La actividad física tiene muchos beneficios conocidos. Mejora la salud cardiovascular, refuerza los músculos y articulaciones, y optimiza la función del sistema respiratorio, entre otros. Pero hay algo más que solemos pasar por alto: el impacto que tiene sobre el cerebro.
Sí, la ciencia ha demostrado que hacer ejercicio también actúa como un fertilizante cerebral.
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Cuando uno realiza actividad física, sea aeróbica o de fuerza, el movimiento de los músculos genera proteínas llamadas mioquinas. Estas viajan a través del cuerpo y llegan al cerebro, donde desencadenan la producción de una sustancia clave: el BDNF, siglas en inglés de Brain-Derived Neurotrophic Factor, que significa factor neurotrófico derivado del cerebro.
Esta molécula es vital para la neurogénesis, que es la creación de nuevas neuronas, y la sinaptogénesis, que es la conexión entre ellas. Dicho de manera más simple, es como si nuestras neuronas crecieran y se conectaran mejor gracias a este “fertilizante cerebral”.
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¿Qué significa todo esto? Que el ejercicio físico no solo ayuda a que nuestros músculos y articulaciones funcionen mejor, sino que también mejora nuestras funciones cognitivas. Se optimiza la capacidad de aprender, recordar y hasta la velocidad con la que procesamos información. Es sorprendente, pero al mover el cuerpo estamos cuidando también nuestra mente.
Lo interesante es que durante muchos años se pensó que las neuronas no se regeneraban, que nacíamos con una cantidad fija y que con el paso del tiempo las iríamos perdiendo de forma irreversible. Sin embargo, hace unas dos décadas, la ciencia cambió esta idea por completo.
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A través de estudios en animales de laboratorio, se descubrió que las neuronas en ciertas áreas del cerebro, como el hipocampo, pueden no solo regenerarse, sino también aumentar en número y mejorar su funcionalidad si realizamos ejercicio de manera regular.

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Y no solo se trata de animales de laboratorio. En los seres humanos también se ha observado este fenómeno. Hay estudios muy interesantes en taxistas de Londres, quienes, debido a la complejidad de su trabajo, deben memorizar una enorme cantidad de calles y rutas.
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Al estudiar sus cerebros, los científicos encontraron que, después de años de actividad cognitiva intensa, su hipocampo también había aumentado de tamaño. Esto nos muestra que tanto la actividad física como el esfuerzo mental contribuyen a mejorar nuestra estructura cerebral.
Además, se ha demostrado que en personas mayores, caminar regularmente — 30 o 40 minutos al día— tiene un impacto positivo sobre el cerebro. Un año de caminatas constantes puede aumentar el tamaño del hipocampo, la misma área que crecía en los taxistas londinenses y en los ratones que hacían ejercicio.
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Este tipo de actividad física no solo contribuye a mejorar la memoria, sino que también previene el deterioro cognitivo, ayudando a mantener la mente ágil y sana a lo largo del tiempo.
Pero el beneficio no se limita al hipocampo. La corteza prefrontal, responsable de funciones ejecutivas como la toma de decisiones, el pensamiento abstracto y la planificación, también se ve favorecida por la actividad física. Al realizar ejercicio, las conexiones entre las neuronas de esta región del cerebro se incrementan, lo que mejora nuestras capacidades cognitivas en general.
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Lo maravilloso de todo esto es que cualquier persona puede “fabricar” su propio fertilizante cerebral. No hace falta tener un equipo de gimnasio costoso ni dedicar horas interminables al ejercicio. Caminar, trotar o realizar ejercicios sencillos de fuerza ya es suficiente para estimular la producción de BDNF y generar una cadena de efectos beneficiosos en nuestro cerebro.
Por lo tanto, cuando hablemos de hacer ejercicio, no pensemos solo en el cuerpo. La actividad física es una herramienta poderosa para mejorar nuestra salud mental y proteger nuestras funciones cognitivas. El cerebro, al igual que nuestros músculos, responde al movimiento. Caminar es, literalmente, un fertilizante cerebral.
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* El doctor Daniel López Rosetti es médico (MN 62540) de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Presidente de la Sección de Estrés de la World Federation for Mental Health (WFMH). Y es autor de libros como: “Emoción y sentimientos” (Ed. Planeta, 2017), “Equilibrio. Cómo pensamos, cómo sentimos, cómo decidimos. Manual del usuario.” (Ed. Planeta, 2019), entre otros.
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