El simulacro de juicio por jurados que se hizo en la cárcel de San Martín (Guille Llamos)
El simulacro de juicio por jurados que se hizo en la cárcel de San Martín (Guille Llamos)

Los días grises son más grises en las cárceles. Las paredes color crema de la Unidad 48 de San Martín no están iluminadas. Adentro, todo transcurre como un mediodía más. De los pabellones se escucha música y charlas; por los pasillos del penal caminan sus agentes y detenidos. Pero todos saben que será un día especial. Por primera vez en el país, presos y penitenciarios integrarán un jurado popular para juzgar un caso penal.

Se trata de un simulacro de juicio por jurados que organizó ayer la Asociación de Pensamiento Penal, una ONG que trabaja en temas penales, y el Centro Universitario de San Martín (CUSAM), dando se cursan carreras universitarias. Los protagonistas fueron 12 jurados: 10 detenidos y dos agentes del Servicio Penitenciario Bonaerense (SPB). Y entre ellos un preso ciego y otro hipoacúsico. Además con el respeto de la igualdad de género ya que lo integraron mujeres y hombres.

"Queremos hacer una experiencia de integración y para que los internos conozcan cómo es el proceso penal desde otro lugar. Y para demostrar que no hay que saber de derecho para llegar a un veredicto. Aplicando la lógica de lo que pasa en un juicio cualquier persona puede ser jurado", le dijo a Infobae Mario Juliano, juez del Tribunal Oral de Necochea y que fue el magistrado a cargo del juicio por jurados.

En rigor, ninguno de esos 12 jurados podría serlo en un juicio de verdad. La ley 14.543 de juicios por jurados de la provincia de Buenos Aires impide serlo a integrantes de cualquier servicio penitenciario y a detenidos. Y establece que los jurados designados deben "gozar de aptitud física y psíquicaa suficientes", por lo que deja en un híbrido a personas ciegas y sordos. "Por eso este simulacro es único. Queremos demostrar que esas personas están en plenas capacidad de ejercer esta función ya que hasta ahora en el país nunca lo fueron", explica Juliano.

Una experiencia similar pero distinta ocurrió en julio en la cárcel de Batán. En esa oportunidad, los jurados fueron 12 internos de esa unidad, entre hombres y mujeres.

La sala de audiencias de este nuevo juicio fue en la escuela primaria y secundaria de la unidad de San Martín, donde la única reja está en su ingreso. Al interior hay aulas, con sus pupitres y pizarrones y un salón en el centro del lugar. El juicio tuvo un cambio de roles. El acusado fue un funcionario nacional, Ariel Cejas Meliare, procurador adjunto de la Procuración Penitenciaria de la Nación, el organismo que vela por los derechos de los presos; el fiscal del caso fue el defensor general de San Martín, Andrés Harfuch; y la defensa del imputado estuvo a cargo de la fiscal de juicio de Lomas de Zamora Marcela Dimundo y del asesor legal del SPB Esteban Barrionuevo.

Antes del inicio del juicio, Juliano se reunión con los jurados -los presos que quisieron serlo se inscribieron y fueron elegidos respetando la representatividad de los pabellones- y les explicó cuál era su función y la modalidad y las reglas que debían cumplir. "Queremos demostrar que podemos romper las barreras", les dijo.

"Todos de pie", pidió Juliano desde su estrado, que en esta oportunidad era un banco de la escuela, para que ingrese el jurado. El juicio comenzaba. Los penitenciarios y los detenidos se sentaron. El interno hipoacúsico fue acompañado por una traductora de señas que le iba contando todo lo que pasaba en el juicio. Lo primero que hace el juez es informarle a los jurados lo que dice la ley.

Ariel Cejas Meliare, el funcionario que hizo de acusado en el juicio (Guille Llamos)
Ariel Cejas Meliare, el funcionario que hizo de acusado en el juicio (Guille Llamos)

"Que ingrese el acusado", indicó el magistrado. Por un costado, ingresó Cejas Meliare esposado y acompañado por un agente del SPB, que en verdad era Sebastián Pereiro, subsecretario de Protección de Derechos Humanos de la provincia. "Le pido que le saquen las esposas", pidió su defensora. El juez lo ordenó y requirió que haya custodia durante la audiencia por cualquier inconveniente. Todo como un juicio de verdad.

El caso que se juzgó ocurrió en la realidad. Belisario Galván golpeó a su esposa, María Magdalena, quien trastabilló, cayó al piso y murió tras pegar su cabeza en el brazo de un sillón. Ocurrió la tarde del 3 de marzo del año pasado en la casa del matrimonio, en Villa Lynch. Galván había perdido su trabajo a fines de 2014 y nunca más volvió a trabajar. Era alcohólico y sometía a su mujer violencia de género con agresiones físicas y verbales. Así se planteó el caso.

