La cuenta @justinesacco representa hoy a una ironía del paradigma twitter. Expropiado por el Partido Socialismo y Liberación (PSL), un partido político estadounidense de ideología marxista-leninista, profesa ideas de justicia racial, social y económica y rememora desde su gen la historia de su primera propietaria: Justine Sacco, un caso bisagra de las redes sociales. Una referencia cruel y exacta de cómo las plataformas digitales se han convertido en el ágora de los últimos tiempos, en un terreno óptimo para el linchamiento y la humillación.

La protagonista del caso ejemplificador era directora de Comunicación de InterActiveCorp (IAC) -compañía responsable de portales como Match.com, Meetic, Vimeo o Ask.com-, tuitera intensa de bajo impacto, con poca influencia. Sus 170 seguidores leyeron en diciembre de 2013 su inesperado último tuit: "Me voy a África. Espero no agarrarme sida. Es broma. ¡Soy blanca!". Lo publicó antes de subirse al avión, en Nueva York. Durante las doce horas de vuelo, el microclima de Twitter se condensó: germinó desde un nicho ínfimo una atmósfera plena de recriminación y desaprobación.

El tuit que le cambió la vida: “Me voy a África. Espero no agarrarme sida. Es broma. ¡Soy blanca!”
El tuit que le cambió la vida: “Me voy a África. Espero no agarrarme sida. Es broma. ¡Soy blanca!”

Aterrizó en Sudáfrica, ingenua, inherente a la repercusión que su broma había despertado. Era "trending topic" mundial, con más de cien mil tuits de repudio. El hashtag de indignación se viralizó bajo la etiqueta #HasJustineLandedYet ("¿ha aterrizado Justine ya?": su traducción). El dominio justinesacco.com fue una creación espontánea que linkeaba la web de la ONG Aid for Africa. Fue blanco de amenazas, memes, insultos. Su comentario le costó el trabajo. La despidió Twitter y su horda de enjuiciadores. Castigarla fue una obligación moral y una actividad ociosa.

Hoy testifica haber perdido su identidad. El devenir de su tuit, expresado desde su burbuja privilegiada, se repite en sus trastornos diarios, insomnios, angustia, llanto y el lamento flagelante de haber escrito una broma poco feliz. Su vida es abordada en el libro "Humillación en las redes", de Jon Ronson, quien recopila y acoge las historias de Justine y de otras víctimas más de la turba iracunda de las redes. El autor estudia el renacimiento del linchamiento público, la "democratización" de la justicia y acusa a la audiencia tuitera de emplear el escarnio y la vergüenza como una suerte de control social. Tras la publicación de su libro, por su empatía con las víctimas, el escritor padeció en carne propia la "caza de brujas" de los condenadores virales. Una acabada metáfora del fenómeno.

Twitter (el canal preferido), Snapchat, Instagram y Facebook promueven el escarnio público
Twitter (el canal preferido), Snapchat, Instagram y Facebook promueven el escarnio público

La demonización es un victimario que aguarda expectante, en la sombra de las redes sociales, cualquier desliz. No discrimina usuarios. Encrudece su atención en las personalidades públicas, pero extiende su jurisprudencia hasta la más ignota y anónima cuenta. Una ironía mal interpretada, un comentario absurdo, una falla de apreciación, un error ortográfico, un chiste inoportuno, una declaración huérfana de contexto, la observación más crédula sobre el tema más pueril.

El jurado colectivo de la red entiende mucho de sarcasmo y poco de benevolencia. Shitstorm -literalmente "tormenta de mierda"- es el concepto en inglés que encuentra su equivalente en español en "linchamiento digital". El conglomerado de haters (odiadores) y trolls ejerce, desde un anonimato medio, un rol de críticos exhaustivos, a veces insultantes, con intenciones serias de humillar y ultrajar la identidad de una persona a raíz de un comentario suyo en las redes sociales.

