
El Muro de Berlín ya había caído. Era 1990 y el artista soviético Dmitri Vrubel había decidido satirizar con un mural una célebre fotografía tomada en 1979 durante el 30 aniversario de la República Democrática Alemana (RDA). La instantánea había capturado el momento en el que el líder soviético Leonid Brézhnev y el presidente del Consejo de Estado de la RDA Erich Honecker se daban un beso quizás más entusiasta de lo habitual. Este “beso entre hermanos” se convirtió en una de las obras más célebres de la East Side Gallery, una galería de arte al aire libre situada sobre los restos del Muro de Berlín. “Dios mío, ayúdame a sobrevivir a este amor mortal”, son las palabras que lo acompañan, escritas en ruso y en alemán.
Esta imagen fue replicada hasta el hartazgo alrededor del mundo y hasta recreada con otras figuras, como Trump y Putin. En un galpón del barrio porteño de Núñez, el mural de Brézhnev y Honecker salta a la vista detrás de un alambrado. A la derecha, una barra se alza entre bolsas de arpillera que remiten al Checkpoint Charlie, uno de los pasos fronterizos del Muro de Berlín entre 1945 y 1990, y quizás el más famoso. Son apenas algunos de los detalles que le revelan al visitante que arriba a Mauer (O’Higgins 3579) de qué se trata este bar.
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Mauer abrió sus puertas el 30 de octubre, tan sólo unos días antes del 30 aniversario de la caída del Muro -el 9 de noviembre- de la mano de los dueños de las cervecerías Santa Cebada, Julián y Matías Adjiman, Christian Andreozzi, y el arquitecto Lucas Ripani (la mente creativa detrás de Parque Bar y Boticario). Juntos, crearon una experiencia que combina gastronomía, alta coctelería y una propuesta cultural innovadora.
“Un bar que no tiene una identidad no sobrevive”, dice Ripani, el joven arquitecto de 29 años que logró verter en un galpón que ya funcionaba como una cervecería -un tanto venida a menos- el espíritu berlinés de la época, luego de que Julián le diera el disparador inicial: el Muro de Berlín. “Lo que le dije es que no íbamos a recrearlo, sino que íbamos a buscarle otra vuelta”, agregó en diálogo con Infobae sentado en el sillón verde que adoptó como “su lugar preferido” dentro de Mauer. La charla y la música sólo se ven interrumpidas por el traqueteo del tren que pasa justo detrás del local.
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"Berlín tiene una movida cultural muy fuerte: el arte en toda la ciudad, el estilo trash, los clubs nocturnos de música electrónica y la combinación entre lo moderno y el recuerdo constante de su historia presente. Quisimos transmitir todo esto en un bar”, explica por su lado Julián Adjiman.
Un mobiliario ecléctico, megáfonos que cuelgan de los techos, lámparas anticuadas, televisores vintage, un auto antiguo que parece estar cayéndose al precipicio, alambre de púas, consignas en las paredes picadas -"Si ves un muro, derribá"- y pósters que remiten a diarios de la época son tan sólo algunos de los destellos de identidad que Ripani plasmó en el bar.
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Tuvo libertad absoluta para este proyecto, lo que agradece muchísimo. Logró que este espacio se convierta en un lugar especial, con carácter propio, y no un cuasi parque temático. "Esa línea es fina y la da el buen gusto", apunta. "Fue la obra más rápida que hice en mi vida, utilizando el recurso que ya había, ensuciándolo y rompiéndolo; siendo práctico pero logrando una impronta".
"La gente va a los bares temáticos más allá de la zona, por eso es una decisión inteligente. Esto está escondido, no es un lugar por el que pase alguien y entre. Por eso buscamos generar una identidad propia, que la gente venga y se arme un boca a boca. Si a la gente le gusta, lo busca y viene, no importa dónde esté", afirma Ripani.
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Cuando uno entra a Mauer, todo es puro movimiento. No hay espacios formalmente establecidos, los sillones y las sillas están para ser usados, ensuciados; los muros buscan ser intervenidos, escritos, grafiteados. Se creó para un público compuesto por los nuevos jóvenes que reivindican la misma valentía de los jóvenes del 89, con sensibilidad social y conciencia ambiental.
Por eso, escribieron un manifiesto: “En Mauer, como en Berlín, lo único que está prohibido es dejar todo como está. Si sentís un estereotipo, derribá. Si ves un preconcepto, derribá. Si sentís una barrera, derribá. Si ves un muro, derribá”.
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La historia de la familia Adjiman también se manifiesta en Mauer, pero esta vez de manera literal. Cuando los socios se encontraban en plena búsqueda de muebles y objetos para decorar, la madre de Julián les sugiere ir a la casa donde vivía su propia madre y abuela de Julián, que había fallecido hace un año. Su hogar, que estaba a la venta, todavía estaba intacto. De allí rescataron sillones, mesas y otros objetos que hoy encontraron una nueva vida en el bar.
Una foto de la abuela junto a su marido y otras instantáneas familiares -también hay una media infantil con puntillitas ensuciada y colgada sobre la barra- se esparcen alrededor de Mauer, recuerdos del pasado de una familia; detalles que no se diseñaron, que sucedieron y que agregan un poco de misticismo para el ojo atento de sus visitantes, y una anécdota sentimental para los curiosos que preguntan quiénes son las personas anónimas de las paredes.
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El bar cuenta con una carta diseñada por el chef Nicolás Colli, que se divide en dos: Este y Oeste. Hay tapeos, hamburguesas y platos inspirados en la comida de la época. Incluye, por ejemplo, pinchos de salchicha envuelta en láminas de papel y una tortilla de salmón y chucrut, con un pan relleno de cerdo braseado.
Además de los tragos tradicionales, convocaron a Leandro Milán (Nicky Harrison, Parque) para crear 7 tragos estrella que representan a figuras icónicas: Willy Brandt, Ronald Reagan, Walter Ulbricht, Eckart Mann, Charles de Gaulle y Peter Fechter. Además, bajo un cartel de rojo neón, 20 canillas ofrecen algunas de las mejores cervezas de la Argentina.
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En Mauer, no hay fronteras, no hay barreras, y los estereotipos están para derribar. “Willkommen a MAUER” aúlla la cortina de chapa que divide el salón del patio. Una bienvenida, una despedida, y un “nos vemos pronto”.
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