
Diego Biscione tiene 57 años, cuerpo de rugbier y un apellido que nadie asocia al rock. Pero durante más de una década fue la sombra que caminó al lado del Indio Solari en cada show, en cada vuelo, en cada votación que terminó en desborde. Lo llamaban Pelusa. Fue el Indio quien le puso ese apodo, y lo explicó en una entrevista con Mario Pergolini: “Como que lo tengo encima”. Y el Indio hizo el gesto de limpiarse la pelusa del hombro.
Solari murió el 5 de junio de este año, a los 77 años. Dos días después, cientos de miles de personas formaron una fila de 70 cuadras en Avellaneda para despedirlo. Infobae registró esa marea: gente que llegaba desde Santa Rosa, desde Paso de los Libres, desde Catamarca. Gente que lloraba con hipo y moco frente al cajón, que cantaba Jijiji en la vereda y después caía en la cuenta de que el Indio estaba muerto.
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Diego Biscione no fue al velorio. “Yo lo que di, lo di en vida”, dice. Y con esa frase seca, sin adorno, resume veinte años de un vínculo que conoció los vuelos privados, los camarines sellados, las cartas entregadas en mano a las familias de los muertos de Olavarría y los sobres de fin de año que el Indio le mandaba aparte del sueldo. Un vínculo que el propio Solari definió en una dedicatoria que Biscione guarda en un libro: “Amigazos pocos tengo. Te agradezco tu acompañamiento cuando lo he necesitado”.
El guardaespaldas del Indio recibió a Infobae en su departamento de la zona oeste del conurbano y se prestó para una larga charla. En el living de su casa convive una tele enorme en la que se ven los partidos del Mundial 2026 en loop y una foto del mismo tamaño en la que aparece Solari junto al Indio durante la gira de Porco Rex.
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De los boliches del oeste al camarín del Indio Solari
Antes del Indio hubo boliches en la vida laboral de Diego. Diego Biscione empezó en la seguridad a mediados de los 80, cuando tener un gimnasio en el oeste del Gran Buenos Aires y trabajar los fines de semana en la puerta de un boliche era una combinación lógica para un pibe corpulento que jugaba al rugby.
“No éramos los golpeadores, como decían”, aclara. El negocio, explica, era otro: “Si vos te peleás, primero tenías problemas con la policía, porque por más que labures para el boliche, ibas detenido si le llegabas a pegar a alguien. Y después en una pelea vos te rompés la ropa. El negocio no era ese”.
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De los boliches pasó a la política. Un intermediario le consiguió un lugar como custodio del intendente de Morón Juan Carlos Rousselot. Dos años en el palacio municipal, manejando la llegada del funcionario, las esperas en la oficina, los movimientos de salida.

