
Visto desde las alturas de la Torre, el planeta entero es un mapa holográfico. Un espectro azulado de miles de datos que parpadean. Hasta que se apagan. El Sistema estaba preparado para que alguien vuelva a encenderlos, pero no pasa. La oscuridad se extiende y ya es una pandemia. Los humanos mueren solos, aislados, encerrados. Nadie se entera. Nadie los reemplaza. El caos es inminente y la decisión, urgente.
El Arquitecto actúa. Ordena mover a los vivos a cubículos que no floten: que se apoyen al ras del suelo, uno junto al otro. Abre agujeros en la pared frontal —los llamarán “ventanas”— para ver de adentro hacia afuera y viceversa. Alinea los cubículos en filas separadas por pasadizos de baldosas con bancos para sentarse, y calles por las que se pueda caminar. Establece una norma: cada uno deberá saludar al de al lado por la ventana todos los días para comprobar que está vivo. “Hola vecino”; “Hola vecina”. Prohíbe alimentarse por pantalla: los nutrientes se despacharán en cubículos especiales llamados “almacén” y “carnicería”, donde se pedirán en voz alta y el vendedor los entregará en mano. Cada grupo de cubículos rodeará un espacio central verde con una pelota, un mate, una hamaca, una guitarra —objetos rescatados del siglo XX—. Se llamará “plaza”. Los humanos estarán obligados a pasar un rato allí todas las tardes.
Ante la epidemia de soledad, en pleno siglo XXII, la humanidad reinventó el pueblo.
En realidad, nada se inventa. Todo se descubre, o se vuelve a descubrir. Este puede ser el principio de mi próxima novela, o puede ser lo que pienso cada vez que camino por Buenos Aires: que la soledad se volvió la enfermedad más letal del siglo y que la única cura que nadie está recetando es el barrio. No el barrio cerrado de los noventa y los countries. El barrio abierto. El de siempre, el que dejamos ir sin darnos cuenta.
Hace unos veranos, en una esquina de la calle Cabildo, casi todos los días, dos jóvenes ofrecían abrazos a cambio de monedas. Una performance que lejos de ser irónica mostraba la demanda más importante que el mercado no cubre: el contacto físico con otro ser humano. Pasé y me abracé porque me pareció simpático pero seguramente la fila también incluía a quienes estaban allí por una necesidad real de sentirse contenido.
En junio de 2025, la OMS publicó el informe más contundente que se haya producido sobre soledad: una de cada seis personas en el mundo la padece, y mata a más de 871.000 por año, cien muertes por hora. No por guerra ni enfermedad. Por falta de compañía. En Argentina, el Censo 2022 contó que el 24% de los mayores de 65 años vive solo; en doce años, los hogares unipersonales de personas mayores pasaron de 843.000 a 1,26 millones. Buenos Aires, con el 39,1% de hogares unipersonales, ilustra bien la paradoja: nunca estuvimos tan conectados y nunca estuvimos tan solos. La soledad como umbral de la depresión es ya un problema de salud mental que impacta sobre los sistemas sanitarios públicos y privados, en nuestra región y en el mundo.

El proverbio que nadie actualizó
Hay un proverbio africano que dice que se necesita una aldea para criar a un niño. Pero las aldeas desaparecieron. Los barrios se cerraron. Las ciudades crecieron hacia adentro. Lo que teníamos, imperfecto pero funcionando, se reemplazó por un modelo que prometía autonomía y entregó aislamiento. Es probable que esa aldea que criaba al niño, también acompañara la vejez. Permitía la conversación y el encuentro intergeneracional, repartía las tareas de cuidado, organizaba los recursos y las necesidades.
El conventillo porteño fue durante décadas una aldea en sí misma. Patios compartidos, baños comunes, vidas superpuestas. Los vecinos se vigilaban, se ayudaban, se molestaban. Las colectividades italiana, española, judía construyeron una red de pertenencia que fue también una red de cuidado. Después llegó el sueño de la privacidad, y lo convertimos en un ideal tan absoluto que terminó siendo su propio problema. Nadie elegiría volver al conventillo, y con el tiempo pasó a tener mucha mala prensa. Pero en ese hacinamiento nadie se moría sin que alguien lo notara.