El simulacro cumplió todos los pasos jurídicos y climas de un juicio. El fiscal y la defensora se dirigieron chicanas y se plantearon objeciones; el juez medió entre ambos para ordenar el debate; el acusado se agarraba la cara y con un pañuelo se secaba las lágrimas que no lloraba. El silencio era total. Los jurados siguieron atentos todo el debate y el público -otros detenidos, periodistas, personal de la justicia, del CUSAM y de la unidad- hacían lo mismo con algunas conversaciones por la bajo sobre lo que escuchaban. Todo como un juicio de verdad.

El acusado y su defensa (Guille Llamos)
El acusado y su defensa (Guille Llamos)

Ese silencio era apenas interrumpido por una música lejana que llegaba desde el CUSAM, donde una banda de música de internos tocaba en la sala de ensayo del centro universitario que este año cumple 10 desde y que también tiene una biblioteca, sala de computación, la radio "El Mosquito" y aulas. "La mejor arma es el saber", dice un cartel que hicieron los presos. Allí se dictan las carreras de sociología y trabajo social de la Universidad Nacional de San Martín, que hoy cursan 100 personas, tanto presos como penitenciarios. En la unidad también hay un centro de estudiantes y distintos talleres. De cerámica, panadería, y braile, entre otros. La actividad más conocida de la unidad es el rugby. Los presos conforman el equipo "Los Espartanos", que a fines de septiembre recibieron la visita de la selección de Nueva Zelanda, los "All Blacks", la mejor del mundo.

"Esta cárcel no escapa a la realidad de otras y tiene una sobrepoblación del 100 por ciento. Supo ser muy violenta pero eso ha cambiado mucho con un recambio del tipo de presos", le dijo a este medio una de las personas, que prefiero mantener su nombre en reserva, y que trabaja a diario en el penal. La cárcel está en un complejo penitenciario donde hay tres unidades: la 46, la 47 y la 48. Las dos primeras alojan a hombres y mujeres -de allí son las jurados- y la última es de hombres. Está ubicado en la localidad bonaerense de José León Suarez, sobre el camino del Buen Ayre.

El juicio tiene cuatro testigos. Uno de los hijos del matrimonio, un vecino, la policía que intervino en el caso y la médica que hizo la autopsia. Esos roles los tomaron Walter, un preso que estudia en el CUSAM, la directora y el coordinador del Centro Universitario, Natalia Ojeda y Gonzalo Nogueira, respectivamente y una profesora de la Universidad. Fueron interrogados como lo son los testigos en los juicios.

La declaración de una de las testigos (Guille Llamos)
La declaración de una de las testigos (Guille Llamos)

Como en las películas, el fiscal y la defensora se pararon frente al jurado y les hablaron a la cara. "Eso pasa en los juicios por jurado de verdad. Acá hay que convencer a ciudadanos, no a jueces técnicos, y se apela al sentimiento, a tocar la fibra intima", explicó Juliano. Y así lo hicieron. Fueron vehementes en sus roles y utilizaron sus mejores argumentos que el caso les daba para convencer a los jurados. Por momentos, para distender, tuvieron miradas y risas de complicidad.

"La situación de Belisario era dramática porque estaba sin trabajo. ¿Pero cuánta gente se queda sin trabajo y no le pega a la mujer?", le preguntó el fiscal Harfuch en su alegato a los jurados y les pidió que condenen al acusado por el delito de homicidio calificado agravado por ser su esposa y por femicidio en un contexto de violencia de género, que tiene pena de prisión perpetua. Sostuvo que el acusado le dio una trompada a su esposa, cayó y se mató con el golpe en la cabeza. Y que eso fue el punto final de un "infierno que vivió" por la violencia de género fue sufrió durante años.

El fiscal del simulacro ante el jurado de presos y penitenciarios (Guille Llamos)
El fiscal del simulacro ante el jurado de presos y penitenciarios (Guille Llamos)

Luego fue el turno de la defensa. "¿Quién de ustedes alguna vez no le dio una trompada a otro o se pelearon? ¿Y por eso quisieron matarlo?", interrogó la abogada. "La prisión perpetua es la muerte en vida en un establecimiento carcelario", agregó y dijo que no hubo testigos de la agresión del acusado a la víctima. "Ahora es todo violencia de género y se mete preso a todos", agregó  Dimundo y le pidió a los jurados que declaren no culpable al acusado. Pero en el caso que sí lo consideren responsable que le apliquen el delito de homicidio preterintencional, que es realizar una acción a otra persona para lastimarlo pero que termina en su muerte.

