
Cuarenta y dos robles. Cada uno con su cruz: una cruz blanca, sencilla, austera, cuidada. El pasto verde, prolijo, cortado al ras. Así es el campo del honor del Regimiento de Infantería Mecanizada 7 de La Plata.
Cada árbol y cada cruz representa un muerto: un héroe. Son los soldados que dieron la vida en la batalla del Monte Longdon, una de las más feroces y cruentas de la guerra de Malvinas —de la gesta, como le dicen los militares— que definió la suerte del conflicto y dos días después provocó la rendición argentina.
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La noche del viernes 11 de junio de 1982, las tropas inglesas se desplegaron sigilosamente por el monte trantando de sorprender a las argentinas. Hacía más de un mes que el fuego naval y aéreo caía sobre el ejército nacional, pero en las últimas 48 horas habían intensificado notablemente su fuerza. El avance británico quedó al descubierto cuando un cabo pisó una mina y, de inmediato, se desató el infierno.

La batalla del Monte Longdon duró más de doce horas, pese a la gran disparidad de fuerzas: los ingleses superaban a los argentinos en una relación de cuatro a uno. Esa noche, los soldados argentinos debieron hacer frente a más de 6.000 disparos, al fuego de morteros, granadas, bombardeos de artillería.
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El combate se definió poco antes del alba. Fue una pelea atroz que mostró el coraje inaudito de nuestros combatientes. Alguna vez los ingleses contaron que para tomar posiciones hacían uso de armas antitanques, proyectiles y finalmente bayonetas porque "hasta que no te lanzabas al cuerpo a cuerpo, los argentinos seguían peleando".
Esa noche heroica y fatídica, el Regimiento 7 perdió treinta y seis hombres y el Escuadrón 10 de Caballería otros seis. Hubo más de 180 heridos.
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Espina de la vida y de la historia
Desde el final de la guerra, cada 11 de junio se volvió un mojón del calendario de los veteranos de Malvinas. El Regimiento 7 se viste de gala y homenajea a los héroes en un acto que recuerda a los caídos y abraza a los veteranos, sin hacer distinción entre oficiales, suboficiales y conscriptos.
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Este año, ayer de hecho, hubo un nuevo recordatorio en el que estuvieron presentes no solo el jefe de la Guarnición, Teniente Coronel José Eduardo Gutiérrez Dalla Fontana, sino también el intendente de Ensenada, Mario Secco, el jefe del Estado Mayor General del Ejército, Teniente General Claudio Pasqualini, y otros comandantes del ejército. Hubo también muchos familiares de los caídos y César García, presidente de la Comisión Nacional de Ex Combatientes de Malvinas, que depende del Ministerio del Interior.
Lo singular del encuentro es que se hace ni bien cae el sol, para que suceda durante la oscuridad de la batalla. La noche, entonces, se carga de electricidad y emoción. Y hay varios símbolos que erizan la piel: los 42 robles con sus 42 cruces, las 42 antorchas que sostienen los cadetes más jóvenes del regimiento —en reconocimiento a la juventud que se quedó en Malvinas—, las 42 campanadas que suenan con los 42 nombres de los caídos, los 42 gritos de "¡Presente!" mientras se toma lista, las 42 salvas que se disparan al aire en honor de los héroes que dejaron su vida en las islas.
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Pero de todos los símbolos, seguramente el más conmovedor es la bandera que los veteranos lograron ocultar antes de la rendición. Para evitar que la enseña patria quedara en algún museo bélico inglés, los combatientes la desarmaron y la partieron y la escondieron entre sus ropas. Hoy, resguardada en una caja de vidrio, se usa como estandarte del acto del 11 de junio. ¿Puede haber épica y valentía en la derrota? Por supuesto que sí, y este es un clarísimo ejemplo.
Hubo un hecho saliente en el acto este año y fue la presencia de los familiares de los soldados caídos: padres, hermanos, sobrinos recibieron en manos del teniente general Pasqualini un diploma y una medalla con la Orden de los Servicios Distinguidos destinada a sus deudos.
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En este acto, que se realizó por tercera vez consecutiva, se condecoró a diez héroes y vale la pena tomarse un breve momento para leer la nómina in extenso: teniente Juan Domingo Baldini, sargento ayudante Jorge Alberto Ron, sargento ayudante Darío Rolando Ríos, cabo primero Pedro Alberto Orozco, cabo Miguel Ángel Pascual, cabo Néstor Miguel González, cabo Víctor Rodríguez, cabo Miguel Ángel Falcón, cabo José Luis Rodríguez Silva y cabo Carlos Alberto Hornos.

