
La salud mental de los adolescentes no se forja solo en la familia o en la genética: el círculo de compañeros en la escuela también deja una huella medible en el riesgo de desarrollar trastornos como la ansiedad o la depresión. Esa es la conclusión central de un estudio de cohorte finlandés publicado en JAMA Psychiatry, que analizó datos de más de 600.000 jóvenes nacidos entre 1985 y 2000.
La investigación, liderada por Jussi Alho y colaboradores de la Universidad de Helsinki, es una de las más amplias realizadas hasta la fecha sobre la influencia de los pares en la salud mental adolescente. El seguimiento se extendió desde los 17 años de cada participante hasta su primer diagnóstico, su emigración, su fallecimiento o el 31 de diciembre de 2023.
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De los 604.819 integrantes de la cohorte, 234.117 recibieron un diagnóstico de trastorno mental durante un seguimiento medio de 11,7 años. Los investigadores midieron dos tipos de exposición: los diagnósticos propios de los compañeros y lo que denominaron “puntuaciones de riesgo genético basadas en la familia” (FGRS), es decir, la predisposición inferida a partir de los diagnósticos de parientes de primer a quinto grado.

Los resultados mostraron que ambas exposiciones se asociaron con un mayor riesgo de diagnóstico posterior. Las asociaciones más fuertes para los trastornos externalizantes —como los conductuales o por consumo de sustancias— se observaron en la escuela secundaria superior, con un cociente de riesgo de 1,34 (IC del 95%: 1,29-1,38). Para los trastornos internalizantes —ansiedad, depresión— el efecto más pronunciado también apareció en ese mismo entorno escolar, con un cociente de 1,17 (IC del 95%: 1,15-1,18).
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El efecto fue más pronunciado entre compañeros que asistían a la misma escuela que entre quienes simplemente vivían en la misma zona, sobre todo en la adolescencia tardía.
Que un trastorno mental pueda “transmitirse” entre adolescentes no significa que funcione como una enfermedad infecciosa según los expertos. Los autores del estudio utilizan ese término para describir cómo las emociones, los comportamientos y las normas sociales pueden propagarse entre pares con el tiempo e influir en la salud mental.

Un entorno con mayor conciencia sobre salud mental y menor estigma, por ejemplo, puede llevar a que más jóvenes busquen ayuda y, con ello, acumulen más diagnósticos en un mismo grupo. El estudio no pudo comprobar este mecanismo, pero lo señala como una explicación plausible.
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Las asociaciones tampoco se explicaron por la predisposición genética de los propios participantes ni por la posición socioeconómica de sus padres, lo que refuerza el peso independiente del entorno de pares.
El tamaño de la muestra es una fortaleza, pero el uso de “datos de registro” —historiales médicos, matrículas escolares— impone restricciones importantes.
Los datos no permiten saber si las personas se conocían o eran amigas. La definición de “red de pares” se construyó a partir del año escolar, el curso o el código postal, no de vínculos relacionales reales. Eso implica que los efectos detectados podrían reflejar condiciones ambientales compartidas: la cultura de cada escuela, los enfoques pedagógicos, las características del vecindario o el acceso a espacios verdes.
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El estudio tampoco consideró factores como la identidad de género, la etnia, el entorno escolar específico ni hábitos de vida —tabaco, alcohol, ejercicio— que inciden en la salud mental adolescente.
El hallazgo llega en un momento en que los problemas de salud mental juvenil van en aumento en varios países. En Australia, las tasas de ansiedad en jóvenes pasaron del 13% al 28% en los últimos 15 años, y los intentos de suicidio se duplicaron en el mismo período, según datos citados por los investigadores.
Para entender cómo se propagan estos problemas dentro de las redes de pares, todavía se necesitan investigaciones que distingan entre dos fenómenos distintos: la selección de pares —la tendencia a elegir amigos similares a uno mismo— y la influencia de pares, es decir, cómo los amigos se modifican mutuamente con el tiempo.
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Los autores del estudio concluyen que “el entorno entre pares, particularmente en la educación secundaria superior, está asociado con trayectorias de salud mental” y que “se necesita más investigación para dilucidar los mecanismos subyacentes a estos hallazgos”.
La relevancia práctica de los hallazgos apunta directamente a las instituciones educativas. Los programas de salud mental que aprovechan la influencia de los compañeros aparecen como una herramienta con potencial preventivo real.
En Australia, una iniciativa llamada “Mind your Mate” ya mostró resultados prometedores para reducir el riesgo de depresión en adolescentes mediante la educación sobre salud mental y el apoyo entre pares. Los investigadores señalan que mejorar la salud mental adolescente implica invertir en las personas y los lugares que rodean a los jóvenes, con las escuelas y comunidades como espacios donde se forjan —y pueden reforzarse o deteriorarse— esas relaciones.
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