Martín Ron hizo un repaso sobre sus orígenes, su vida y su trabajo con Infobae
Siempre le gustó pintar pero jamás se imaginó poder vivir del arte. Con el tiempo, en su inconsciente algo le empezó a decir que si trabajaba con dedicación se le iban a dar algunas cosas. No se equivocó: hoy impactante el trabajo de Martín Ron (38) está en la plaza de Holmberg y Pedro Rivera, Villa Urquiza. En Scalabrini Ortiz y Soler, Palermo. En Luján y Pedriel, Barracas. En las estaciones del subte porteño de las líneas A, D y H. En Floresta, Villa Devoto, Caseros -el lugar donde nació- y Fuerte Apache. Pero también en Reino Unido, Bélgica, Malasia, Estados Unidos y hasta en las Islas Canarias.
Considerado como uno de los diez muralistas más importantes del mundo, el argentino asegura que su intención es "darle vida" a los barrios y a varias ciudades del planeta.

En Buenos Aires, eligió inmortalizar a los grandes ídolos populares en las paredes de distintos barrios. Así, a gran escala, Ron fue la mano detrás de murales de Ernesto Sábato, Isabel La Coca Sarli y Carlos Tevez, entre otros.
— ¿Cómo te formaste?
— Hasta los quince años hice talleres informales de dibujo y pintura. Ahí aprendí lo básico en la técnica. Mi formación en los murales es autodidacta: no hay una carrera, no hay un modelo a seguir y menos en la época en que empecé a pintar, allá por los 2000. Era solamente encontrarse con la pared y jugar a experimentar y lograr estas cosas con cierta ambición personal de superación de hacer las cosas bien, tratar de llegar a la gente, que tu obra genere una buena conexión con los vecinos, vecinos que lo vean y que sea una obra de calidad.
— ¿Cómo elegís las paredes?
— Lo interesante es eso, cómo elegir las paredes. Porque cada pared es única, está en un lugar único y te transportás vos hacia el lugar. Entonces tenés de todo: hay días que tenés ganas de pintar algo chico y hay días que tenés ganas de pintar algo grande; un día flasheás con pintar un edificio y otro día querés pintar un pedacito de pared a la vuelta de tu casa porque tiene algo en particular.
El artista, en acción
— ¿Qué sentís que te dio el arte?
— Me dio un montón de cosas, sobre todo una identidad. Yo creo que tardé en darme cuenta en que la gente me decía" vos sos artista". Yo era más humilde en se sentido, era pinto veo qué onda y después veo qué hago. Pero me dio una identidad muy fuerte. Hasta que creé un propio circuito del que formo parte. Las obras te llevan a lugares: pinto y la obra empieza a vivir y te empieza a diferenciar, a llevarte a otros lugares. Así conocí gran parte del mundo pintando, porque directamente me invitan a pintar a otras ciudades.

— ¿Qué países conociste?
— Estonia, Rusia, Alemania, Reino Unido, Bélgica, Estados Unidos, Malasia. A todos fui para pintar. Y eso tiene que ver con la explosión de las redes sociales.
— ¿Soñabas con esto?
— Lo veía muy lejano. Yo vengo de Caseros y pintar para mí ya cerraba con el solo hecho de pintar y pensar que una obra mía le podía despertar alguna inquietud o cambiar un instante en la vida del que pasa. Con eso yo ya era feliz, pero después empezó a generarse este monstruo de visibilidad. Hasta que llegó la primera invitación de un festival internacional y dije "qué bueno,no estoy yendo a Europa por primera vez a conocer como hace mucha gente, sino me estoy yendo porque quieren algo mío". Dije "voy a cambiar un pedacito de ciudad y también me va a cambiar a mí". Entonces ahí es cuando hacés el clic y ves que esto tomó dimensiones que superan las expectativas.
— Hablás mucho de popularizar el arte…
— Sí, eso de popularizar el arte es lo que más me gusta porque es increíble. Vos vas a lugares donde no hay arte o el arte no llega y, cuando hacés algo así, la gente siente que de alguna manera se sube la vara. La gente es muy agradecida, con esto estás colaborando a abrir un poquito el horizonte de cosas que puede percibir la gente en la calle. Por ahí pintás en barrios que están cerca de museos y por ahí esto no pega tanto. A mí me gusta más pintar en la periferia, ahí es donde el vecino se siente más empoderado.

