Casi medio siglo después de que se la registrara, la naturaleza de la señal ¡Wow!, sigue desvelando a los radioastrónomos de todo el mundo, que buscan la respuesta a dos incógnitas: de dónde provino y si realmente fue enviada por una inteligencia del espacio exterior. Desde entonces no se la ha detectado nuevamente, lo que durante muchos años abonó con fuerza la teoría de que había sido enviada por una inteligencia extraterrestre. Sin embargo, nuevas investigaciones realizadas por un equipo liderado por el astrobiólogo planetario Abel Méndez planteó una posible resolución para la incógnita.
El equipo de Méndez, director del Laboratorio de Habitabilidad Planetaria de la Universidad de Puerto Rico, buscaba entre los datos del Radiotelescopio de Arecibo, uno de los más grandes del mundo hasta que colapsó en 2020, señales de vida inteligente en ciertas zonas del espacio que los astrónomos consideran “potencialmente habitables”. “Es un trabajo muy serio con el que buscamos conseguir pruebas de esta comunicación, aunque sabemos que es algo enormemente difícil, por lo que pensamos que tal vez no encontraríamos nada. Pero el mero hecho de mirar una región de interés en el espacio y no encontrar evidencia es un resultado importante para la ciencia”, explicó Méndez sobre el proyecto. Así comenzaron a estudiar en profundidad la señal ¡Wow!, cuya historia y naturaleza siguen siendo tan misteriosas como fascinantes.
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La gran oreja
Arecibo, agosto de 1977. Como todas las mañanas, Jerry Ehman, un joven astrónomo de la Universidad Estatal de Ohio que colaboraba como voluntario en el proyecto SETI —dedicado a la búsqueda de señales de inteligencia extraterrestre— comenzó a revisar los registros de la computadora del Observatorio Big Ear hasta que quedó petrificado frente a una señal detectada por el radiotelescopio. Leyó y volvió a leer, para estar más seguro de que las características de la señal de origen desconocido captada la noche anterior, la del 15 de agosto de 1977, exactamente a las 23.16 hora local, estaba registrada con el código “6EQUJ5”.
A Ehman le costó creer lo que leía. La computadora del telescopio usaba los números del 0 al 9 para representar las ondas de frecuencias bajas y las letras de la A la Z para las más altas, todas medidas en megahercios (MHz). La presencia de la letra “U” en el código significaba que la señal había alcanzado una de las frecuencias más altas de la escala de medida de las ondas electromagnéticas, unas treinta veces más fuerte que el ruido habitual del espacio profundo. “Nunca había visto una señal tan fuerte antes”, contó días después en una entrevista de la cadena National Public Radio (NPR).
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La primera reacción del astrónomo fue tomar su birome roja, dibujar un óvalo alrededor del código y escribir al costado, con letras mayúsculas, la palabra que mejor expresaba su asombro: “¡WOW!”, que en español se podría traducir como “¡GUAU!”. Sintió que había tocado el cielo con las manos: una señal así solo podía ser enviada por una inteligencia extraterrestre.
La señal “¡Wow!”, como quedó bautizada desde entonces en el mundo científico, tuvo una duración de 72 segundos y no volvió a ser detectada. Su frecuencia de 1420,4056 megahercios está asociada al elemento hidrógeno, que está relativamente libre de ruido de fondo, lo que lo convierte en un buen rango para elegirla para comunicarse a través del Universo. “Dado que el hidrógeno es el elemento más abundante del universo, es lógico suponer que una civilización inteligente dentro de nuestra Vía Láctea, deseosa de atraer la atención hacia sí misma, podría emitir una fuerte señal de baliza de banda estrecha en la frecuencia de la línea de hidrógeno neutro o cerca de ella”, escribió Ehman en un informe para la revista Live Science cuando se cumplieron treinta años de su descubrimiento.
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Pero también podía ser lo contrario: la abundancia de hidrógeno en el universo hace factible la posibilidad de que la señal se deba a un fenómeno natural dado en determinadas condiciones. Para los astrónomos un camino para saber si es una u otra cosa es encontrar el origen de la señal. El primer paso lo dio el propio Ehman, al descartar que proviniera de un satélite, de una operación militar o de una aeronave terrestre.