Después vino Tech, una empresa de seguridad ligada al fútbol donde estuvo casi nueve años y donde hizo cursos de evasión, obtuvo portación de armas y aprendió lo que los boliches no enseñan: que la seguridad privada de alto nivel no es fuerza bruta sino anticipación. “La seguridad, cuando llega el problema, ya falló”, dice.
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Fue en ese período, alrededor de 2004, cuando lo llamó Diana, una amiga del Indio que había trabado relación con Solari en los tiempos de El Cielito, durante la era de Los Redondos. El marido de Diana era Julio Sáez, músico y mánager del Indio que estaba armando desde cero la banda que acompañaría al cantante en su etapa solista: Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado.
“Me dice: ‘Mirá, estamos con un proyecto nuevo para de acá a un año. Pensamos que sos la persona indicada. Ahora, yo no te puedo prometer nada, porque el Indio es un tipo muy especial’”. Biscione aceptó sin condiciones. “Le digo: ‘Bueno, dale’”. Y esperó casi un año hasta que lo llevaron a conocer a Carlos.
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El primer viaje, el asiento adelante y el carro de la azafata
La primera prueba de fuego fue una van con el parabrisas muy inclinado y el Indio que quería sentarse adelante.
“Julio me dice: ‘Decíselo vos’”. Biscione lo encaró con la lógica del oficio: “Le digo: ‘No es aconsejable. Cuando lleguemos allá, si hay gente, yo estando atrás no puedo hacer nada. Te van a ver enseguida, se van a tirar arriba del auto’”. El Indio se sentó atrás. “Ahí fui como rompiendo un poquito el hielo”.
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El segundo test fue el único vuelo de línea que hicieron juntos. Iban a Salta. Apenas la gente dentro del avión reconoció al Indio, el orden se disolvió. “Se me venía toda la gente así para adelante. Yo trabé el carro de la azafata de la comida con el pie”. Para bajarlo tuvieron que esperar a que desembarcara el resto del pasaje, parapetados detrás de una cortina. “Ahí dijo nunca más”. Desde entonces, los traslados aéreos fueron en aviones privados o por vía terrestre a las siguientes misas ricoteras de Mendoza, Gualeguaychú, Tandil y Olavarría.
Biscione describe su método con una economía de palabras que parece diseñada para no dejar fisuras. “Yo siempre soy el último filtro. Si llegan a mí, es porque falló todo lo demás”. En los recitales masivos, el chofer tenía tres rutas alternativas memorizadas para llegar al predio del show. Las tres, el día del show, estaban atoradas de gente. “Hubo veces que tuvimos que entrar entre la gente, no sé, cinco o seis cuadras entre toda la monada. Y el Indio decía: ‘Che, estos no me ven’. Porque íbamos en una van con vidrio negro. Digo: ‘No, quedate tranquilo’”. Nunca llegaron a un show en helicóptero, a pesar del mito. “Nunca quiso subir a un helicóptero. Nunca”.
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El camarín sellado, el yoga y los nervios antes de salir
Biscione era el único con acceso directo a la suite del Indio. “Él estaba en su habitación y yo estaba al lado pegado”. La familia viajaba, pero se alojaba en otro sector. “Él siempre decía que iba a trabajar, que estaba todo el año con la familia. Era muy profesional en eso”.
En el camarín, la dinámica era más estricta. Había una zona para la familia, el mánager, el círculo íntimo. Y después estaba la parte de él. “Cuando ya él se metía ahí, me decía: ‘Diego, no entra nadie’. Y nadie era nadie. Ni la mujer, ¿eh?”.
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Biscione se quedaba en la puerta. Adentro, el Indio hacía yoga y calentaba la voz. Lo que sí pudo ver, con los años, fue que los nervios previos al show eran reales. “A veces veía que tenía los labios cortados”.
La prueba de sonido era los viernes antes del show. El Indio tocaba tres o cuatro temas, preguntaba si su parte estaba bien y se iba. La banda ensayaba sola el resto. En Olavarría, después de la prueba, bajó del escenario y fue con la van hasta varias torres de sonido que estaban hacia atrás del campo. Quería escuchar cómo llegaba el audio a distintos puntos del predio. “Él en eso estaba, se fijaba en todo”.

El momento en el ascensor de Mendoza
En Mendoza, un enólogo de Catena Zapata los invitó a probar un vino de cosecha vieja. Todos en la mesa fueron probando un poco. Biscione dijo que no. Y el Indio intervino: “Diego es muy profesional en eso”.
Era una regla que Biscione mantuvo en todos los backstages de festejo, cuando el Indio le ofrecía insistentemente que tomara algo. “Yo estoy trabajando”.
Ese mismo viaje a Mendoza dejó otra escena que Biscione recuerda con una mezcla de incomodidad y humor. Tenía que bajar al Indio desde la habitación del hotel. Los ascensores principales estaban cargados y lo iban a reconocer al instante. Alguien del personal les indicó que había otro, de carga, usado por el equipo de limpieza. Era pequeño, angosto, diseñado para mover mercadería y no personas.
“Cuando abro, digo: ‘Vamos’”. Entraron los dos. No había espacio para nadie más.

El problema era que el Indio era medio claustrofóbico. Biscione lo sabía, pero no tenía alternativa. “Entonces, yo subo, yo no tenía mucha confianza todavía”. Entró él primero, después el Indio, pegados. El ascensor era tan estrecho que Biscione no sabía cómo pararse. Optó por darse vuelta, quedar de espaldas al Indio, mirando la puerta. El ascensor empezó a bajar despacio.
Fue entonces cuando el Indio habló. “Me dice: ‘Uy, acá te agarré justo’”. Como diciendo: acá no podés hacer nada. “Y nada, él te va rompiendo el hielo y vos vas entrando en confianza”.
Biscione cuenta la anécdota sin dramatismo, pero lo que describe es el momento exacto en que una relación laboral empieza a convertirse en otra cosa. Dos hombres en un ascensor de carga, uno de espaldas al otro, bajando en silencio hacia un show multitudinario. El custodiado le hace una broma al custodio. “Igual, creo que siempre tuve los pies bien puestos donde estaba. Yo nunca me abusé de la confianza. Y eso creo que me marcó mucho”.
En el camarín no había excentricidades. “Yo no veía cosas extravagantes, nada”. El té con jengibre para la garganta lo preparaba siempre el mismo equipo de producción, que ya conocía los pedidos de memoria. Y el whisky, sí.

