Cómo los horarios irregulares de sueño pueden afectar la memoria y el lenguaje infantil

La investigación muestra que la constancia en las rutinas diarias impacta la adquisición de palabras y la retención de información visual, incluso si se cumplen las horas recomendadas para descansar

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Ilustración de un niño durmiendo de lado en la cama con un cerebro luminoso sobre su cabeza, rodeado de letras, libros y fotos flotantes. Un osito de peluche está a su lado.
Los horarios irregulares de sueño en la infancia temprana se asociaron con peores resultados en memoria y lenguaje infantil (Imagen Ilustrativa Infobae)

Dormir lo suficiente suele ser una de las grandes preocupaciones de las familias con niños pequeños. Pero una nueva línea de evidencia apunta a otra pregunta igual de importante: no solo cuánto duermen, sino si logran mantener una rutina de descanso estable.

En la infancia temprana, el sueño participa en procesos centrales para el desarrollo cerebral. Ayuda a consolidar recuerdos, ordenar aprendizajes y sostener funciones que los chicos usan todos los días, como comprender palabras nuevas, reconocer imágenes o recordar información visual. Por eso, los cambios frecuentes en la hora de acostarse y levantarse podrían tener un impacto más profundo de lo que parece.

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Un trabajo presentado en el congreso SLEEP 2026, la reunión anual de la Associated Professional Sleep Societies, analizó esta relación en niños en edad preescolar. La investigación, difundida por la Academia Americana de Medicina del Sueño (AASM), encontró que los patrones irregulares de sueño se asociaron con peores desempeños en tareas verbales y de memoria, incluso cuando los chicos dormían una cantidad adecuada de horas.

Infografía ilustra la relación entre horarios irregulares de sueño infantil y sus efectos en el lenguaje y la memoria, mostrando un niño durmiendo, relojes y cerebros.
El estudio presentado en SLEEP 2026 mostró que la regularidad del sueño importa incluso cuando los niños duermen las horas recomendadas (Imagen Ilustrativa Infobae)

La diferencia es clave. Hasta ahora, buena parte de las recomendaciones familiares se concentraban en alcanzar un número mínimo de horas de descanso. Para los niños de entre 3 y 5 años, la AASM recomienda dormir entre 10 y 13 horas por noche de manera regular. Pero los nuevos datos sugieren que cumplir con esa duración no siempre alcanza si los horarios cambian demasiado de un día a otro.

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Por qué la regularidad del sueño importa en los primeros años

El estudio fue dirigido por Karolina Rusin, estudiante de posgrado de la Universidad de Massachusetts Amherst, y evaluó a 379 niños en edad preescolar, con una edad promedio de 4,3 años. Para medir sus patrones de descanso, el equipo utilizó actígrafos, dispositivos que registran los ciclos de sueño y vigilia a lo largo del tiempo.

Los registros mostraron que los preescolares no dormían siempre con la misma regularidad. En promedio, la cantidad de sueño cambiaba cerca de una hora entre una noche y otra.

Por ejemplo, un niño podía dormir 10 horas un día y 11 al siguiente. También variaba el horario central del descanso: si una noche dormía de 21 a 7, la mitad del sueño era a las 2 de la mañana; si otra noche dormía de 22 a 8, ese punto pasaba a las 3. En el estudio, ese desplazamiento rondaba los 32 minutos durante la semana.

(Imagen Ilustrativa Infobae)
La AASM recomienda que los niños de 3 a 5 años duerman entre 10 y 13 horas por noche de manera regular (Imagen Ilustrativa Infobae)

Ese dato puede parecer menor, pero para el reloj biológico infantil no necesariamente lo es. El organismo funciona con ritmos circadianos, una especie de sistema interno que ayuda a ordenar cuándo el cuerpo está preparado para dormir, despertarse, prestar atención o procesar información. Cuando los horarios se desplazan de manera frecuente, ese sistema puede desajustarse.

La AASM describe este fenómeno como “desfase social”: una diferencia entre el ritmo biológico del niño y los horarios impuestos por la rutina familiar, escolar o social. En términos simples, ocurre cuando el cuerpo espera dormir y despertarse a determinada hora, pero la agenda cotidiana lo empuja a hacerlo en otros momentos.

