
El 62% de las mujeres se siente insegura en línea, de acuerdo con un estudio global de Kaspersky realizado a 7.600 personas en 19 países. Pero uno de los datos que más preocupa de ese análisis es que casi 5 de cada 10 víctimas del abuso digital identifican como agresor a alguien de su propio entorno, no a un extraño.
Parejas, amigos, familiares y compañeros de trabajo encabezan la lista. El celular, en ese contexto, se convierte con frecuencia en el primer escenario donde ese abuso se instala. El informe describe un patrón que se repite: el abuso facilitado por la tecnología no llega de golpe. Comienza con gestos que parecen menores, incluso afectuosos, y escala de forma progresiva. Reconocer esas señales a tiempo es la primera línea de defensa.
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Entre quienes identificaron a su agresor en el estudio, los amigos representaron el 15% de los casos, seguidos por parejas actuales (10%), compañeros de trabajo (8%), familiares (7%) y exparejas (6%). La investigación también detectó que quienes sufrieron abuso por parte de personas cercanas tenían más probabilidades de haber ejercido conductas similares hacia otros, lo que indica que este tipo de violencia puede normalizarse y perpetuarse dentro de los vínculos cotidianos.

Fabiano Tricarico, director de Productos para el Consumidor para Américas en Kaspersky, señaló que no solo se trata de estar pendiente de la pareja, sino de un comportamiento que afecta la calidad de vida de una mujer:
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“No se trata solo de proteger dispositivos o cuentas, sino de reconocer cómo ciertas conductas de control, vigilancia o intimidación pueden trasladarse al entorno digital y afectar la seguridad y el bienestar de las personas”.
5 ‘Red Flags’ que debes evitar de tus parejas
1. Exigir contraseñas como “prueba de confianza”
La señal más frecuente y la más minimizada. Cuando una pareja, familiar o amigo solicita el PIN de desbloqueo, la clave del correo o el acceso a redes sociales bajo el argumento de que “el que nada debe, nada teme”, no está pidiendo confianza: está solicitando control total sobre la identidad digital de otra persona, incluidas sus conversaciones privadas, fotos e historial de navegación.
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2. Monitoreo de ubicación de forma permanente
Las herramientas de localización en tiempo real (disponibles en aplicaciones como WhatsApp o Google Maps) tienen usos legítimos en situaciones de emergencia. El problema surge cuando su activación se vuelve obligatoria o cuando apagarla genera conflictos. Ese uso forzado convierte una función de seguridad en un mecanismo de rastreo físico que erosiona la autonomía.
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3. Auditoría constante de las interacciones sociales
Cuestionar a quién se sigue, quién reacciona a una publicación, por qué se tarda en responder un mensaje o con quién se habla por chat son conductas que buscan un objetivo concreto: el aislamiento digital. Es el equivalente virtual a decidir con quién puede o no relacionarse una persona, y suele preceder a formas más agresivas de ciberacoso o control.
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4. Revisión del celular “en broma” o a escondidas
Aprovechar un momento de distracción para revisar notificaciones, o tomar el teléfono entre risas para ver conversaciones, no es un juego. Kaspersky documenta que el abuso digital suele comenzar exactamente con este tipo de prácticas presentadas como cotidianas. Una revisión no consentida del celular es una violación directa a la privacidad, independientemente del tono en que ocurra.
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5. Uso de información privada para intimidar o chantajear
Esta es la manifestación más grave del ciclo. Cuando alguien utiliza una foto enviada en confianza, una conversación vista sin permiso o un secreto compartido por chat para generar miedo, presionar o recordar que “sabe todo”, los canales digitales han pasado a ser instrumentos de violencia psicológica. El estudio de Kaspersky señala que este patrón es más frecuente entre personas que ya sufrieron abuso previo, lo que refuerza la idea del ciclo.
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Qué hacer si se identifica alguna de estas señales
Los especialistas de Kaspersky recomiendan cuatro acciones concretas ante cualquiera de estas situaciones:
- Documentar: guardar capturas de pantalla, mensajes y registros de llamadas como evidencia.
- Fortalecer el acceso: usar contraseñas distintas para cada cuenta y activar la autenticación en dos pasos.
- Auditar permisos: revisar qué aplicaciones tienen acceso a la ubicación, la cámara o los contactos, y eliminar los que no sean necesarios.
- Buscar apoyo: hablar con una persona de confianza o con un especialista antes de enfrentar la situación de forma aislada.
Las cifras del estudio confirman lo que muchas mujeres ya intuyen: el mayor riesgo no siempre viene de afuera. Viene de quien conoce sus contraseñas, sabe dónde está en tiempo real y tiene acceso a sus conversaciones más privadas.
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Cuando esas condiciones se combinan con una relación de poder desequilibrada, el celular deja de ser una herramienta personal y se convierte en un instrumento de vigilancia. Reconocer ese desplazamiento, ponerle nombre y actuar antes de que escale no es un asunto de tecnología; es una cuestión de seguridad y bienestar.
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