La defensora del caso en su alegato ante el jurado (Guille Llamos)
La defensora del caso en su alegato ante el jurado (Guille Llamos)

También habló el acusado. Se puso frente al jurado con una hoja que simulaba tener la foto de su esposa fallecida. "No le encuentro explicación a lo que pasó. Yo no maté a mi mujer. Los dos tomábamos mucho y discutíamos por los chicos, la plata, por el trabajo que no tenía. Vivíamos en la extrema pobreza. Esa tarde habíamos bebido bastante los dos y ella me tiró algunas cosas. Hace un año y medio que estoy preso y me permitió tener la cabeza más fresca. Hice un curso de alcoholismo y de justicia restaurativa. Trabajo en la cárcel y junto plata que le doy a mis hijos", dijo Ceijas en su rol de acusado.

El juicio llegaba a su fin y solo restaba el veredicto. El juez Juliano le dio a los jurados las últimas instrucciones sobre qué de lo que escucharon era prueba y qué no, que para condenar por el homicidio calificado la decisión debía ser unánime y para condenar por el homicidio preterintencional o para absolver alcanzaba con una mayoría simple. Les aconsejó que antes de que cada uno diga su decisión primero expongan sus ideas y las debatan. También que si no alcanzan las mayorías necesarias debían votar tres veces y que si las posturas se mantenían debían declarar el juicio estancado y que no tienen que dar argumentos de su decisión. Todo como dice la ley.

El juez Juliano (de espalda) y los jurados (Guille Llamos)
El juez Juliano (de espalda) y los jurados (Guille Llamos)

El juez dio por terminado el debate y los jurados pasaron a deliberar a puertas cerradas en una de las aulas de la escuela. "Justicia! Queremos justicia!", les gritaban en broma algunos presos que estaban en el público. Lo mismo que ocurre en los juicios.

En el juicio real que se hizo por el caso -con un tribunal de jueces técnicos y no por jurados– el acusado fue condenado a prisión perpetua por homicidio calificado. El mismo caso se debatió en el juicio por jurados en la cárcel de Batán. El jurado de detenidos de esa unidad concluyó por unanimidad que se trató de un homicidio preterintencional, que tiene una pena de uno a cuatro años de prisión.

20 minutos después los jurados tenían la decisión. El presidente del jurado se paró y leyó "culpable del delito de homicidio preterintencional". Fue por 11 votos a uno. El juez dijo que en una futura audiencia iba de decidir la pena, ya que el monto de la condena lo fijan los magistrados. El jurado solo decide la culpabilidad o inocencia.

El juez les dio las últimas instrucciones al jurado: por ley no pueden decirle a nadie el contenido de su deliberación. "El juicio ha concluido", cerró Juliano y todos aplaudieron y se relajaron.

Luego, Juliano les pidió a los jurados que cuenten cómo les resultó la experiencia. "Fue una experiencia muy piola", dijo Miguel Recuzzo, uno de los jurados presos que es ciego. "Al no tener la capacidad de ver con las preguntas y respuestas en mi mente se iban desarrollando imágenes y fui armando una película. Me impactó estar en este lugar, de incluirnos. Y fue sencillo entender el caso. Una persona que no tiene visión tiene desarrolladas otras capacidades", agregó.

Manuel Acuña es sordo y una traductora de señas le contó lo que pasaba en el juicio (Guille Llamos)
Manuel Acuña es sordo y una traductora de señas le contó lo que pasaba en el juicio (Guille Llamos)

Cuando les consultaron sobre cómo fue la deliberación con el interno sordo, una mujer del jurado contestó que "fue como uno más".

"Este es un quiebre del sistema que mete pibes en cana con pericias que nunca llegan, con testigos que no conocen el caso. Los juicios por jurados, con todo a la vista, es lo que necesitamos para terminar con la corrupción del Poder Judicial y la policía. Esto es la prueba en la mano, sin papeles, sin notificaciones. Es un momento histórico", dijo por su parte Marcelo Grogioni, otro de los detenidos que fue jurado.

Todos los jurados presos contestaron que sí cuando les preguntaron si con esta experiencia elegirían un jurado popular para juzgarlos. En la provincia el juicio por jurado lo elige el acusado.

A quien le preguntaron por su vivencia fue a Carlos Rojas, uno de los dos agentes penitenciarios que fue jurado. "Yo llevo a los presos a los juicios. Y fue diferente a los juicios que presencio. También fue diferente ser jurado y no custodio", contó.

Otros señalaron que todo fue claro y que el caso se entendió muy bien. "Es natural ponernos en el lugar del acusado", señaló uno de ellos y por último develó la estrategia del acusado: "La técnica de estar cabizbajo y aferrarse a la foto de la víctima ya la conocemos", dijo y generó la risa de todos.

"Ustedes también son ciudadanos y tiene el derecho de ser jurados. Estos ejercicios son un granito de arena para una sociedad mejor", dijo por último el defensor general Harfuch, ya fuera de su rol de fiscal.

Llegaron los agradecimientos finales y como en todo juicio la gente se fue yendo de a poco. La diferencia es que los jurados volvieron a sus pabellones y los penitenciarios con sus compañeros. A las seis de la tarde el sol había salido e iluminaba las paredes color crema de la Unidad 46 de San Martín.