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Un estudio desafía la idea de que los lácteos enteros empeoran el peso, el colesterol y la resistencia a la insulina

La investigación siguió durante 12 semanas a adultos con sobrepeso u obesidad y no detectó cambios desfavorables en varios marcadores metabólicos tras incorporar tres porciones diarias de versiones con toda su grasa

Una mesa de madera muestra leche, yogures, mantequilla, queso cottage, queso rallado y varios quesos en un ambiente de cocina rústica con viñedos al fondo.
Un estudio sobre lácteos enteros no encontró aumentos significativos de peso, colesterol ni resistencia a la insulina tras tres porciones diarias durante 12 semanas (Imagen Ilustrativa Infobae)
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Durante años, buena parte de las recomendaciones médicas y nutricionales apuntaron a elegir lácteos descremados o bajos en grasa. Pero una nueva investigación sobre el consumo de lácteos enteros reavivó el debate al no encontrar aumentos relevantes de peso, colesterol ni resistencia a la insulina en personas con sobrepeso u obesidad que incorporaron tres porciones diarias de estos productos durante 12 semanas.

Según informó Prevention, el trabajo fue publicado en The Journal of Nutrition y analizó a 74 participantes, distribuidos en tres grupos con esquemas alimentarios diferentes. Uno siguió una dieta hipocalórica y baja en lácteos; otro mantuvo una alimentación con equilibrio calórico e incluyó tres porciones diarias de lácteos enteros; el tercero consumió esos mismos productos dentro de una dieta sin restricciones.

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Los resultados no mostraron diferencias significativas entre quienes comieron pocos lácteos y quienes sumaron tres porciones diarias de versiones enteras en variables como peso corporal, composición corporal o niveles de colesterol.

Cuatro científicos con batas blancas observan una pantalla curva que muestra gráficos de reducción de riesgo en adicciones y datos numéricos.
Los resultados no mostraron diferencias significativas entre el bajo consumo de lácteos y el consumo de lácteos enteros en peso corporal, composición corporal y colesterol (Imagen Ilustrativa Infobae)

Tampoco se detectaron aumentos en los lípidos en sangre ni señales mayores de resistencia a la insulina. A la vez, el grupo con mayor consumo de lácteos registró mejoras en la presión arterial y una ingesta más alta de calcio, proteínas y vitamina D.

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Qué evaluó el estudio

La investigación se concentró en adultos con sobrepeso u obesidad, una población que suele quedar en el centro de las recomendaciones nutricionales por el riesgo cardiometabólico. Durante 12 semanas, los especialistas siguieron distintos marcadores de salud para observar si el aumento de productos lácteos enteros producía cambios desfavorables.

El dato que más llamó la atención fue que tres porciones diarias de lácteos enteros no se asociaron con un empeoramiento de los principales indicadores medidos. Para los autores, esto cuestiona una idea instalada durante años: toda fuente de grasa saturada proveniente de lácteos impacta de la misma manera que otras grasas saturadas en el organismo.

G. Harvey Anderson, director del Programa de Ciencia de los Alimentos, Nutrición y Asuntos Regulatorios de la Universidad de Toronto, fue tajante al valorar los resultados. “El miedo a la grasa en los lácteos nos desvió por completo sobre los lácteos y sus ventajas”, afirmó, en declaraciones citadas por Prevention.

Por qué los lácteos enteros vuelven a ser observados

Porciones de quesos con corteza blanca, duro y azul, acompañadas de uvas rojas, nueces y un cuenco con miel sobre una tabla de madera rústica.
Un estudio encontró una asociación entre el consumo de quesos grasos y un 13% menos de riesgo de desarrollar demencia (Imagen Ilustrativa Infobae)

El nuevo estudio no comparó directamente los lácteos enteros con los descremados, sino una alimentación con bajo consumo de estos productos frente a otras que incluían tres porciones diarias de versiones con toda su grasa. Esa diferencia en el diseño limita el alcance de los resultados y obliga a interpretarlos con cautela.

Aun así, el trabajo se suma a una línea de investigaciones que revisa el lugar de los alimentos enteros dentro de una dieta saludable. Prevention recordó que un estudio publicado en 2025 en la revista Neurology, con datos de casi 28.000 personas en Suecia, encontró una asociación entre el consumo de quesos grasos y un 13% menos de riesgo de desarrollar demencia. Esa relación no apareció con los lácteos bajos en grasa.