— ¿Lo notás en las caras?
— Sí, lo noto en las caras de felicidad y agradecimiento. Aparte, esto no solo lleva arte y mueve un poquito la cabeza, sino que también hay algo que va de la mano con la mejora de un espacio. Por lo general, uno elige una pared también porque necesita ser pintada, porque está deteriorada, porque pide una obra. Entonces, a través del color, también estás mejorando. Y cuando mejorás los lugares, los vecinos no sólo disfrutan sino que también ayudan a mantenerlo. Y enseguida salta a la luz que hay que arreglar otra cosita y así entre todos se genera una comunidad de la mejora, digamos.
— ¿Cómo fue pintar a Carlos Tevez en Fuerte Apache?
— Esa fue una de mis primeras obras que, digamos, subió la vara. Fue la más importante porque hizo como un quiebre en la carrera. Me acuerdo que fue en el Mundial de Sudáfrica, ahí con la delegación municipal de 3 de Febrero me habían llamado para pintar un pequeño homenaje a Carlitos el día que le metió dos goles a México. Se me ocurrió la idea de preguntar, casi como quien no quiere la cosa, cuál fue el edificio donde nació. Me señalaron uno que tenía características espectaculares: pintar ahí un Carlitos de 4 o 5 pisos requería solamente un poco más de pintura y una grúa. Cuando me facilitaron una grúa de la municipalidad lo pude pintar y fue un golazo. Fue impresionante ver cómo la gente iba, lo adoraban, lo bendecían. Estaba justo al lado de un potrero, así que los chicos estaban como locos, tuvo un montón de notas eso me ayudó a visibilizar un poquito más mi actividad.

— ¿Lo conociste a Carlos?
— Sí, lo conocí a Carlos, de hecho tuve la oportunidad de pintarle la casa también. Me llamó un día y le pinté una panorámica del Fuerte Apache en su gimnasio.
— ¿Qué es lo que más disfrutás?
— Más allá de la pintura, lo que más disfruto es conocer lugares, desde un pequeño barrio humilde a las afueras de la ciudad como pintar en un lugar muy emblemático de Moscú. Sólo el hecho de transportarse y conocer lugares a mí me llena, y lo potencia esto, que estoy dejando algo y llevando algo de la ciudad.

— ¿Cuánto tiempo te lleva un mural?
— Puede llevar una semana, quince días y puede llevar a veces tres semanas. Yo trato de que se haga en quince días para no aburrirse tampoco. O sea, por más que sea gigante el edificio, voy a tratar de hacer una propuesta no tan compleja que se pueda hacer en quince días para disfrutar el proceso.
— ¿Qué te imaginás dentro de unos años?
— Uy, me imagino que voy a seguir pintando. No estoy pensando tanto qué voy a hacer en dos años, pero yo creo que en dos años sí tengo ganas de empezar a madurar un trabajo por ahí una escala más chica, relacionada más con los cuadros, que es una actividad que la tengo un poquito postergada porque hoy por hoy estoy todo el día en la calle. Como esto es cíclico y la pintura tiene que ver con una búsqueda -y buscar algo que nunca vas a encontrar-, uno se permite hacer, cambiar y reinventarse. Entonces, en la medida en que esto se vuelva un mural atrás del otro, también pierde un poquito la gracia.

— ¿En qué te inspirás?
— No, veo muchos pintores por ahí contemporáneos, relacionados con el muralismo, en Instagram, en las redes. Por ahí me detengo en un fotograma de alguna película porque me gusta la combinación de colores. Y de todo eso voy haciendo un registro y queda en carpetas tiradas. La inspiración tiene que ver con el lugar y después retomo todo eso que me llamó la atención por un montón de cosas.
— ¿Qué mensaje te gusta dar?
— El arte me dejó muchas cosas, porque vos estás pintando en la calle y, literalmente, le estás dando la espalda al mundo. Vos estás pintando, estás en tu mundo, pero lo que proyecta es gigante. A mí lo que me llama mucho la atención es cómo lo toma la gente y cómo despierta una inquietud para hacer una obra en determinados sitios. Un día te llama Tevez y te llama para pintar en la casa, un día pintaste en tu barrio y te llaman de la municipalidad para pintar un puente. Un día participaste en un festival de arte internacional acá en la ciudad de Buenos Aires y después viene el Gobierno y te llama porque quiere pintar y después pintaste un día y te llama alguien que quiere que le pintes el Gauchito Gil al lado de una parrillita. Eso es increíble, cómo la obra mueve cabezas y te llaman para pintar lo que sea. La clave acá es dejarse llevar por los caminos que la obra elige y pintar en todos lados. Porque en todos lados vas a tener una experiencia diferente. El verdadero camino del artista es ese, ir a buscar experiencias. La obra está ahí, hace tu laburo y un día suena el teléfono y allá voy, no sé dónde, pero allá voy.
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