Qué mostró el estudio sobre vocabulario y memoria visual

El trabajo encontró que una mayor variabilidad en el punto medio del sueño se relacionó con puntajes más bajos en vocabulario receptivo. Esta habilidad se refiere a la capacidad de comprender palabras, no necesariamente de pronunciarlas. Es una función básica para la comunicación, el aprendizaje escolar y la interacción cotidiana.

También se observó que las variaciones en la duración del sueño y el mayor desfase social se asociaron con peores resultados en pruebas verbales. En otras palabras, los niños con horarios más cambiantes tendieron a rendir peor en tareas vinculadas con el lenguaje, aun cuando el total de horas dormidas estuviera dentro de lo recomendado.

(Imagen Ilustrativa Infobae)
La investigación evaluó a 379 niños en edad preescolar con actígrafos para medir los ciclos de sueño y vigilia (Imagen Ilustrativa Infobae)

La memoria visuoespacial también apareció afectada. Esta capacidad permite recordar formas, posiciones, ubicaciones y detalles visuales. Es importante para actividades tan distintas como armar un rompecabezas, reconocer patrones, orientarse en un espacio o empezar a vincular letras y formas durante el aprendizaje inicial.

En este caso, el desempeño fue menor cuando había más variabilidad en el punto medio del sueño y mayor desfase social. No se observó la misma relación con la duración total del descanso. Esto refuerza una idea central del estudio: la regularidad del horario podría tener un peso propio, separado de la cantidad de horas dormidas.

No todas las funciones cognitivas respondieron igual

El análisis no encontró una asociación significativa entre la irregularidad del sueño y la atención ejecutiva. Esta función permite sostener la concentración, inhibir impulsos y cambiar de una tarea a otra. En adultos, los cambios de sueño suelen afectar con claridad este tipo de capacidades. En el grupo evaluado, en cambio, esa relación no apareció.

Esa diferencia es importante porque evita una lectura exagerada de los datos. El estudio no indica que todos los aspectos del desarrollo cognitivo se vean afectados de la misma manera por los horarios irregulares. Más bien, sugiere que algunas habilidades, como el lenguaje y la memoria visual, podrían ser más sensibles a la inestabilidad del descanso en esta etapa de la vida.

Una madre acomoda la manta de un niño dormido en la cama, con una representación translúcida del cerebro sobre el niño que resalta las áreas de lenguaje y memoria.
La variabilidad en el punto medio del sueño se relacionó con puntajes más bajos en vocabulario receptivo (Imagen Ilustrativa Infobae)

Para las pruebas, 322 niños participaron en evaluaciones de vocabulario receptivo, 62 en tareas de memoria visuoespacial y 60 en pruebas de atención ejecutiva. La diferencia entre esos tamaños de muestra también debe tenerse en cuenta al interpretar los resultados, ya que las conclusiones sobre memoria y atención se apoyan en grupos más pequeños que las vinculadas al lenguaje.

Qué pueden hacer las familias con esta información

La evidencia no sugiere que una noche de sueño diferente tenga consecuencias significativas en el aprendizaje de un niño. La vida familiar incluye viajes, cumpleaños, enfermedades y fines de semana con otros ritmos. El punto es que, cuando la variación se vuelve habitual, el descanso puede perder una condición importante para el desarrollo: la previsibilidad.

Mantener horarios parecidos para acostarse y despertarse, incluso los fines de semana, puede ayudar a ordenar el sueño. También sirven las señales previas al descanso, como reducir pantallas, bajar la intensidad de la actividad o repetir una rutina breve antes de dormir.

Adulto y niño sentados en el suelo, con cerebros luminosos flotando sobre sus cabezas, conectados por rutas de luz que muestran escenas ilustradas.
El desfase social y los cambios en la duración del sueño se asociaron con peores desempeños en pruebas verbales (Imagen Ilustrativa Infobae)

El estudio muestra asociaciones, no causalidad. Es decir, no prueba que los horarios irregulares sean la causa directa de los peores puntajes en lenguaje o memoria. También pueden influir otros factores, como el ambiente familiar, el estrés, los hábitos nocturnos, la salud general o las diferencias individuales en el desarrollo.

Además, los resultados fueron presentados en un congreso científico y forman parte de un resumen académico, por lo que necesitan ampliarse con nuevos estudios y seguimientos más largos. Aun así, el mensaje central es claro. En los primeros años de vida, dormir bien no depende solo de sumar horas. La regularidad de los horarios también parece importar para el desarrollo infantil.

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