Olavarría: el tipo que subió al escenario, la caída y el enojo del Indio
En toda la etapa que Biscione trabajó con él, solo una vez alguien llegó al escenario. Fue en Olavarría.
“Nunca había pasado, ¿eh? En la etapa que yo estuve con él”. El tipo subió por donde estaba el sector del periodismo. Biscione lo interceptó. “Lo llego a sacar justo antes que lo agarre a él. Me caigo con el tipo para atrás, que está grabado en un video”. Lo sacó por la escalera de atrás, que ese día no tenía personal de seguridad. “Estaba todo raro. ¿Cómo llega ese tipo ahí?”.
Esa noche, el Indio se enojó. “Me dice: ‘¿Vos qué tenías que demostrar tu poderío ahí, si por ahí me saludaba y ya estaba?’”. Biscione le respondió con la lógica del oficio: “Le digo: ‘Yo no puedo esperar a ver si te va a saludar o el tipo te viene a lastimar’”. El Indio escuchó. “Me dijo: ‘Bueno, si vos decís, listo’. Y después me pidió disculpas”.

Las cartas a las familias de Olavarría y un trabajo que “muere conmigo”
Después de la tragedia de Olavarría, el Indio llamó a Biscione con un encargo que el guardaespaldas no quería aceptar. Tenía que entregar en mano, a las familias de los dos fallecidos, una carta personal del Indio.
“Le digo: ‘Mirá, pedime cualquier cosa’. Pero me dice: ‘Yo estoy seguro que dándotela vos, yo sé que va a llegar’”. Biscione fue. “Tuve que hacer todo un laburito y con gente, porque había lugares bastante medio complicados”. Llegó a la hermana de uno de los chicos. A la otra familia no la encontró: habían viajado. Un vecino le dijo que dejara la carta en el buzón y que él les avisaría. “La recibieron”.
Lo que pasó después, Biscione lo cuenta sin amargura pero con precisión: “Por un tema de que había juicio en el medio, abogados, siempre decían que nunca se había comunicado. Pero eso lo hice yo”.
Con los años, el Indio le dijo algo que Biscione repite con la misma cadencia con que debió haberlo escuchado la primera vez: “Vos conociste la miseria del artista”. Y aclaró: “Son cosas que son muy íntimas y por ahí uno no las cuenta. De cualquier persona, de cualquier intimidad”. Biscione asiente, piensa unos segundos y afirma: “Eso es algo que muere conmigo”.

La foto en el libro de Porco Rex y el dibujo que no sabía que era él
Entre los objetos que el Indio le regaló con los años hay dos que Biscione menciona con algo parecido al orgullo contenido.
El primero es el libro de fotografías editado para la gira Porco Rex, que reunía imágenes de toda la banda. Biscione aparece en una de las fotos. No sabía que estaba. “Cuando él me lo regaló, después me lo dedicó. Yo digo: ‘Mirá, toda la banda y yo qué carajo hago acá’”. El Indio le explicó que había pedido que lo incluyeran. La dedicatoria dice: “Amigo, gracias por protegerme. Un abrazo siempre, Indio”.
El segundo es un dibujo. El Indio dibujaba y en algún momento hizo uno que era Biscione. “Un amigo me dice: ‘Boludo, te hizo a vos’. Le digo: ‘No, qué’”. Era él.

En la entrevista con Pergolini, el Indio aclaró que tenía custodia, pero no quería ni portación de armas ni miembros de fuerzas de seguridad. “A mí me siguen muchos piruchos”, dijo el Indio, “y no sea cosa que alguno malinterprete una letra y termine como John Lennon”.
Durante los años del Indio solista, Biscione mantuvo en paralelo su trabajo en Tech, la empresa de seguridad ligada al fútbol. El arreglo era simple: cuando el Indio lo llamaba, él se iba. “La prioridad era el Indio”.
Viajó un año y medio con el plantel de River en la primera etapa de Marcelo Gallardo. Hacía la avanzada, preparaba la llegada al hotel, manejaba los movimientos del plantel en los pasillos, los ascensores, los desayunos en hoteles de cinco estrellas donde había gente circulando. Después lo mandaron a Racing.

