
Al hablar de la enfermedad que produce el SARS-CoV-2 y sus efectos colaterales se han escuchado aspectos tales como niebla mental, fatiga y dolor de cabeza. A estos se los identifica como síntomas del COVID-19 prolongado. Sin embargo, aunque se hable poco de algunos, lo cierto es que se conocen. Estas son secuelas cardiopulmonares persistentes y la intolerancia al ejercicio. Esta situación puede ocurrir entre el 3% y el 30% de las personas después de transitar la enfermedad, incluidas las no hospitalizadas y las vacunadas, y puede persistir durante al menos 12 meses.
Ahora, un nuevo estudio apunta a otro efecto persistente de la infección por SARS-CoV-2, identificado meses después de la enfermedad: una capacidad de ejercicio reducida. En un estudio que acaba de publicarse en JAMA Network, investigadores de la Universidad de California en San Francisco (UCSF) y Zuckerberg San Francisco General Hospital identificaron 38 estudios previos que rastrearon el rendimiento del ejercicio de más de 2000 participantes que anteriormente tuvieron la patología, incluidos aquellos con probable COVID-19 prolongado.
Los investigadores redujeron su análisis a nueve estudios en los que se comparó el rendimiento del ejercicio de 359 participantes que se habían recuperado del virus con el de 464 participantes que tenían síntomas consistentes con COVID-19 prolongado. La edad promedio de los participantes en estos nueve estudios varió de 39 a 56 años, y el índice de masa corporal promedio estuvo en el rango de 26 (sobrepeso) a 30 (obesidad).
Falta de aire

Las conclusiones a las que arribaron los investigadores sugieren que debido a que este subgrupo padeció un COVID-19 prolongado, se puede haber reducido la extracción de oxígeno en los músculos, produciendo patrones de respiración irregulares y una menor capacidad para aumentar la frecuencia cardíaca durante el ejercicio para igualar el gasto cardíaco. Además, como consecuencia de la inactividad que se da a la hora de padecer una enfermedad física, se encontró evidencia de un desacondicionamiento en el cuerpo de los evaluados.
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Las pruebas de ejercicio se realizaron al menos tres meses después de la infección por SARS-CoV-2 e incluyeron testeos de ejercicio cardiopulmonar (CPET), en las que se midieron el oxígeno y el dióxido de carbono, junto con otros índices de la función cardíaca y pulmonar, mientras el participante usaba una caminadora o bicicleta estacionaria. Al comparar la tolerancia al ejercicio, los investigadores encontraron que la tasa máxima de oxígeno del grupo con COVID-19 prolongado fue 4,9 ml/kg/min más baja que la del grupo recuperado.
Según el primer autor Matthew S. Durstenfeld, especialista del Departamento de Medicina de la UCSF y de la División de Cardiología del Hospital General Zuckerberg San Francisco, “esta diferencia equivale a 1,4 equivalentes metabólicos de tareas (MET), una medida de energía consumidos durante la actividad física. Esta disminución en la tasa máxima de oxígeno se traduciría aproximadamente en una mujer de 40 años con una capacidad de ejercicio esperada de 9,5 MET, cayendo a 8,1 MET, la capacidad de ejercicio esperada aproximada para una mujer de 50 años”.

“Otra forma de verlo es que un jugador de tenis de dobles podría necesitar hacer la transición a jugar al golf con un carrito o hacer ejercicios de estiramiento. Pero es importante tener en cuenta que este es un promedio. Algunas personas experimentan una profunda disminución en la capacidad energética y muchas otras no experimentan ninguna”, explicó Durstenfeld. En su análisis de los estudios, los investigadores afirmaron que si bien encontraron evidencia modesta, pero consistente que sugiere que la capacidad de ejercicio se reduce en los participantes con COVID prolongado, hubo “poca confianza en la magnitud del efecto”.
Una de las autoras principales, Priscilla Y. Hsue del Departamento de Medicina de la UCSF y de la División de Cardiología del Hospital General Zuckerberg en San Francisco advirtió: “La investigación adicional debe incluir evaluaciones observacionales a largo plazo para comprender la trayectoria de la capacidad de ejercicio. Se necesitan ensayos de terapias potenciales, incluidos estudios de rehabilitación para abordar la pérdida de la condición deportiva, así como más investigaciones sobre la respiración disfuncional, el daño a los nervios que controlan las funciones corporales automáticas y la incapacidad de aumentar la frecuencia cardíaca adecuadamente durante el ejercicio”
El resto del equipo de trabajo de este estudio se conformó con: Kaiwen Sun, Peggy Tahir, Michael J. Peluso, Steven G. Deeks, Mandar A. Aras , Donald J. Grandis, Carlin S. Long, y Alexis Beatty todos los de Zuckerberg San Francisco General Hospital y/o UCSF.
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