El baño no se terminaba nunca. El techo goteaba. Su casa era la misma desde hacía años, aunque la familia ya había crecido. Una cortina colgaba como división entre el cuarto y la vereda. Fue ahí, en ese rincón pelado del conurbano profundo, donde Diego Navajas fundó su barbería.
—Nunca estuve tan pelado y tan mal, pero era feliz —dice ahora en diálogo con la sección La Escalada de Infobae, desde un estudio iluminado por luces LED y cámaras que lo muestran a un millón de seguidores en YouTube.
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Esa historia, la que empezó en el barro y terminó con famosos en la vidriera, tuvo su punto de quiebre a los treinta años. Antes de eso, había corrido sin rumbo. Detrás del mango, del sueño, del fútbol, de las changas. Y de la pobreza también.
“¿Querés aprender? Vení. Pero no te voy a pagar un mango”
Cuando terminó la secundaria, no sabía exactamente qué hacer. La barbería, tal como la conocemos hoy, no existía. Así que se metió en un curso de peluquería unisex. Era el único hombre, rodeado de mujeres. No duró mucho: quería cortar a hombres.
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—Encontré un chabón que tenía una academia en Panamericana y 197. Le dije: “Yo quiero aprender, pero quiero cortar a un hombre”. Me dijo: “Perfecto, venite los viernes y sábados. No te voy a pagar un mango, pero vas a aprender”.
Y aprendió. Sin horarios, sin sueldo, sin certezas. Cuando salió a buscar laburo, “era malísimo” admite. Le ponía 12 horas por día a la tijera y no le alcanzaba ni para el colectivo”. recuerda Navajas.
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Entonces vinieron los otros trabajos. Lo que sea. Repartía, arreglaba motos, metía changas para poder bancar a sus hijos: Marquito y Abril.
—Pusimos una latita en casa. Ganaba 20 por día. Ponía cinco en la latita. Cuando juntábamos lo de las zapatillas, venía la boleta de la luz. Chau. No hay zapatillas.
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Vivían en la miseria. Siempre mal. Siempre atrás de la plata. Diez años se le fueron así, en un pestañeo.

El principio de todo
El clic llegó tarde, pero llegó. Tenía treinta, dos hijos y una crisis existencial.
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—Me miré al espejo y dije: soy un desastre. Nunca tuve un mango. Siempre fui un croto. Y me dije: bueno, por lo menos voy a hacer lo que me gusta. Si total nunca tuve guita, ¿qué pierdo?
Con lo poco que le quedaba tras una mudanza frustrada a Santa Cruz, alquiló una casa en el fondo de todo. Era apenas un cuarto dividido por una cortina. Un rincón que daba directo a la calle. Ahí abrió su primera barbería. Los vecinos se le reían. “¿Una barbería? ¿Acá?”. Pero él estaba convencido. Ya se había alineado, como dice él. Cambiado por dentro.
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Empezó cortando de a uno. Después de a dos. Se puso 24/7: de seis a ocho de la mañana estudiaba redes sociales, de ocho a nueve cortaba, de nueve a medianoche inventaba contactos.
—Yo iba a buscar representantes, managers, jugadores. Quería cortarle a cualquiera que pudiera mover la aguja.
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Y funcionó. A Ñengo Flow, a Arcángel, a veinte reggaetoneros. Las fotos empezaron a circular en Facebook. Y los pibes llegaban de otros barrios.
—¿Y por qué vinieron? —les preguntaba.
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—Porque vimos que atendiste a este.

Ahí entendió: la foto traiciona. La imagen en redes era la nueva recomendación boca a boca. El local se llenaba. Sábados que parecían fiestas. Sesenta cortes por día. A veces más. “Yo juego a empresario”, dijo. Y entonces se fundió
Cuando el ritmo se volvió insostenible, Diego empezó a abrir sucursales. Después franquicias. Primero una, después tres. Cuando quiso acordar, tenía 17 franquicias de Navajas Barbershop. Lo que había nacido en una pieza con cortina se había convertido en un emporio del corte.
Pero llegó la pandemia.
—En cuatro, cinco meses, lo perdí todo.
No había clientes. No había ingresos. No había barberías. Empezó a fundirse en cámara lenta. Y entonces, mientras caía, encontró su tabla de salvación: Markito, su hijo. De día, los números lo golpeaban. De noche, se refugiaba mirando los streams de Marquito, que juntaba 100.000 personas en vivo. Hasta que un día se animó:
—Markito, dame una mano. ¿Qué hay que hacer?
El hijo no se guardó nada:
—Papá, tu barbería es un desastre. No hay luz, está hecha pelota. Tenés que stremear desde la barbería.
Y así fue.

El stream que cambió todo
Diego armó un setup, puso luces, cámaras, conexión, y convirtió la barbería en un escenario. Transmitía en vivo los cortes. El cartel de la vidriera no decía “Abierto”, decía “En vivo”.
Y la gente volvió.
—Nos miraban 100.000 personas en la vidriera.
Volvieron los pibes, los viejos clientes. Vinieron nuevos. Vinieron todos: Coscu, Tiago PZK, María Becerra, Lit Killah. La barbería se volvió un estudio de televisión sin guión. Pero lo que se ve en cámara es solo una parte. El detrás de escena, el que no se transmite, es el que Diego valora más.
—El éxito no es tener diez casas. No es tener 20 autos. Es ganarle a uno mismo. Yo me odiaba. Perdí todo. Y con la misma fórmula volví a hacer todo de nuevo.
Ahora sonríe. Ya no corre atrás de la plata. Corre atrás de las historias. De los pibes que caen a cortarse el pelo con miedo. De los que le dicen “yo también quiero empezar de cero”.
—El éxito, hermano, es ser feliz con lo que hacés. Aunque empieces con una cortina y sin un mango.
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