
En la Italia del siglo XVIII, donde el acceso femenino al conocimiento era excepcional y mayoritariamente doméstico, Cristina Roccati logró abrirse paso hasta obtener un título universitario y enseñar física en un espacio público.
Nacida en 1732 en la ciudad de Rovigo, consiguió graduarse en filosofía por la Universidad de Bolonia y dedicó décadas a la enseñanza, impartiendo lecciones en una iglesia local. Según detalla Smithsonian Magazine, su vida representa una ruptura silenciosa pero decisiva con las normas establecidas.
En el presente, su nombre integra la misión PLATO de la Agencia Espacial Europea, al bautizar una de las cámaras del satélite que buscará planetas similares a la Tierra. Tal como señala el artículo, es probablemente la figura menos conocida del conjunto de científicos homenajeados.

Redescubierta por la historiografía moderna
Fue en 1988 cuando la historiadora Paula Findlen, entonces estudiante de doctorado en la Universidad de California, la descubrió en una publicación conmemorativa exhibida en una librería de Bolonia.
Según explicó, ese hallazgo la llevó a regresar a Italia un año después con una beca, para investigar a mujeres eruditas del siglo XVIII. Durante sus visitas a la Accademia dei Concordi, en Rovigo, reconstruyó la historia de Roccati a partir de manuscritos, registros académicos y testimonios de la época.
El saber como recurso familiar en tiempos de crisis
En ese contexto histórico, la instrucción de las mujeres era vista como un atributo de prestigio más que como un camino legítimo. Smithsonian Magazine detalla que muchas familias nobles, empobrecidas tras el declive de la República de Venecia, comenzaron a promover la formación intelectual de sus hijas como alternativa a una dote inalcanzable.
En el caso de Cristina, fue su padre, Giovan Battista Roccati, quien advirtió su talento. Según la misma fuente, le construyó una biblioteca privada y contrató un tutor. A los 15 años, ya dominaba materias como literatura clásica, matemáticas y filosofía natural.

Un ingreso inédito a la educación superior
Dado que la Universidad de Padua impedía la matrícula de mujeres desde el siglo XVII, Roccati viajó a Bolonia en 1747, acompañada por su tía y su tutor, como medida de decoro.
Allí se convirtió en la primera mujer en asistir oficialmente a clases públicas como oyente no residente, según indica Smithsonian Magazine. Su presencia en las aulas, rodeada de estudiantes varones, desafió las costumbres educativas de su tiempo.
Durante tres años cursó estudios de física aristotélica, geometría cartesiana y anatomía, mientras se integraba a la vida intelectual de la ciudad. También cultivó la poesía, una práctica que otorgaba cierto prestigio entre las mujeres instruidas.
En 1751, defendió su tesis en Rovigo ante académicos convocados especialmente, y luego fue examinada en Bolonia, donde recibió su diploma. En su alocución final, según retoma Smithsonian Magazine, expresó: “Al honrarme hoy, honran también a todas las mujeres que aman el conocimiento. Gracias, Universidad de Bolonia”.

Enseñar física desde una iglesia
De regreso en Rovigo, se encontró con un ambiente poco estimulante. Según Smithsonian Magazine, intentó continuar sus estudios en Padua en las áreas de astronomía y física newtoniana, pero un escándalo económico que involucró a su padre la obligó a volver. Para alivianar la situación financiera familiar, se vio forzada a vender su biblioteca personal.
Pese a esas adversidades, enseñó física durante 25 años en el Tempio della Beata Vergine del Soccorso, conocido como La Rotonda, donde ofrecía clases dirigidas en su mayoría a varones.
Según explicó Findlen, dejó un archivo manuscrito de más de mil páginas, repleto de diagramas precisos y caligrafía singular. La historiadora calificó este legado como “un archivo único”.
En 1754, recibió el título de “Príncipe” de la Accademia dei Concordi por su habilidad para transmitir los principios de la física galileana y newtoniana, aunque, según señala el artículo, no todos los sectores vieron con buenos ojos su ascenso.

Una figura eclipsada por la narrativa dominante
Pese a su trayectoria excepcional, su nombre quedó relegado durante siglos. “La mayoría del trabajo científico no consiste en momentos de eureka sino en la vida diaria del conocimiento que se acumula, se enseña y se transfiere a nuevas generaciones”, afirmó Findlen en Smithsonian Magazine.
Desde la curaduría de una exposición dedicada a Roccati en el Palazzo Roncale, la historiadora Elena Canadelli observó que la historia oficial de la ciencia suele destacar únicamente a hombres solitarios y brillantes, lo que (según escribió en el catálogo de la muestra) ofrece una imagen “reductiva” del quehacer científico.
En sintonía con esa reflexión, Athene Donald, física experimental retirada de la Universidad de Cambridge, aseguró que contar con una comunidad científica diversa, en género y origen, permite generar soluciones más amplias y representativas. Según su análisis, distintos enfoques producen mejores ideas, lo que resulta clave para una ciencia al servicio de toda la sociedad.
De la docencia local a la órbita espacial
Cristina Roccati murió en Rovigo en la sexta década de su vida. Su historia, durante mucho tiempo silenciada, comenzó a recuperar visibilidad gracias al trabajo de quienes rastrearon su huella intelectual.
Hoy, su nombre avanza por el cosmos como símbolo de una científica que, tal y como describe Smithsonian Magazine, desafió con determinación los límites impuestos, desde la iglesia hasta el universo.
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