Barajando hipótesis
Al principio se manejó la hipótesis de que la señal provenía de la constelación Sagitario. Para Robert Dixon, exdirector del Radio Observatorio de la Universidad Estatal de Ohio, el origen de ¡Wow! pudo estar ahí. “Se apagó cuando (el telescopio) volvió a observar en esa dirección inmediatamente después, indicando que era de origen inteligente y no un fenómeno natural”, dijo en un artículo publicado en la red SETI. Coincidió con él Seth Shostak, otro astrónomo del proyecto: “La manera en la que la señal apareció y desapareció, la manera en que aumentó de intensidad y luego se fue, hace que parezca una señal E.T.”, explicó en una entrevista con la BBC. Pero al mismo tiempo aclaró que, si bien es emocionante pensar así “no necesariamente es verdad”.
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Otros astrónomos como Paul Sutter, también de la Universidad Estatal de Ohio, descartaron directamente la posibilidad de un mensaje de una civilización extraterrestre. “No sigue un patrón ni tiene señales de comunicación. La Astronomía está llena de señales misteriosas y siempre se prefiere explicarlas por causas naturales, si es que no hay pruebas abrumadoramente convincentes de lo contrario”, dijo.
Incluso, el propio Ehman llegó a contradecir su hipótesis inicial de un mensaje alien. “Deberíamos haberla visto de nuevo cuando la buscamos otras más de cincuenta veces; algo me sugiere que se trató de una señal con origen terrestre que simplemente fue reflejada por algún pedazo de basura espacial”, llegó a decir ya entrado el siglo XXI.
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En los últimos años han surgido nuevas hipótesis sobre el origen de la señal que nunca se repitió. En un trabajo publicado por la Academia de ciencias de Washington en 2015, los astrónomos Antonio Paris y Evan Davies propusieron que podía haber sido causada por un cometa, el 266P/Christensen o el P/2008 Y2, que en ese momento se encontraba viajando por el sistema solar. Estos dos asteroides tenían algo en común: una enorme nube de hidrógeno a su alrededor, pero como recién fueron descubiertos en 2006 no se tuvieron en cuenta durante las investigaciones de la señal. Para demostrar esa posibilidad, siguió durante los últimos meses de 2016 y los primeros de 2017 al asteroide 266P con un radio telescopio. Según sus observaciones, las señales son parecidas a la descubierta por Ehman en 1977, pero no iguales.

Otra vez Sagitario
Casi al mismo tiempo, volvió a cobrar fuerza la posibilidad de que la señal proviniera de la constelación de Sagitario o de algunos cúmulos estelares aledaños a ella. El problema para probar la teoría es que se trataba de buscar una aguja en un pajar debido a la extensión del territorio a explorar. Frente a ese desafío el astrónomo Alberto Caballero se propuso analizar los datos ya existentes sobre miles de estrellas en la zona y propuso una nueva pista para resolver el misterio que revive la hipótesis del mensaje de una civilización extraterrestre.
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Al revisar los datos recogidos por el observatorio espacial Gaia de la Agencia Espacial Europea, con una base de datos de más de mil millones de estrellas, Caballero consiguió reducir su búsqueda de estrellas que pudieran albergar un exoplaneta con potencial para la vida a una única estrella similar al Sol, llamada 2MASS 19281982-2640123, situada a 1.800 años luz en la constelación de Sagitario. “A pesar de que esta estrella está situada demasiado lejos para enviar cualquier respuesta en forma de transmisión de radio o luz, podría ser un gran objetivo para realizar observaciones en busca de exoplanetas alrededor de la estrella, que tiene una temperatura estimada de solo 5 grados más que el Sol, y un radio y luminosidad casi idénticos. Es un objetivo excelente para buscar exoplanetas potencialmente habitables”, escribió en un artículo publicado en Live Science.

La solución de Méndez
El equipo liderado por el astrobiólogo planetario Abel Méndez volvió a revisar en 2024 los datos obtenidos por el Observatorio Big Ear para compararlos con los datos mucho más sensibles del Radiotelescopio de Arecibo. Los resultados no demoraron en salir a la luz: “Imitamos el protocolo que se usó en el momento en el que se encontró la señal ¡Wow! y en solo un mes encontramos señales muy parecidas. Estas señales de ondas de radio que observamos se producen por nubes densas de hidrógeno en el espacio. Proponemos que estas nubes de hidrógeno fueron estimuladas por las emisiones de una estrella de neutrones de alta intensidad de tal manera que las hizo tan potentes como la señal ¡Wow!“, explicó en un artículo publicado en el Astrophysical Journal.
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Méndez y sus colaboradores llegaron a la conclusión que el Observatorio Big Ear no logró detectar otras señales parecidas a ¡Wow! porque son tan “poco intensas” que con la sensibilidad de un telescopio de aquella época era difícil observarlas “a menos que esas señales brillaran más” por algún estímulo. La idea de la estimulación de las nubes o líneas de hidrógeno como causante de las señales electromagnéticas y, por consiguiente, de la “señal ¡Wow!”, ya se había propuesto en términos teóricos con el fenómeno conocido como “super radiación”. Pero el estudio liderado por Méndez explicaría el proceso físico de esa hipótesis, lo que lo hace innovador para la comunidad científica que lo revisó y aprobó para ser publicado.
De todos modos, Méndez no descarta la posibilidad de que las señales electromagnéticas producidas por las nubes de hidrógeno estén relacionadas con vida en otros planetas. Lo explicó así: “No lo podemos descartar, pero sí lo dudamos mucho. Tenemos una explicación natural, y está explicación siempre será la mejor para referirnos a algún fenómeno espacial hasta que no surjan pruebas de lo contrario”.
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Cuando se cumplen 49 años del registro único de la señal “¡Wow!, los astrónomos no pierden las esperanzas de descifrarla en un futuro próximo gracias a los avances tecnológicos logrados en los últimos tiempos, pero hasta que esto ocurra, su verdadera naturaleza seguirá siendo un enigma.
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