
Un artículo publicado en npj Aging sostiene que esa relación, lejos de ser una curiosidad estadística, puede abrir nuevas vías para entender los mecanismos biológicos de ambas enfermedades y orientar tratamientos todavía inexistentes o insuficientes.
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La nota periodística fue escrita por la doctora L. Rebekah Feng, directora de Programa en el Instituto Nacional sobre el Envejecimiento (NIA/NIH) para la Colaboración en la Intersección entre el Cáncer y la Enfermedad de Alzheimer (CADIC), que vincula ese debate científico con una experiencia personal: la muerte de su esposo por glioblastoma el 17 de agosto de 2025, a los 46 años, tras 15 meses de tratamiento.

En el artículo describe cómo el tumor cerebral no solo terminó con su vida, sino que antes lo fue despojando de recuerdos y funciones que, según plantea, evocaban de forma trágica el deterioro que produce el Alzheimer.
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Según la autora, “este curioso fenómeno de correlación inversa entre el cáncer y la enfermedad de Alzheimer tiene el potencial de impulsar la innovación y ayudar a identificar objetivos terapéuticos para nuevas intervenciones clínicas en ambas patologías".
La relación inversa aparece en estudios poblacionales y también en el cerebro

Según la publicación, el cáncer sigue siendo uno de los diagnósticos más extendidos en Estados Unidos: casi 40% de la población lo recibirá alguna vez y se estimaban 618.120 muertes en 2025. En paralelo, una de cada tres personas de 85 años o más será diagnosticada con Alzheimer, una enfermedad que ya afecta a siete millones de estadounidenses.
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A nivel de cifras, el Alzheimer representa entre el 60 y el 70% de todos los casos de demencia, y se estima que actualmente más de 55 millones de personas viven con algún tipo de esta enfermedad a nivel global. Los expertos anticipan que esta cifra podría triplicarse hacia 2050 si no se encuentran estrategias efectivas de prevención y tratamiento.
El artículo subraya que ambas patologías comparten factores de riesgo, en especial el envejecimiento, pero avanzan en direcciones biológicas opuestas. El cáncer implica proliferación celular sostenida; el Alzheimer, aumento de la muerte neuronal. Uno evade la supresión del crecimiento y la destrucción inmunitaria; el otro intensifica la supresión del crecimiento y la activación inmune.
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La revisión plantea además que el fenómeno no se explica, según estudios previos, por sesgos habituales como el riesgo competitivo de muerte, errores diagnósticos o la supervivencia selectiva. También cita que los antecedentes de cáncer se asocian con una aparición más tardía del Alzheimer, con un efecto dependiente de la dosis: las personas con dos cánceres de distinto origen desarrollaron la enfermedad más tarde que quienes tenían uno solo o ningún antecedente.
Esa hipótesis no surge solo de grandes registros poblacionales. La autora recuerda un estudio con muestras del University of Kentucky Alzheimer’s Disease Research Center, donde un diagnóstico previo de cáncer se asoció con menor carga patológica de Alzheimer, en particular con menos ovillos neurofibrilares y menos placas amiloides.
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La misma singularidad no apareció en otras patologías neurodegenerativas no vinculadas al Alzheimer. El patrón inverso tampoco se observó con cuerpos de Lewy, TDP43 ni con lesiones cerebrovasculares, lo que refuerza la idea de que la asociación podría responder a mecanismos específicos de esta enfermedad y no a un rasgo general del envejecimiento cerebral.
En dos estudios con tejidos cerebrales post mortem de pacientes con glioblastoma, las regiones con depósitos de beta amiloide y tau fosforilada mostraron poca o ninguna infiltración tumoral cortical. En cambio, donde la infiltración del tumor era más extensa, la patología típica del Alzheimer era menor.
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Los mecanismos que podrían explicar el fenómeno

La revisión describe un posible intercambio evolutivo entre ambas enfermedades. Entre los ejemplos menciona que las mutaciones con pérdida de función de p53, una proteína supresora de tumores, conocida como el “guardián del genoma”, favorecen la proliferación celular en cáncer, mientras que la activación de esa vía en el sistema nervioso central induce agregación de tau y ovillos neurofibrilares.
También destaca el papel de PIN1, una isomerasa muy expresada en la mayoría de los cánceres. Esa proteína favorece una vía no amiloidogénica de la proteína precursora amiloide y reduce la hiperfosforilación de tau, dos procesos relevantes en la biología del Alzheimer.
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La neuroinflamación crónica ocupa un lugar central en la patogénesis del Alzheimer, mientras que el cáncer prospera cuando las células malignas eluden el reconocimiento y la eliminación por parte del sistema inmune.

