
Durante décadas, el trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) fue definido principalmente por conductas visibles: dificultad para concentrarse, impulsividad e hiperactividad.
Sin embargo, en consultorios, escuelas y hogares, muchos profesionales y familias observaban algo más complejo. Había niños extremadamente distraídos, y también pacientes que reaccionaban con crisis emocionales intensas frente a situaciones cotidianas, con explosiones de enojo, llanto o frustración difíciles de controlar.
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Un estudio publicado en JAMA Psychiatry identificó tres perfiles cerebrales diferenciados asociados al TDAH mediante resonancias magnéticas y análisis computacionales avanzados. En paralelo, trabajos desarrollados por Lund University en adultos reforzaron la idea de que el trastorno puede manifestarse de formas muy distintas y requerir tratamientos más personalizados.
El límite del modelo actual de diagnóstico
Hoy, el diagnóstico del TDAH se realiza a partir de criterios establecidos en el DSM-5 (Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales), la guía utilizada internacionalmente por psiquiatras y psicólogos para clasificar trastornos mentales.
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Ese sistema organiza el cuadro según listas de síntomas observables y divide el trastorno en tres presentaciones: predominantemente inatenta, predominantemente hiperactiva/impulsiva o combinada.
El problema, señalan muchos investigadores, es que esas categorías se basan sobre todo en el comportamiento y no en diferencias biológicas del cerebro. En la práctica, dos personas pueden recibir exactamente el mismo diagnóstico y, aun así, presentar dificultades completamente distintas.
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Por ejemplo, algunos pacientes tienen problemas principalmente vinculados con la atención sostenida, mientras otros muestran fuertes alteraciones emocionales, baja tolerancia a la frustración o cambios abruptos de humor que afectan la vida cotidiana, los vínculos sociales y el rendimiento escolar o laboral.

Sin embargo, esas diferencias suelen quedar diluidas dentro de una misma clasificación clínica. Los nuevos estudios buscan precisamente cambiar esa lógica: en lugar de partir únicamente de síntomas visibles, intentan identificar patrones biológicos concretos detrás de cada perfil.
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Cómo lograron detectar los nuevos biotipos
La investigación principal analizó datos de 1.831 participantes provenientes de 10 centros internacionales. Los investigadores utilizaron resonancias magnéticas cerebrales y herramientas de inteligencia artificial para detectar patrones estructurales en el cerebro.
A diferencia de otros estudios centrados en regiones aisladas, el equipo analizó cómo distintas áreas cerebrales se relacionan entre sí, como si observaran un sistema de rutas interconectadas en lugar de calles separadas.
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Para eso emplearon una técnica llamada “redes de similitud morfométrica”, que permite mapear conexiones estructurales entre diferentes regiones cerebrales. Luego aplicaron algoritmos capaces de agrupar perfiles con características compartidas. El análisis permitió identificar tres biotipos claramente diferenciados.
Uno de los perfiles correspondió al subtipo predominantemente inatento, asociado a alteraciones en áreas vinculadas con la atención sostenida. Otro presentó un patrón hiperactivo e impulsivo, relacionado con cambios en circuitos cerebrales involucrados en el control conductual. El hallazgo que más llamó la atención de los investigadores fue un tercer biotipo severo combinado con desregulación emocional.
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El perfil más complejo: emociones intensas y mayor afectación cerebral
Este tercer grupo presentó alteraciones mucho más extensas que los otros dos. Los investigadores detectaron 45 áreas cerebrales con desviaciones significativas, frente a las 26 observadas en los demás perfiles. Las diferencias aparecieron especialmente en regiones vinculadas con la regulación emocional, el control de impulsos y la motivación, como la corteza prefrontal medial y el pálido.
En términos simples, estas áreas ayudan a modular reacciones emocionales y a “frenar” respuestas impulsivas. Eso podría explicar por qué algunos pacientes con TDAH experimentan reacciones extremadamente intensas frente a situaciones relativamente pequeñas, algo que muchas familias describen desde hace años.
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En ese sentido, Paul Rosen, director de la ADHD Rapid Assessment Clinic del Norton Children’s Medical Group, describió a este grupo en declaraciones a The Washington Post como “volcanes en estado latente”: niños que pueden parecer tranquilos hasta que una situación de estrés, frustración o sobrecarga emocional desencadena crisis intensas y prolongadas.
Lo importante es que la desregulación emocional no ocupa actualmente un lugar central dentro de los criterios diagnósticos tradicionales del TDAH.
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Por eso, muchos pacientes terminan recibiendo otros diagnósticos asociados, como ansiedad, trastornos oposicionistas o alteraciones del estado de ánimo, sin que necesariamente se reconozca el componente emocional del propio TDAH.
Para F. Xavier Castellanos, neurocientífico de la Universidad de Nueva York y uno de los referentes históricos en el estudio del trastorno, los nuevos hallazgos podrían modificar ese paradigma en futuras revisiones clínicas.
Diferencias químicas y tratamientos más ajustados

Los investigadores también encontraron variaciones en distintos sistemas neuroquímicos cerebrales, incluidos circuitos relacionados con serotonina, dopamina, acetilcolina y glutamato. Esto resulta especialmente relevante porque muchos tratamientos actuales actúan precisamente sobre algunos de esos mecanismos.
La posibilidad de identificar perfiles biológicos diferenciados podría permitir, en el futuro, diseñar intervenciones más específicas según las necesidades de cada paciente, en lugar de aplicar estrategias generales para todos los casos.
La lógica es similar a la medicina personalizada que ya se utiliza en otras áreas, donde un mismo diagnóstico puede dividirse en subgrupos con respuestas terapéuticas distintas.
Qué ocurre en adultos con TDAH

Otra investigación desarrollada por Lund University amplió la mirada hacia adultos con TDAH. El estudio comparó personas medicadas con psicoestimulantes y pacientes sin tratamiento farmacológico. Los resultados mostraron que las diferencias funcionales parecían relacionarse más con la gravedad de los síntomas que con el uso de medicación en sí.
Los investigadores identificaron alteraciones en memoria de trabajo, velocidad de procesamiento, coordinación motora, flexibilidad cognitiva y control de impulsos. Según Maurizio Cundari, líder del trabajo, esto refuerza la necesidad de abandonar una visión simplificada del trastorno centrada únicamente en la atención.
Los autores sostienen que el futuro del tratamiento probablemente combine distintas estrategias adaptadas a cada perfil clínico y neurobiológico, incluyendo rehabilitación cognitiva, actividad física y abordajes personalizados.
Un cambio de paradigma todavía en construcción

Pese al entusiasmo que generan estos resultados, los especialistas advierten que todavía existen limitaciones importantes.
Las resonancias cerebrales aún no permiten diagnosticar TDAH de manera individual en la práctica clínica cotidiana, y los investigadores señalan que serán necesarios estudios de seguimiento para comprender cómo evolucionan estos subtipos a lo largo del tiempo. Sin embargo, el hallazgo marca un cambio profundo en la forma de estudiar el trastorno.
Por primera vez, múltiples investigaciones empiezan a converger en una idea que durante años fue discutida principalmente desde la experiencia clínica: detrás del mismo diagnóstico podrían existir cerebros distintos, trayectorias diferentes y necesidades terapéuticas específicas.
Para millones de personas con TDAH y sus familias, esa diferencia podría cambiar en el futuro no solo el tratamiento, sino también la manera de comprender el trastorno.
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