
El crimen en San Cristóbal en Santa Fe, volvió a abrir un vacío que resulta molesto y tratamos de llenarlo con algo que nos permita explicar lo que nos parece inexplicable.
Un alumno de 15 años entró armado a la Escuela Normal Mariano Moreno N.º 40 con una escopeta de un calibre importante (12/70) escondida en una funda de guitarra, pero no entra para una humorada o impresionar, “fanfarronear” con sus compañeros, sino que mató a un compañero de 13 años e hirió a otros dos.
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La Providencia hace que pueda ser reducido, pero podríamos especular si no estaríamos hablando de varios casos más. Las autoridades sacan su maletín de herramientas conceptuales y hablan de un hecho excepcional, sin conflicto intraescolar detectado hasta ese momento y con un trasfondo intrafamiliar complejo, otras fuentes dirán lo contrario respecto a la familia.
El tema se presenta como excepcional y de ser posible presentado con una causa fácilmente identificable. Otros ensayan y buscan pruebas de una hipótesis que lo explique, como el “bullying”, sin encontrar algo que confirme esa inducción errónea. Pero todas presunciones parciales son falaces. Se aplica la fórmula de Procusto: tratar de ajustar la realidad al territorio conceptual.
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Una de estas hipótesis es, como cualquier idea que salga de los caminos trillados, incómoda: la violencia escolar extrema no nos sorprende porque sea imposible, sino porque rompe un lugar que todavía imaginamos como protegido, sagrado, como es la escuela.
En sociedades en las cuales es cada vez más difícil encontrar espacios a salvo del caos, la escuela, culturalmente, sigue ocupando el lugar de refugio civilizatorio, con un aura especial, donde la sociedad supone que la fuerza se somete al imperio de la palabra. La norma, la regla, la autoridad, los límites que estructuran a la persona, del logos en realidad. Pero esa idea se destroza en mil pedazos en estos casos y ya no contiene el concepto protector.
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La UNESCO sigue describiendo a las escuelas como “safe havens”, refugios, lugares que deberían ser seguros, inclusivos y aptos para aprender, pero especialmente para formarse en una sociedad en constante mutación.
Pero cuando la violencia etimológicamente el exceso, la abundancia de la fuerza, entra allí, sale la palabra y no hay solo víctimas directas, sino que se rompe una representación colectiva mucho más profunda. Es por eso el impacto social excede el hecho policial o emergente.
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Esa ruptura es la que nos debe interpelar. Esa sorpresa, confusión, no debería confundirse con ignorancia o negación. La violencia juvenil existe, y de manera masiva.
La OMS estima unos 193.000 homicidios anuales entre jóvenes de 15 a 29 años; eso equivale al 40% de todos los homicidios del mundo. La mayoría de las víctimas son varones, y la mayoría de los perpetradores también.
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El problema, entonces, no es que la violencia juvenil sea impensable. El problema es que nos cuesta aceptar que esa violencia pueda irrumpir en el corazón mismo de una franja etaria que idealizamos, la infanto-juvenil, y más aun en una institución pensada para encauzar y formar y no para replicar la fractura social.
La criminología seria tampoco avala explicaciones simples. Los estudios sobre violencia escolar insisten en varios hallazgos: no existe un “perfil” único y útil del atacante; estos hechos rara vez son actos súbitos e impulsivos. Además, antes de la mayoría de los ataques, otras personas conocían ideas, amenazas o planes, aunque muchas veces no lo reportaron a tiempo.
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El proyecto “Iniciativa para escuelas seguras” (Safe School Initiative) del 2002 en Estados Unidos, sigue aportando datos valiosos. Encontró que en 95% de los casos el agresor había desarrollado previamente la idea de dañar, y en 93% había mostrado conductas que preocupaban a otros. Más recientemente, el Departamento de Educación de Estados Unidos volvió a resumir lo mismo: no hay perfil confiable y los episodios rara vez son repentinos.
