El histórico discurso de Churchill al asumir como primer ministro para dar batalla al nazismo: “Sin victoria, no hay supervivencia”

Apenas tres días después de llegar al poder, Winston Churchill pronunció ante la Cámara de los Comunes el discurso que preparó a Gran Bretaña para la guerra total contra la Alemania nazi. Cómo construyó la célebre frase “sangre, esfuerzo, sudor y lágrimas” y por qué, en medio del derrumbe europeo de 1940, eligió hablarle al país sin promesas ni eufemismos

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Winston Churchill
Winston Churchill pronunció su histórico discurso ante la Cámara de los Comunes el 13 de mayo de 1940, apenas tres días después de asumir como primer ministro británico (Fuente: NDLA)

Una palabra se perdió en el camino hacia la historia. Winston Churchill pronunció cuatro sustantivos aquel 13 de mayo de 1940 ante la Cámara de los Comunes, pero solo tres sobrevivieron en la memoria colectiva. Blood, toil, tears and sweat (sangre, esfuerzo, sudor y lágrimas) fue lo que dijo el primer ministro del Reino Unido, con apenas tres días en el cargo y un continente que se derrumbaba al otro lado del Canal. “Toil”, esfuerzo, desapareció con el tiempo. El propio Churchill terminó por sellar esa versión abreviada cuando editó una compilación de sus discursos. Pero el discurso completo, el que pronunció aquel martes de mayo, fue algo más que una frase. Fue el momento en que un hombre de 65 años tomó sobre sus hombros el peso de la civilización occidental.

La Europa que Churchill heredó al asumir el cargo era un mapa de derrotas. Adolf Hitler había invadido Polonia en septiembre de 1939 y desde entonces la maquinaria militar nazi había barrido el continente con una velocidad que dejó atónitas a las cancillerías aliadas. Dinamarca cayó en un día. Noruega resistió algo más, pero también cayó. Países Bajos y Bélgica se rindieron en semanas. Francia, la gran potencia continental, todavía daba pelea.

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El fracaso de la vía diplomática

La política de apaciguamiento que habían practicado el primer ministro Neville Chamberlain (1937–1940) y el premier francés Edouard Daladier buscaba evitar la guerra a toda costa: ceder ante los hechos consumados —la invasión de Abisinia, la reocupación de Renania, el rearme alemán— antes que enfrentarlos. Creyeron que las demandas razonables de Hitler podían resolverse por la vía diplomática. La invasión a Polonia dejó en claro que no había ninguna demanda razonable.

En mayo de 1937 al convertirse en primer ministro Neville Chamberlain había reforzado esa postura. Según el historiador Norman Lowe, “dio mayor impulso al apaciguamiento; creyó conveniente tomar la iniciativa: averiguaría que era lo que Hitler quería y le demostraría que las demandas razonables podrían resolverse mediante la negociación mejor que por la fuerza". Tras la anexión alemana de Austria, Churchill había advertido a la Cámara de los Comunes las verdaderas intenciones del Führer “La gravedad de los hechos no puede exagerarse”. Reclamó un pacto de defensa mutua entre los estados europeos amenazados por el expansionismo nazi, convencido de que era la única forma de detener a Hitler. Nadie lo escuchó.

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De izq. a der.:  Neville Chamberlain, Edouard Daladier, Adolf Hitler, Benito Mussolini y Graf Galeazzo Cian reunidos para la Conferencia de Múnich el 29 de septiembre de 1938
De izq. a der.: Neville Chamberlain, Edouard Daladier, Adolf Hitler, Benito Mussolini y Graf Galeazzo Cian reunidos para la Conferencia de Múnich el 29 de septiembre de 1938

El mundo había entrado en la Segunda Guerra Mundial y gran parte de Europa occidental ya había sido derrotada o estaba a punto de caer.

Gran Bretaña quedó aislada. El panorama diplomático era desolador: Alemania se había aliado con Italia y Japón. Hitler había firmado el Pacto de Acero con el dictador italiano Benito Mussolini y un pacto de no agresión con la Unión Soviética de José Stalin, lo que cerraba el flanco oriental y dejaba a los británicos sin aliados naturales en el continente.

Estados Unidos, que había perdido 56.000 hombres en la Primera Guerra Mundial, no tenía ninguna intención de involucrarse: el gobierno de Franklin D. Roosevelt apenas emergía de la crisis económica desatada por la caída de Wall Street en 1929, y un nuevo conflicto europeo era profundamente impopular. El plan de Hitler era metódico: proyectaba eventualmente aislar y doblegar a Gran Bretaña mediante ataques aéreos seguidos de una invasión. La amenaza de la Luftwaffe de Hermann Göring ya se proyectaba sobre el país.

Hitler en Paris 1940
Soldados alemanes marchando por París, el 14 de junio de 1940 (The Grosby Group)

Fue en ese contexto que Churchill llegó al poder. El 10 de mayo, en pleno caos de gobierno, el rey Jorge VI lo convocó para reemplazar a Chamberlain, que había renunciado el día anterior. No era una elección obvia ni unánime: Churchill cargaba con una reputación de impulsivo, de hombre difícil, de político que había acumulado tanto aciertos como fracasos estrepitosos a lo largo de su carrera. Pero era, en ese momento, el único que había advertido con claridad y sin concesiones el peligro que representaba el nazismo para Europa y para el mundo. Fue el dirigente británico que con mayor insistencia lo advirtió. Y esa lucidez, que durante años lo había dejado aislado políticamente, de pronto se convirtió en su mayor activo.