El libro del autor galés repasa casos emblemáticos del ajusticiamiento online
El libro del autor galés repasa casos emblemáticos del ajusticiamiento online

Silvia Ramírez Gelbes, experta en lingüística y directora de la maestría en periodismo de la Universidad de San Andrés, rememora las teorías de Aristóteles. En diálogo con Infobae, entabló comparación con los albores de la humanidad: "No somos originales. No es algo que haya surgido en las redes. En la Retórica, Aristóteles ya habla del discurso que vitupera, del que critica". El antiguo tratado griego estaba pensado para la gente que exponía en el ágora, validados por una serie de condiciones: conocimiento, credibilidad, carácter y pasión. La profesional se adentra para buscarle una explicación a este fenómeno 2.0: "En las redes, nunca tenemos seguridad de lo que se dice sea cierto. No tenemos la verificación del discurso, que es capaz de destruir la reputación de alguien, como de incrementarla. La característica es que es muy difícil acceder a la legitimación fáctica, a saber realmente si pasó o no pasó. El público está demasiado ocupado o tironeado por distintos estímulos para validar o verificar un hecho". Aunque no sólo de actos se alimentan de indignación y prejuicio el ejército de troles.

El linchamiento virtual -“Shitstorm” en inglés- no concede compasión. Ataca sin contemplaciones

Fierita Catalano se considera un "tuitero profesional". Consultado por Infobae, recordó con simpatía cuando fue "trendig topic" por "Murió Fierita" y "Fierita Pelotudo" y aconsejó mesura en el manejo de las plataformas digitales: "Hay que ser consciente con lo que se dice. Hay que entender que las redes también las puede ver tu jefe, aunque muchas veces la gente se olvida".

La voracidad del tribunal virtual, el caldo de cultivo que germina en Twitter -el canal preferido de los justicieros modernos-, Facebook, Instagram o Snapchat, la recriminación, el endiosamiento fue otro tópico procesado por el gurú local de la tecnología: "Sucede que las redes son una lupa de lo que hagas y de lo que digas. Si sos un genio, si haces algo muy bien, quizás te sirva para hacerte conocido. Pero si hacés o decís una burrada, también se enterará muchísima más gente. Te puede generar un quilombo o te pueden provocar algo positivo".

El problema que identifica Jon Ronson en su libro es la dimensión que han alcanzado estas campañas de desprestigio. Ya no están reservadas a políticos, corporaciones y famosos. Cualquiera puede caer en desgracia y ser carneado en el ágora moderno. El autor alerta sobre la desproporción del ajusticiamiento virtual: la consecuencia, el daño causado, supera la razón, el inocente desliz cometido. El deterioro moral del usuario no tiene freno: la compasión y la misericordia no intervienen, las disculpas y la rectificación no se validan.

Los “haters” y troles atacan directo hacia la identidad del acusado (Shutterstock)
Los “haters” y troles atacan directo hacia la identidad del acusado (Shutterstock)

Una vez que el tuit se publica, las palabras pertenecen al éter de la web. Como un libro, el material es universal: deja de ser propio y pasa a ser de todos. La distancia virtual, el anonimato revestido o difuminado duplican la sensación de impunidad en el patíbulo digital de las ejecuciones virales. La magnitud del daño proferido es incalificable. El castigo opera en un plano irreal, exento del contacto humano. La conciencia del agravio no atraviesa el filtro de piedad que intervendría ver a la persona llorar, gritar o quejarse.

Trastornos de identidad y pérdida laboral: las consecuencias de un comentario inapropiado en las redes sociales

La licenciada Diana Sahovaler de Litvinoff, psicoanalista y autora del libro "El sujeto escondido en la realidad virtual", desplegó sus apreciaciones en diálogo con Infobae. Calificó a las redes sociales como un vehículo que desnuda y expone la esencia de las personas: "Con la tecnología surgió una nueva forma de comunicación instantánea y masiva, que permite que el discurso humillante o elogioso tenga una difusión rápida y viral. Los insultos, el escarnio, el agravio no es algo que sea propio de la tecnología, es una parte de la condición humana que existió siempre". El ágora moderno, la plaza pública, de la Antigua Grecia a las plataformas digitales, otro síntoma más de que la evolución de la humanidad no alteró las condiciones más genuinas de las personas.