Lo que necesitamos no es el conventillo. Es el barrio abierto. La diferencia con el barrio cerrado no es solo urbanística: es filosófica. El barrio cerrado promete proteger a los de adentro de los de afuera. El barrio abierto integra, cruza, mezcla. Tiene almacén en la esquina donde el encargado sabe tu nombre. Tiene plaza con bancos que invitan a quedarse. Tiene ventanas que dan a la calle. Tiene personas mayores en el umbral, no encerradas mirando una pantalla.
Lo que los centenarios saben y nosotros olvidamos
La escena no es solo ciencia ficción. Las Zonas Azules —Okinawa, Icaria, Cerdeña, Nicoya, Loma Linda— son los lugares con mayor concentración de centenarios del planeta. No tienen en común la dieta perfecta ni el gimnasio. Tienen en común la comunidad activa. En Icaria, las mesas se arman al aire libre y la sobremesa dura más que el vino. En Okinawa, los amigos del moai se visitan sin cita ni excusa. El periodista Dan Buettner, que estudió estas comunidades durante décadas, lo resumió así: la gente más longeva del mundo no piensa en vivir mucho. Piensa en vivir juntos.
Barcelona financia cafés de barrio para mayores que viven solos. Rosario y Medellín ensayan veredas caminables, huertas vecinales, viviendas intergeneracionales. No son ideas nuevas. Son ideas viejas que volvieron porque el mercado y la tecnología, solos, no alcanzaron. El último informe del Consejo Interdisciplinario Europeo sobre el envejecimiento saludable propone un cambio de paradigma: no es solo nutrición, o ejercicio, necesitamos un diseño de ciudades pensadas para envejecer bien. Ciudades que se conviertan en lugares seguros y de encuentro, con otro concepto del tiempo y del espacio.

Por qué el centro de jubilados ya no alcanza
Los centros de jubilados fueron durante décadas la respuesta argentina al tiempo libre después del trabajo. Son más de cien solo en la Ciudad de Buenos Aires: talleres, viajes, espacios de encuentro, militancia silenciosa de personas mayores que construyeron pertenencia en esas paredes.
Pero hay una generación que llega a los 60, los 65, los 70, y mira esos centros con respeto y distancia. La Generación X —la que cambió de siglo, pasó del fax al WhatsApp, vio caer el muro de Berlín siendo adolescente y la pandemia siendo adulta— no se reconoce en el modelo. No porque sea mejor. Sino porque es distinta. Llegó con gustos e intereses que el centro estándar no siempre puede contener. Quiere grupos de lectura, cine, música que tengan que ver con sus preferencias. Tango pero también yoga. Debates sobre inteligencia artificial y sobre cómo se negocia la herencia sin destruir la familia. Los boomers que tienen edad para ir al Centro de Jubilados inventaron el rock and roll y la minifalda y no están dispuestos a ir a jugar a las bochas.
La solución no es despreciar lo que existe. Es expandirlo. En Barcelona, la plataforma Vermut nació en 2020 de esa observación: hay una generación de mayores de 55 digitalmente capaz, activa, curiosa, que no encontraba su lugar ni en las redes para jóvenes ni en los formatos institucionales del envejecimiento. Vermut organiza actividades donde los usuarios no solo participan sino que proponen y lideran. Superó los 100.000 usuarios en España y se expandió a Estados Unidos. La diferencia con el centro de jubilados no es tecnológica: es conceptual. El usuario de Vermut no es beneficiario de un servicio. Es protagonista de su comunidad. La propuesta es sencilla: armemos un plan, una salida, un encuentro. No se trata de aplicaciones de citas, sino de encuentros. Lo que antes surgía en la conversación en la esquina, y ahora necesita red.