Su primera decisión fue armar un gabinete de coalición con un fin inmediato, salvar al Reino Unido. Reunió a conservadores, laboristas, liberales e independientes bajo un mismo techo, en tiempos en que las diferencias entre ellos eran profundas y los rencores, antiguos. Frederick Marquis, primer conde de Woolton, asumió el ministerio de Alimentación y Abastecimientos sin pertenecer a ningún partido. Sir Archibald Sinclair, jefe de los liberales, aceptó el ministerio del Aire pese a que su partido reclamaba la cartera de Guerra. Con los laboristas, que amenazaban con no funcionar bien en minoría, Churchill tejió una trama de acuerdos y garantías que produjo una coalición sin fisuras. El flamante gobierno era un instrumento de guerra, no una suma de intereses.

En sus memorias, Churchill describió el estado de ánimo con el que amaneció el día después de asumir: “Fui consciente de tener una profunda sensación de alivio. Por fin tuve la autoridad de impartir las órdenes pertinentes en todos los ámbitos. Sentí que caminaba con el destino y que toda mi vida pasada no había sido más que una preparación para ese momento y esa prueba.” Era una vida que incluía la experiencia directa de la guerra como militar: Churchill fue el primero de los primeros ministros británicos de la era moderna en haber matado a otros hombres en un campo de batalla. También acumulaba décadas de vida parlamentaria que le habían dado una comprensión sin igual del poder y sus límites.

Una obra maestra de Monet que colgaba en la casa de Churchill ahora está libre de suciedad por el humo de los cigarros
foto de archivo del 27 de agosto de 1941 del primer ministro británico Winston Churchill mientras realiza su famoso saludo de la "V de la victoria" (AP Photo, File)

Antes de instalarse en el 10 de Downing Street, vivió sus primeros días en el Almirantazgo, donde, según sus propias memorias, convirtió su cuarto de mapas y las excelentes habitaciones del piso bajo en su “puesto de mando provisional”.

El 13 de mayo llegó al Parlamento. Su andamiaje retórico obedecía a una estrategia que él mismo había articulado en más de una ocasión: palabras cortas, claras, fuertes. “El público prefiere palabras cortas y familiares, de uso común —había afirmado—. Las palabras más cortas son, por lo general, las más antiguas de la lengua. Su significado está más profundamente inscrito en el carácter nacional y su impacto en la capacidad de comprensión es más fuerte que el de las palabras latinas y griegas de más reciente introducción.” No era retórica por vanidad. Era retórica como herramienta de guerra.

Tampoco disimuló la crisis ni la edulcoró. Empezó con un informe casi sumarial: informó que el gabinete de guerra ya estaba formado, que representaba la unidad del país, y pidió a la Cámara que aprobara una resolución que anticipaba el único desenlace que él contemplaba. El texto de esa resolución no dejaba margen para la ambigüedad: “Esta Cámara saluda la formación de un gobierno que representa la determinación unida e inflexible de la nación de continuar la guerra contra Alemania hasta alcanzar una conclusión victoriosa.” Churchill no imaginaba otro resultado.

Meses de lucha y sufrimiento

Luego vino el pasaje que quedó en la historia: “No puedo ofrecer otra cosa más que sangre, esfuerzo, sudor y lágrimas. Tenemos ante nosotros una prueba de la especie más dolorosa. Tenemos ante nosotros muchos, muchos meses de lucha y sufrimiento.” Sus palabras pronto circularon por radio en todo el país, a los hombres y mujeres que miraban el cielo de Londres con miedo. Churchill lo sabía. No los consoló con promesas vacías. Los convocó a resistir con la verdad.

Trazó también el carácter del enemigo antes de que el horror completo del nazismo se desplegara sobre Europa: “Librar la guerra contra una monstruosa tiranía sin igual en el oscuro y lamentable catálogo del crimen humano.” Era una caracterización que, en mayo de 1940, muchos en las cancillerías europeas aún se resistían a suscribir. Churchill ya había cruzado ese umbral. El objetivo, dijo, era uno solo: “La victoria a toda costa, la victoria a pesar de todos los terrores, la victoria, por largo y duro que pueda ser el camino, porque sin victoria no hay supervivencia.”

Winston Churchill
Mientras la Alemania de Adolf Hitler avanzaba sobre Europa, Churchill construyó un gobierno de unidad nacional para sostener el esfuerzo bélico británico

Y cerró con una convocatoria directa, sin adornos: “Me considero con derecho en esta coyuntura, en este momento, a reclamar la ayuda de todos y decir: Vamos, avancemos juntos con nuestra fuerza.”

Detrás de esas palabras había un hombre que se acostaba de madrugada después de debatir el curso de la guerra con los jefes militares y que, según sus propias memorias, se levantaba a las ocho de la mañana para leer telegramas y dictar instrucciones desde la cama. Bebedor empedernido, desayunaba con un leve toque de whisky en un vaso que llenaba con soda. Ya empezaba a dar las primeras señales de cansancio, pero la maquinaria no se detenía.

Churchill pronunció otros dos discursos que también entraron en la historia durante aquellos años de guerra. Cuando la posibilidad de una rendición negociada sobrevoló los pasillos del poder británico, respondió con una frase que no admitía interpretación: “Jamás nos rendiremos.” Y cuando los pilotos de la Real Fuerza Aérea ganaron la Batalla de Inglaterra frente a la aviación nazi, los inmortalizó con otra: “Nunca tantos le debieron tanto a tan pocos.” Había prometido que haría entrar a Estados Unidos en la guerra “a la fuerza”, según le dijo a su hijo Randolph. Lo logró.

Ochenta y seis años después de aquel 13 de mayo de 1940, el discurso que Churchill pronunció ante la Cámara de los Comunes sigue siendo el modelo de lo que un líder puede hacer con la verdad cuando no tiene nada más para ofrecer.

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