enojo como una “manifestación externa de ira, fuerte pero contenida”. Es una expresión emocional que, aunque intensa, permite mantener la conexión con los demás y abre espacio para la comunicación. Según el modelo de catarsis, este nivel representa una vía saludable para canalizar emociones difíciles.
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Resistencia pasiva: la ira que se repliega hacia adentro
Cuando la emoción no se expresa de manera abierta, surge la resistencia pasiva. En este tercer nivel, los adolescentes pueden mostrarse ariscos, callados o indiferentes. Las respuestas suelen limitarse a monosílabos. Esta actitud refleja una represión emocional, frecuentemente asociada con sentimientos de juicio o incomprensión por parte de los adultos.
Travers relató un escenario habitual: padres que preguntan a sus hijos cómo les fue en el día, y al obtener una respuesta sincera sobre el cansancio o la ansiedad, minimizan la emoción diciendo “Todos están estresados, solo acéptalo”.
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Para White, este tipo de interacción puede provocar que los adolescentes se sientan mal consigo mismos, en lugar de comprender su reacción como una experiencia válida.

Este tipo de comportamiento no es abiertamente rebelde ni sumiso. White sostiene que “el adolescente se encuentra atrapado entre mostrar su enojo abiertamente con el estado del yo ‘Niño Rebelde’ y conformarse con la autoridad con el estado del yo ‘Niño Conformista’. Por lo tanto, se resiste pasivamente a la autoridad”.
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Bondad: el adolescente “perfecto” que reprime su malestar
El cuarto nivel es el más silencioso. Identificado con los llamados “niños buenos”, describe a adolescentes que no expresan su enojo de forma visible. Suelen ser obedientes, amables y admirados por padres y maestros. No obstante, White Travers señalaron que “su ira ya no es visible porque está totalmente retraída, lo que a menudo les causa un gran malestar emocional”.
A pesar de su aparente estabilidad, estos jóvenes pueden experimentar altos niveles de ansiedad y recurrir a mecanismos dañinos como el aislamiento, la autolesión o los trastornos alimentarios.
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Travers destacó que, en algunos casos, condiciones como la anorexia pueden surgir como una forma de expresar ira y vergüenza profundamente internalizadas, frente a la imposibilidad de comunicar el malestar de otro modo.
Expresión catártica: enseñar a gestionar sin reprimir
El modelo de White, citado por Forbes, sugiere que los adolescentes no deben ser obligados a eliminar su enojo, sino a expresarlo de forma clara y respetuosa. “Esto no significa dejar la ira sin control, sino expresarla con claridad y reflexionar sobre ella”, afirmó el especialista.
Para ello, ambos psicólogos recomendaron enseñar a los adolescentes a identificar sus emociones, detectar sus disparadores y practicar técnicas de regulación emocional como el deporte o el arte.
El apoyo de los adultos resulta central en este proceso. Reacciones empáticas, espacios de escucha y modelos de comportamiento calmo son herramientas clave para ayudar a los jóvenes a desarrollar habilidades de autorregulación emocional y construir relaciones más saludables con sus emociones.
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