Vivir juntos sin renunciar a vivir solos
En Torremocha de Jarama, a sesenta kilómetros de Madrid, 82 personas eligieron envejecer juntas. Se llaman Trabensol, llevan más de diez años como cooperativa de cohousing senior. Cada residente tiene su apartamento privado. Las decisiones se toman en asambleas, la comida del mediodía es compartida. Carmen Mahedero, una de las residentes, lo describió con precisión: esto no es envejecer activamente, esto es envejecer con la lengua fuera. Jaime Moreno, periodista de 83 años y fundador, dijo algo que resume la filosofía: no queríamos ser una carga para nuestros hijos. Solo dimos una respuesta a una problemática que se presenta con la edad. El modelo inspiró docenas de proyectos en España y todo el mundo. Argentina no tiene todavía marco legal ni política pública que lo aliente pero los proyectos de cohousing crecen en pequeños desarrolladores o en grupos que se organizan como cooperativas al mismo ritmo que se expande el deseo de envejecer entre amigas.
Vivir en comunidad no significa no tener privacidad. Significa tener algo más allá de la propia puerta. La persona que vive sola en Palermo puede estar integrada a una red densa de vínculos. La que vive en un complejo de quinientas unidades puede estar completamente sola. El problema no es la vivienda: es la arquitectura del vínculo.

De la conectividad a la conexión
Necesitamos pasar de la conectividad a la conexión. La conectividad es lo que tenemos: teléfonos que nunca se apagan, grupos de WhatsApp que nunca se silencian, redes que prometen cercanía y entregan comparación. La conexión es otra cosa: presencia, reconocimiento, la certeza de que si no aparecés alguien va a preguntar dónde estás.
La Generación X fue la última que creció sin pantallas y la primera que las adoptó como parte constitutiva de la vida adulta. Pasamos décadas construyendo presencia digital y llegamos a los 50, los 60, con la sospecha de que algo se perdió. No el pasado —no hay nostalgia sana en idealizarlo—sino la dimensión física de la vida en común. El ruido de la calle, el café que se toma sin mirar el celular, el abrazo que no cuesta monedas. Somos la generación que puede hacer algo al respecto. No porque seamos especiales. Sino porque llegamos a esta etapa sabiendo que la longevidad no es un regalo: es un diseño. Que hay que elegir dónde vivir, con quién, con qué tipo de red. La generación que cambió de siglo tiene la oportunidad —y la responsabilidad— de salir del mundo digital para volver a abrazarse.
Una propuesta sin romanticismo
No estoy hablando de volver a ningún pasado. El barrio abierto del siglo XXI no es el conventillo ni la utopía hippie. Es un diseño que prioriza el cruce humano sobre la eficiencia del aislamiento: espacios públicos que invitan a quedarse, comercios de cercanía donde la transacción incluye conversación, edificios con áreas comunes que la gente quiera usar, programas intergeneracionales donde un joven sin alquiler y una persona mayor sola encuentran una solución que les sirve a los dos.
Es también una agenda política que nadie lidera con convicción. El Estado gasta en geriátricos y subsidios de asistencia domiciliaria. Gasta muy poco en prevención del aislamiento, en marcos legales para el cohousing, en infraestructura comunitaria. La OMS lo clasificó en 2025 como prioridad de salud pública global. España y Chile copatrocinaron la primera resolución de la Asamblea Mundial de la Salud sobre conexión social. Argentina, una de las sociedades que envejece más rápido de América Latina, no tiene todavía una política nacional sobre soledad ni un debate público instalado y serio sobre la cuestión.
Nada se inventa, y por eso el redescubrimiento del barrio va a comenzar paso a paso. Va a venir de los grupos de vecinos que deciden compartir algo más que el ascensor. De los clubes que se reinventan. De las plataformas que entienden que la tecnología no es el destino sino el camino hacia el encuentro real. De los cohousing que germinan en Buenos Aires a pura voluntad, sin marco legal todavía.
En una esquina de la calle Cabildo, dos jóvenes abrazan a cambio de monedas. Hay algo triste en eso y hay algo hermoso también: la demanda de contacto humano es tan fuerte que aparece incluso en las esquinas. Hasta que se reinvente el barrio donde esos abrazos no cuesten nada porque son parte de la vida que elegimos en común.
Se necesita un barrio para envejecer en paz. No cualquier barrio. Uno que hayamos diseñado nosotros.
Gabriela Cerruti es escritora, especialista en nueva longevidad y autora de La Revolución de las Viejas. Escribe sobre envejecimiento activo, silver economy, adultos mayores y el futuro de la vejez en América Latina.
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