
Aceptan que no fueron parte del proceso oficial ni actores vitales en la causa. Pero escribieron cinco libros. Trabajaron mancomunadas durante trece años para revalorizar su gesta, robustecer su legado y poner en relieve su nombre. “Sí estuvimos, de alguna manera, contribuyendo al contexto en el que surge esta santa”, dicen por teléfono. Están ahora en Roma. Estarán el domingo en la ciudad del Vaticano. Participarán de la ceremonia presidida por el papa Francisco en la que Mama Antula -su foco de investigación- será canonizada para convertirse, así, en la primera santa argentina.
“Esperamos para el domingo que la Argentina se despierte temprano para ser testigo de este hecho sin precedentes. Es un sueño anhelado por nosotros y por generaciones anteriores que han esperado tanto este momento. Al estar tan en contacto con la vida y la obra de Mama Antula nos sentimos más que emocionadas y conmovidas por ver a esta mujer laica que llega finalmente a ser reconocida santa”, expresan. Son Nunzia Locatelli y Cintia Suárez, biógrafas, estudiosas, arqueólogas de la historia recuperada y puesta en valor de María Antonia de Paz y Figueroa, aquella mujer nacida en 1730 en Silípica, en Santiago del Estero, y fallecida el 7 de marzo de 1799 en Buenos Aires.
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Nunzia la descubrió cuando estaba produciendo el documental El Camino del Ángel, un trabajo que aborda la intimidad de Jorge Mario Bergoglio hasta convertirse en el Sumo Pontífice. Se enteró de que había una mujer argentina que había hecho acciones fuera de toda lógica y se conmovió con su hazaña. A Cintia la sensibilizó su cercanía: es santiagueña como ella. “Su figura me parecía inspiradora y necesaria para este tiempo, y pensaba que estaba sumamente olvidada”, dice.

Ellas ya lo saben de memoria. El pueblo quechua la bautizó a María Antonia de Paz y Figueroa como Mama Antula. Había nacido en el seno de una familia acomodada. Fue una mujer que vivió fuera de su tiempo histórico. Se rebeló al mandato cultural del siglo XVIII y al credo familiar que honraba los estereotipos femeninos de la época: a los quince años desafió a su padre al avisarle que no se casaría ni sería monja. Convivió en un país colonial con una concepción de vida patriarcal, de rangos jerárquicos, que esperaba de ella y del resto de las mujeres que ocultaran y silenciaran cualquier vestigio de independencia y rebeldía. No pudieron con ella.
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Por eso, su cuarto libre sobre el tema es Mama Antula. Una mujer empoderada en el Buenos Aires colonial. La palabra empoderada fue una decisión editorial. “La elegimos para traerla a los términos actuales. Fue una mujer que tuvo la decisión, el valor y el coraje para emprender una actividad prohibida, sola y sin plata, todo a través de limosnas, y que arriesgó su vida. Por eso la consideramos empoderada. No lo hizo para un beneficio propio, sino con una decisión altruista: ocuparse de los más vulnerados y desposeídos de la época colonial”, explica Cintia Suárez.
En los albores de la patria decidió imponerse y ser laica jesuita. La expulsaron de su casa por su alzamiento rebelde. Rechazó su apellido, renunció a la riqueza de su familia, adoptó el nombre de María Antonia de San José. Se instaló en el beaterio de los jesuitas. Se dedicó a la educación de los niños, al cuidado de los enfermos y al socorro de los pobres. En 1767, volvió a sublevarse ante los preceptos establecidos en . Reforzaba su rol de mujer empoderada, disruptiva. El 9 de agosto, el rey Carlos III ordenó disolver la obra jesuítica: a partir de entonces, el trabajo social y espiritual de los jesuitas estaba completamente vedado. Cuando los jesuitas fueron expulsados de los territorios de la corona española, escuchó una voz interior que la convocaba a ser la heredera: tenía 36 años y se consideraba hija espiritual de la Compañía de Jesús. Quería seguir llevando la palabra de Dios a través de los ejercicios espirituales del apostolado.
