
—¿Qué le pedirías a tu madre? —me preguntó la terapeuta.
Estábamos llegando al final de la sesión y escuché la pregunta con desconcierto.
Mi mamá había empezado terapia por primera vez seis meses antes, a los sesenta y siete años. Cuando me lo contó, me alegré por ella. Siempre había sido muy escéptica de los psicólogos y psicoanalistas. Decía que eran incapaces de ayudarla porque sus propias vidas eran un desastre: divorcios, problemas económicos, amantes, hijos con dificultades. Como si los terapeutas tuvieran que ser perfectos para poder ayudarnos, como si vivir no fuera lidiar con todo eso.
No sé si esa era la verdadera razón para no ir a terapia o tal vez era la excusa que había encontrado para no mirar mucho su vida. Nunca es agradable meternos con lo que nos pasa y conocer nuestras zonas más sombrías. ¿Pero ignorarlas es mejor?
Un tiempo después de haber empezado terapia me dijo que su analista le había propuesto tener reuniones con ella y cada uno de sus hijos, y también con su marido —mi padre—. Accedí de inmediato como una forma de apoyarla, así que definimos una fecha y un horario. Yo era el primer hijo al que se lo proponía, quizás porque en los últimos tiempos estábamos teniendo muchos desencuentros.
Cuando llegó el día, me llamó dos horas antes de la cita para decirme que imaginaba que yo tendría muchos compromisos de trabajo y que podíamos suspender todo. ¿Estaría preocupada por mí o le daría pánico lo que pudiera surgir durante el encuentro? Le dije que me había comprometido con ella y que estaba feliz de tener ese espacio juntos.
Se ve que la terapeuta la había preparado para la sesión diciéndole que no se defendiera de nada de lo que yo pudiera decir. Seguramente tendría mucha información del lado de mi madre y querría conocer otra campana sin que mamá interrumpiera o me condicionara. Hice un esfuerzo por no hacer reproches, tratando de formular los problemas con calma, pero aquella pregunta final me descolocó.
Mientras pensaba qué contestar, me desbordaron las emociones y se me cerró la garganta. A punto de llorar, balbuceé una sola palabra de tres letras.
“Paz”.
Esa fue toda mi respuesta.
El silencio que siguió fue impresionante. Con los ojos nublados por las lágrimas, pude percibir que mi madre y su psicóloga también estaban conmovidas. Después de dos minutos que parecieron una eternidad, la terapeuta se puso de pie, nos agradeció y nos despidió con calidez.
Es cierto que yo estaba atravesando una crisis personal muy grande que potenciaba mi sensibilidad, pero no era menos cierto que si algo faltaba en el vínculo con mi madre era paz. ¿Cómo iba a existir si ella misma no sabía qué era? Pobre, había tenido una madre imposible. Hostil, rígida, exigente, seca, siempre enojada. Incapaz de sonreír, mucho menos de abrazar, hacer cosquillas o jugar a la guerra de almohadones.
Me acordé de una investigación que mencionaba las dos causas que impiden el normal desarrollo de la emocionalidad de un niño. Una es la percepción de que el hogar no es tierra firme, la otra, los gritos. En mi caso, había habido tierra firme, pero también muchos gritos por los permanentes desencuentros entre mis padres. ¿Acaso eso no era también una forma de inestabilidad, algo que siempre me hizo sentir que mi familia estaba por estallar en mil pedazos? Por otro lado, ¿cuánto había influido la insatisfacción permanente, la angustia y el desborde emocional de mi madre en mi propio desarrollo?
Diez años después de aquella sesión con mi mamá, yo mismo estaba contándole a mi terapeuta sobre mi dificultad para ser feliz. Me escuchó con paciencia y entonces dijo algo que me frenó en seco.
—No vinimos a esta vida a ser felices, sino a vivir en paz. La felicidad es vivir en paz.
Me reacomodé en el sillón y quedé ahí tirado, flojo, como si hubiera tomado tres gin tonic seguidos. La tensión corporal que habitualmente tengo desapareció en un segundo.
¿La felicidad es vivir en paz?
Mi terapeuta tuvo la lucidez de no decir nada más. ¿Qué podría agregar? Por lo general nos asustamos de las palabras importantes y las diluimos con otras para que resulten más tolerables. Él tuvo la sabiduría de no hacerlo. No interrumpir el contacto del paciente con su propio dolor es una de las máximas de todo terapeuta. Y es una tentación a resistir.
Si la verdadera felicidad era vivir en paz, yo había sido muy infeliz. Hacía años que sabía que la felicidad no es algo a obtener, que no tenía nada que ver con la foto de la familia perfecta, ni con el dinero, la fama o el reconocimiento. Pero así y todo nunca había tenido paz: vivía en guardia, listo para resolver cualquier problema que surgiera, de cualquier tipo, siempre preocupado por cuestiones que, en el fondo, no eran tan importantes o había bajas chances de que sucedieran.
Aquel día en terapia me sentí distinto. Mi cuerpo seguía relajado, como si los gin tonic todavía estuviesen haciendo efecto. La sensación se fue diluyendo con el paso de las horas, pero dejó un sedimento.
La sensación profunda de que no voy a alcanzar la paz conquistando grandes cosas, sino rindiéndome a lo que ya ocurre. Aceptando que la madre que tuve fue la única posible. Que yo también fallé en muchas cosas. Que la vida es lo que es, no lo que debería haber sido. Que necesito dejar de correr detrás de los espejismos propios y ajenos.
La paz, entonces, quizás no llegue como una meta, sino como una decisión humilde: dejar de resistirnos, dejar de pelearnos con la vida.
***
La paz no llega cuando todo encaja, sino cuando dejamos de forzar lo que no puede ser.
A veces lo más revolucionario no es cambiar de vida, sino aprender a habitarla sin vivir peleando con ella.
*Juan Tonelli es escritor y speaker, autor del libro “Un paraguas contra un tsunami”. www.youtube.com/juantonelli
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