La votación que fue la última, el fibrón en la cara y la gorra arrancada
Votar era un problema logístico de primer orden. El Indio quería cumplir con su derecho. El Indio no quería ir con cuatro o cinco custodios. Y el Indio vivía cerca del lugar donde votaba, lo cual significaba que la gente sabía exactamente dónde buscarlo.
“La última votación fue un descontrol. La gente subía por arriba de los autos, estábamos cerca de la casa”. Biscione le dijo que si no aceptaba ir con refuerzos, no podía votar más. “Me dijo: ‘Pero yo quiero cumplir con mi derecho de ir a votar’”. La decisión final tomada por el Indio y su entorno fue dejar de ir a votar. “La última vez fue un desastre”.
En esa última votación, en medio de la maraña de gente, un tipo le pegó un manotazo a la gorra del Indio. No se la sacó, pero el impacto fue real. Biscione la recuperó. “La manoteé al piso, lo subí al auto y nos fuimos”. Otro día, alguien le clavó un fibrón en la cara a Biscione mientras intentaba abrirle paso. “Eso era a veces molesto para él. Entonces yo tenía que estar cubriendo siempre eso”.
El Indio no quería dar la imagen de alguien muy custodiado. “Le gustaba que la gente esté cerca”. Y Biscione entiende esa contradicción mejor que nadie: “Él siempre decía: hasta que no se llevan su souvenir, no van a parar”.
En los años en que Biscione iba a visitar al Indio a su casa, el artista estaba siempre trabajando. Leía a la mañana, escribía, y en las últimas visitas tenía una guitarra pequeña con la que tocaba mientras charlaban. “Me mostraba las bases de los temas que iban a salir”.

Después de Olavarría: el Parkinson, Gastón y el alejamiento
La enfermedad ya estaba cuando llegó Olavarría. Biscione lo sabía. “Yo para mí daba para mucho más”. En alguna conversación le dijo al Indio que mirara el ejemplo de Charly García, que seguía tocando. El Indio le respondió con una frase que Biscione repite textual: “Yo no quiero dar lástima en el escenario”.
Después de Olavarría, apareció Gastón Daus en la casa del Indio. Su función era asistirlo en lo cotidiano, acompañarlo en la enfermedad. “Él estaba más para asistirlo en su casa. Yo hago seguridad. No hago ese laburo”. Biscione siguió disponible para salidas o traslados médicos, pero la dinámica había cambiado. “Yo cuando él ya no necesitó lo que era la seguridad, yo estaba siempre a disposición, pero me alejé en ese sentido”.
Velatorio del Indio Solari en Avellaneda
El velorio que no fue y las 70 cuadras de Avellaneda
Cuando el Indio murió, el barrio donde vivía empezó a llenarse de gente. La policía instaló vallas. El gobierno de la provincia de Buenos Aires organizó la capilla ardiente en el Polideportivo José María Gatica, en Domínico, Avellaneda. La fila llegó a ocupar 70 cuadras hasta el Puente Pueyrredón. Adentro del polideportivo había un cajón simple, una pantalla con la leyenda “1949 - ∞” y una alfombra de remeras y banderas de Posadas, José C. Paz, Mar del Plata, Tucumán. Afuera, en la avenida Mitre, sonaban los parlantes como bombas pequeñitas y se improvisaba el pogo más grande del mundo cada vez que arrancaba Jijiji.
Biscione no fue. Se enteró por un amigo en común, que Virginia nombra en sus comunicados. “Me dijo: ‘Diego, quedate tranquilo, porque ahora acá no puede entrar nadie’”. Después entró el Estado, el gobierno, los protocolos. “¿Qué vas a hacer ahí?”.
Le mandó sus condolencias a la familia. “Lo que necesiten, de ahora en más para ellos”. Y no fue al velorio. “Yo lo que di, lo di en vida. Yo lo sentí así”.
La última imagen que tiene del Indio en la casa es la de un hombre que a la mañana leía, después escribía y a veces tocaba una guitarra pequeña. Que cuando Biscione llegaba de visita le decía que se sentara y le ponía a escuchar las bases de los temas nuevos. Que le preguntaba por sus hijos. Que le dijo una vez, mirándolo a los ojos: “Vos conociste la miseria del artista”. Y que eso, dice Biscione, muere con él. Es su máximo secreto.
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