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Se dedicó a peregrinar. Caminó más de 4.000 kilómetros a pie por todo el virreinato para continuar con el legado a pesar de la prohibición. Su misión era visitar las regiones pobres del nordeste argentino para promover los ejercicios espirituales y en apenas ocho años consiguió brindárselos a setenta mil personas. Su método consistía en presentar los permisos ante las autoridades de un pueblo y dictar un curso de diez días de duración ante cualquier interesado, sin importar escalafón social. Llegó a Buenos Aires en septiembre de 1779, después de un arduo viaje. “Fue maltratada, ultrajada y violentada, pero con el tiempo la empezaron a conocer a ella y a sus dones. La gente se acercaba. Empezó a ser consultada como un oráculo. Los obispos, los virreyes, los altos prelados querían consultarle a ella cada vez que tenían que resolver un problema”, rescata Nunzia.
Cintia Suárez subraya cinco hitos de su historia. El primero es a los quince años, cuando decide no ser monja ni esposa de nadie, y abandonar así una vida de lujos. Elige una tercera opción, amén de su personalidad: laica consagrada. El segundo es cuando debe enfrentarse a un puma para continuar en su viaje por el país para difundir una actividad prohibida por el Rey y por el Papa. “Un tercer hito es cuando llega a Buenos Aires y pasa de ser mal recibida a convertirse en una persona destacada y de consulta”, destaca. Los últimos hitos no son en vida: el primer milagro en 1905 y el segundo, en 2017.
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“Nos impactó, nos movilizó, nos sensibilizó la historia de esta mujer que vivió en un contexto adverso y que pudo llevar adelante una actividad prohibida. Eso nos dio la fuerza para nosotras poder superar todos los obstáculos que tuvimos a lo largo de estos años. Eso nos llevó a admirar a Mama Antula”, aporta Nunzia. Hay en ellas un sentimiento de justicia: “El rol de laica y de mujer hizo que fuese invisibilizada”, dicen y agregan: “Y también porque la historia la escriben los hombres”.

Les demandó trece años de trabajo reconstruir la obra de Mama Antula: “El proceso de descubrimiento y de investigación de su historia estuvo colmado de obstáculos: era muy difícil acceder a las fuentes, que nos abrieran los archivos y nos compartieran la información. El camino se fue allanando y nos encontramos, por un lado, con los documentos históricos y, por el otro, con la devoción y con la tradición oral del pueblo devoto de Mamá Antula, que mayormente se encuentra en Santiago del Estero. Hicimos un análisis de campo a través de estos testimonios, que tienen mucho peso porque los documentos del siglo XVIII son escasos, se quemaron o se perdieron. Fuimos reconstruyendo la historia, pero no nos quedamos en el pasado, sino también procuramos tener una mirada actual para que el público que vive en este tiempo pudiera empatizar con ella”.
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Su mayor hallazgo fue encontrar las cartas escritas por Mama Antula en el archivo de Estado de Roma. Son reliquias. Estaban llenas de polvo. Esos manuscritos autografiados por ella o por otros jesuitas de la época escondían detalles de cada peregrinación, de cada ejercicio. “Encontramos cosas muy interesantes de la Buenos Aires colonial de esa época y sobre todo, de los próceres que hablaban con Mama Antula”, explicó Locatelli.
“Esta canonización es un reconocimiento -entiende Cintia-. Es el final de un proceso que se inició en 1905 y lamentablemente se demoró demasiado tiempo: seguramente el primer Papa argentino y jesuita de la historia era el que tenía que hacer esta canonización. Decidimos unir nuestras dos cosmovisiones, nuestras dos procedencias, ella italiana y yo de Santiago del Estero, para poder reinstalar a esta mujer y sacarla del olvido. Nos lo propusimos como mujeres: traerla y acercarla a los lectores, a las generaciones para que encuentren en Mama Antula ese ejemplo de mujer”.
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