Especialistas consultados por el medio señalaron varias hipótesis. Juli MacKenna, responsable de nutrición clínica en el hospital MelroseWakefield, explicó que la grasa presente en estos productos podría favorecer la absorción de vitaminas liposolubles como A, D, E y K. Esa capacidad de transporte mejora la utilización de nutrientes que dependen de la grasa para ser aprovechados por el cuerpo.

Saciedad, glucosa y patrón alimentario

Otra explicación posible se relaciona con la saciedad. Jessica Cording, dietista y autora especializada en nutrición, sostuvo ante Prevention que los lácteos enteros pueden ayudar a sostener niveles más estables de azúcar en sangre y prolongar la sensación de plenitud. Ese efecto, indicó, podría llevar a una menor ingesta posterior durante el día.

Sonya Angelone, nutricionista radicada en San Francisco, planteó otra línea de análisis: la grasa de los lácteos podría amortiguar el aumento de glucosa que generan los carbohidratos en algunas comidas. Esa dinámica ayudaría a entender por qué en el estudio no aparecieron cambios notorios en resistencia a la insulina.

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Especialistas señalaron que los lácteos enteros pueden favorecer la absorción de vitaminas liposolubles, aumentar la saciedad y moderar la glucosa en sangre (Imagen Ilustrativa Infobae)

MacKenna agregó un punto que suele aparecer en la práctica clínica. Cuando una persona se concentra solo en recortar grasas, muchas veces reemplaza esos alimentos por carbohidratos refinados o azúcares. Ese cambio puede abrir otros riesgos metabólicos, aun cuando el recorte de grasa parezca, en principio, una decisión saludable.

Por qué el debate sigue abierto

Pese al interés que despertó el estudio, las recomendaciones oficiales no cambiaron. La American Heart Association mantiene su consejo de elegir productos lácteos bajos en grasa o sin grasa, dado que contienen menos calorías, colesterol y grasas saturadas.

Las grasas saturadas elevan el colesterol LDL, conocido como “malo”, y aumentan el riesgo de enfermedad cardíaca y accidente cerebrovascular. Por ese motivo, recomienda que no más del 6% de las calorías diarias provengan de grasas saturadas. En paralelo, las guías alimentarias en Estados Unidos admiten tres porciones diarias de lácteos enteros, aunque fijan un límite del 10% del total calórico diario para ese tipo de grasa.

Frente a esa tensión entre evidencia reciente y recomendaciones tradicionales, aparece una teoría que gana terreno entre investigadores: la “hipótesis de la matriz láctea”. La idea propone que los lácteos, por su estructura física y nutricional, liberan sus componentes de manera gradual durante la digestión.

Si eso se confirma, la grasa saturada de la leche, el yogur o el queso no tendría el mismo comportamiento biológico que la grasa saturada presente en otros alimentos ultraprocesados o de baja calidad nutricional.

Una mujer con camiseta verde y un bolso de tela blanco con detalles verdes mira un cartón de leche rojo en un pasillo de supermercado con estantes de lácteos.
La American Heart Association mantiene la recomendación de elegir lácteos bajos en grasa, mientras la hipótesis de la matriz láctea sostiene que la grasa de la leche, el yogur y el queso podría comportarse de otro modo (Imagen Ilustrativa Infobae)

Cording señaló que ese concepto circula cada vez más entre científicos de la alimentación, aunque todavía falta evidencia para zanjar la discusión. El punto, sostuvo, no pasa por declarar sano o perjudicial a un único alimento, sino por observar el patrón general de la dieta.

Qué conviene hacer con esta información

Los expertos coinciden en que estos hallazgos no implican que todas las personas deban reemplazar los lácteos descremados por versiones enteras. La edad, el estado de salud y los antecedentes cardiovasculares influyen en esa decisión.

Anderson remarcó que los niños necesitan más energía y que un mayor aporte de grasa puede ser útil en esa etapa. En adultos mayores o personas con exceso de tejido adiposo, la conveniencia puede ser distinta.

También influye el contexto clínico. Angelone recomendó consultar con un profesional de salud en casos de cardiopatías o colesterol alto, ya que allí las sugerencias pueden diferir. La incorporación de lácteos enteros, en todo caso, debería evaluarse dentro de una alimentación basada en productos poco procesados, frutas, verduras y granos integrales.

La lectura que empieza a imponerse entre varios nutricionistas es menos rígida que la de años anteriores. Los lácteos enteros no aparecen ya como un alimento automáticamente perjudicial, del mismo modo que los productos bajos en grasa no son, por definición, la opción superior en todos los casos. El estudio suma una pieza a ese cambio de mirada, aunque la discusión científica todavía sigue abierta.

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