Quién dijo que todo está perdido, yo vengo a ofrecer mi corazón
María del Carmen Araujo estuvo presente en el acto que homenajeaba la vida y la valentía de su hijo. Eduardo Araujo había salido de la "colimba" en marzo del 82 —era clase 62— con el deseo de terminar sus estudios. El 2 de abril volvía de clases cuando se encontró a la madre colgando una bandera celeste y blanca en la casa. Desde lejos la saludó con los dos pulgares hacia arriba.
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Ese mismo día hablaron del conflicto: él sentía la obligación de volver al ejército. María del Carmen le dijo que esperara, que si lo necesitaban lo iban a llamar. Y así fue: a los pocos días llegó la citación. Eduardo subió al tren y se dirigió al regimiento acompañado por su novia y su hermana, una nena de 9. El 11 de abril pudo saludar al padre, que cumplía años; el martes 13 viajó al sur.

Eduardo Araujo murió el 11 de junio. Sus padres, sin embargo, tardaron mucho tiempo en enterarse. Tras la rendición, lo esperaban entre los heridos, pero no lo encontraban por ningún lado. Alguien les dijo que tal vez lo había visto en el hospital de Campo de Mayo y allí fueron, pero tampoco estaba.
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Pasaron largas semanas de angustia y desconcierto hasta que un compañero de regimiento les dijo que Eduardo había muerto al recibir el impacto de una bomba durante la batalla. Les dijeron que el cuerpo de Eduardo se había fundido en la explosión. María del Carmen recuerda aquel momento y en sus ojos oscuros hay una chispa de orgullo, desconsuelo, amor. No es fácil sostener la mirada de esta mujer que ronda los 80 años sin quebrarse.
Dos años atrás, gracias a las exhumaciones que se realizaron en el cementerio de Darwin en la isla Soledad, se supo que Eduardo ocupaba la cruz número 16 del sector B3: él tenía en sus bolsillos su carnet de conductor y hasta el recibo de la última cuota paga del colegio.
"¿Qué pienso de estos 37 años?", se preguntó. "Lo único que me queda es el amor. Si odio me muero".

El capitán Beto
Jorge "Beto" Altieri se hizo conocido en los medios cuando alguien quiso vender su casco por internet y gracias a un empresario anónimo y a Infobae pudo recuperarlo. Viendo las condiciones en que quedó el casco, sólo se puede creer que sobrevivió por una intervención divina. Le tocó vivir, sí, pero no salió indemne de la guerra: tiene el brazo derecho y una pierna inmovilizados, perdió un ojo y parte de la audición.
Altieri era un soldado del Regimiento 7 y en su voz, el recuerdo del Monte Longdon tiene un timbre emocionante. Podría ser el paradigma de la valentía, pero se corre de ese lugar. "Yo soy un veterano, los verdaderos héroes están allá", dice.

Este año va a participar por primera vez en política: va como primer diputado en un partido provincial. Con el orgullo a flor de piel, no se arrepiente ni por un segundo de haber peleado por su país. Pero no es ingenuo y sabe que quienes lo mandaron a la guerra —a él y al resto de sus compañeros— los dejaron sin sostén. Meses antes del conflicto, según pudo averiguar, se modificó la norma por la cual los veteranos de guerra cobraban una pensión por incapacidad, de manera que fueron muy pocos de los que volvieron de Malvinas los que recibieron el dinero para vivir dignamente.
Y sin embargo, dice, volvería otra vez. Ya. Ahora. Hoy. "A los chicos de las escuelas les digo que ellos son los encargados de recuperar las islas por la vía diplomática. Yo, por mi parte, así como estoy, si me convocaran y me dieran un arma, iría sin dudarlo".

Mirando superhéroes
Terminado el acto, mientras la banda militar tocaba la "Marcha de las Malvinas" , los veteranos desfilaron con un orgullo que inflamaba los corazones. Después de ellos siguieron los soldados y cerraron la fila las antorchas que traían al presente a aquellos "fieros" espíritus que nos queman desde el sur.
A veces uno tiene el privilegio de mirar a los héroes. Ante ellos respeto y agradecimiento. Respeto y agradecimiento.
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