La autora sostiene que la singularidad del vínculo con Alzheimer, y no con otras enfermedades neurodegenerativas marcadas también por muerte celular e inflamación, sugiere mecanismos todavía más específicos. Entre ellos menciona que la proteína precursora amiloide y el beta amiloide han mostrado funciones supresoras de tumores in vitro y en vivo, además de modular funciones antitumorales de las células T.
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El texto agrega que APOE4, la principal variante monogénica de riesgo para Alzheimer de inicio tardío, se asocia con mejores resultados en melanoma. También señala que niveles elevados de tau se relacionan con mutaciones IDH1 en glioma y con mejor pronóstico al inhibir EGFR.
Los datos genómicos abren una agenda de investigación común
La revisión propone usar esa paradoja para acelerar terapias. Cita un estudio reciente en el que la cistatina C secretada por células tumorales periféricas redujo la carga amiloide y rescató la cognición en modelos murinos de Alzheimer mediante la activación de TREM2 en la microglía.

“Es interesante porque conecta dos mundos que siempre se vieron como opuestos: cáncer y Alzheimer. El estudio sugiere que una proteína tumoral, la cistatina C, puede “despertar” a la microglía para limpiar amiloide vía TREM2. No es que el cáncer proteja, sino que el organismo activa señales que podríamos intentar reproducir terapéuticamente", explicó a Infobae el neurólogo Alejandro Andersson.
El artículo también sugiere explorar si la propagación de tau a través de redes neuronales interconectadas podría aprovecharse para frenar la infiltración del glioblastoma u otros tumores cerebrales primarios. Menciona además que la investigación sobre estimulación gamma evocada por los sentidos en Alzheimer podría aportar claves para superar el microambiente inmunosupresor del glioblastoma, uno de los obstáculos de la inmunoterapia.
Entre las pistas pendientes, la autora destaca diferencias por sexo y genética. Las mujeres tienen el doble de probabilidad de desarrollar Alzheimer que los hombres, pero un riesgo global menor de cáncer; y las personas con síndrome de Down tienen un riesgo de por vida superior al 90% de padecer Alzheimer, aunque la incidencia de tumores sólidos es menos de la mitad que en la población general.

Según npj Aging, el momento es propicio para unir ambos campos por la escala de los datos disponibles. El Alzheimer’s Disease Sequencing Project reúne 58.507 genomas completos de pacientes con Alzheimer, mientras que el Global Neurodegeneration Proteomics Consortium acumuló 40.000 muestras y 300 millones de mediciones proteicas únicas.
En oncología, The Cancer Genome Atlas caracterizó molecularmente 33 tipos de cáncer en más de 11.000 pacientes, y la iniciativa GAME-ON agrupó datos genotípicos de 33 estudios y 500.000 muestras. La autora plantea que el cruce de esos repositorios con inteligencia artificial y técnicas de armonización de datos permitiría identificar biomarcadores, probar hipótesis con biobancos ya existentes y superar las limitaciones de potencia estadística que frenan muchos trabajos.
La infraestructura institucional también existe. Hoy funcionan 35 Alzheimer’s Disease Research Centers financiados por el National Institute on Aging en 25 estados, 73 centros oncológicos designados por el National Cancer Institute y más de 30 instituciones albergan ambos tipos de centros, una base que, según el artículo, podría facilitar equipos interdisciplinarios, talleres específicos y nuevos mecanismos de financiamiento.
Finalmente, Feng señaló: “El cáncer y la enfermedad de Alzheimer, dos de los diagnósticos más temidos a nivel mundial, representan profundos desafíos para la salud pública que requieren una atención y recursos considerables en la investigación biomédica. La convergencia de estas dos disciplinas ofrece una oportunidad sin precedentes para comprender los mecanismos fundamentales de riesgo y resiliencia en ambas enfermedades. Este conocimiento es esencial para desarrollar nuevas estrategias terapéuticas que permitan prevenir y tratar dos de las enfermedades más devastadoras de nuestro tiempo. La innovación transformadora no es solo una aspiración, sino una necesidad urgente tanto en el cáncer como en la enfermedad de Alzheimer. Para millones de pacientes y familias como la mía, el tiempo es un lujo que no podemos permitirnos".
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