Por eso, cuando aparece un caso así, el debate público suele cometer un error lógico clásico: la sobresimplificación respecto a la causa. Se toma un dato parcial como bullying, videojuegos, “psicopatía”, familia, etcétera. Se lo convierte en causa o explicación valedera. La lógica llama a eso reduccionismo explicativo monocausal, y cuando un factor menor es presentado como si fuera el principal, también inferencia causal injustificada.
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Algunos autores respecto a las falacias han mostrado algo más general: de la repetición de ciertos antecedentes no se sigue automáticamente a una explicación segura del caso. En otras palabras, observar una asociación no autoriza a clausurar el razonamiento o confirmarlo por la repetición.
Desde la psiquiatría y la psicología, el error correlativo es la fascinación diagnóstica. No todo acto extremo equivale a enfermedad mental, quizás lo contrario. Violencia no es igual a enfermedad mental y viceversa. De hecho en los casos de violencia, la enfermedad mental ocupa un porcentaje bajo.
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Puede haber sufrimiento psíquico, humillación, rabia, deseo de venganza, desregulación emocional o fantasías de dominio sin que eso autorice a convertir el hecho en un simple “brote”.
La investigación sobre la violencia impulsada por un sentimiento de agravio (grievance-fuelled violence), que incluye violencia escolar, describe que en la mayoría de los casos hay una narrativa interna sostenida por sentimientos de injusticia, pérdida, agravio o victimización; en ese tipo de violencia, la experiencia de rechazo social aparece en un gran número de casos. Eso no convierte tampoco al rechazo en explicación única, sino que lo ubica como una pieza posible dentro de una constelación más amplia.
Esta violencia, articulada en torno a una narrativa de agravio, es aquella en la que el actor actúa desde una percepción de ofensa, injusticia, humillación o victimización, y transforma ese agravio en motivo, permiso o justificación para atacar. Este factor no tenido en cuenta o descartado por evidente, está a la base de varios casos en que la violencia escala a niveles más preocupantes
Desde una lectura filosófica vemos datos que nos permiten entender por qué el hecho nos golpea tanto. Hannah Arendt distinguía el poder de la violencia: el poder, decía, es la capacidad de actuar en conjunto; la violencia aparece cuando ese tejido se rompe y, por sí sola, no puede crear poder duradero.

Leída desde allí, la escuela representa una forma elemental de poder civil: una comunidad organizada por reglas, lenguaje y cooperación. Cuando un arma irrumpe en ese espacio, lo que se derrumba no es solo la seguridad física; también cae, aunque sea por un instante, la ficción básica de que convivir todavía es más fuerte que imponerse.
Hay otro punto que los medios no deberían ignorar. La investigación sobre la violencia por imitación (generalized imitation- Copycat, etc.) muestra que la forma de cubrir estos hechos puede influir en la probabilidad de conductas imitativas.
Sensacionalizar, repetir el video, explicar morbosamente la secuencia o transformar al agresor en personaje, informa, pero también modela conductas de las cuales no podemos conocer sus consecuencias. La pregunta importante no es cómo producir más impacto, sino cómo informar sin ofrecer una plantilla de repetición.

En definitiva, la violencia en las escuelas nos sorprende por dos razones a la vez. Una es simbólica: seguimos esperando que la escuela sea un dique contra la fuerza bruta, la cultura como barrera del caos. La otra es cognitiva: frente a lo intolerable, el pensamiento busca el alivio del salvavidas de la etiqueta, la palabra única que permita reorganizar el caso interno. Pero no hay una sola palabra. Hay malestar subjetivo, agravios, fallas de límite, problemas de regulación, climas sociales violentos, acceso a armas, señales mal leídas y adultos que a veces llegan tarde.
Lo maduro no es encontrar una etiqueta. Lo maduro es soportar la complejidad sin renunciar a prevenir. Eso puede permitir partir de otro punto de partida para empezar a generar otras respuestas adecuadas a esta realidad concreta.
* El doctor Enrique De Rosa Alabaster se especializa en temas de salud mental. Es médico psiquiatra, neurólogo, sexólogo y médico legista
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