
El cambio climático no solo transforma el entorno natural, sino que además tiene consecuencias profundas sobre la salud intestinal de millones de personas.
Según informó Time, el aumento de las temperaturas, los cambios en el microbioma ambiental y las variaciones en la dieta y el acceso al agua están relacionados con un incremento global de las enfermedades digestivas, tanto en países desarrollados como en desarrollo.
Especialistas en salud y ecología destacan que esta conexión es compleja y multifactorial, y sus efectos ya son perceptibles en la vida cotidiana.
Temperaturas elevadas y su impacto en el intestino

El cuerpo humano funciona de manera óptima a una temperatura de 37 °C, pero incluso pequeñas variaciones pueden generar malestares intestinales. Elena Litchman, profesora de ecología acuática en la Universidad Estatal de Michigan, explicó a Time que las altas temperaturas aumentan las hormonas del estrés, como el cortisol, lo que altera la fisiología del intestino.
Este órgano, revestido por células inmunitarias, epiteliales y enteroendocrinas, responde de manera sensible a dichas hormonas, afectando su funcionamiento.
Cuando el nivel de cortisol se eleva, se modifica el tránsito intestinal y se favorece la aparición de disbiosis, un desequilibrio en la composición de bacterias, virus y hongos del microbioma digestivo. Además, el calor extremo incrementa la permeabilidad del revestimiento intestinal, fenómeno conocido como síndrome del intestino permeable, que facilita el paso de microorganismos al torrente sanguíneo, aumentando el riesgo de infecciones.
Desmond Leddin, profesor de medicina en la Universidad de Dalhousie (Canadá), señaló a Time que “la temperatura tiene un efecto directo en los intestinos” y que “se cree que una de las causas del golpe de calor está relacionada con la permeabilidad intestinal”. Este desequilibrio, junto con la presencia adicional de oxígeno en el intestino, puede estimular el crecimiento de bacterias potencialmente perjudiciales, según explicó Litchman.
Cambios en el microbioma ambiental

El efecto del cambio climático sobre la salud intestinal también se manifiesta en el entorno. El suelo, el aire y el agua albergan microbiomas que, bajo temperaturas más elevadas, favorecen la proliferación de microbios patógenos como listeria, E. coli y Shigella.
Litchman dijo que “el suelo es una gran fuente de microbios en el intestino”, ya que estos llegan a las personas a través de los alimentos, la piel e incluso el polvo inhalado.
La exposición a estos microorganismos varía entre países. En los de mayores ingresos, el consumo de alimentos procesados reduce el contacto con los microbiomas del suelo. En contraste, en naciones con predominio de la agricultura, este contacto es más estrecho. “En esas partes del mundo, la gente está en contacto más estrecho con los microbiomas ambientales”, advirtió Litchman.
Este contraste influye en la incidencia de enfermedades inflamatorias intestinales. Leddin afirmó que patologías como la enfermedad de Crohn y la colitis ulcerosa, antes poco frecuentes en países de bajos ingresos, se están volviendo más comunes.
Agua, deshidratación e inundaciones

El agua es otro elemento clave en la relación entre el cambio climático y la salud intestinal.
Las altas temperaturas aumentan la concentración de patógenos en el agua, mientras que las olas de calor intensifican la necesidad de hidratación, incrementando así el riesgo de exposición a microorganismos dañinos. Litchman calificó este proceso como “una retroalimentación positiva”.
La deshidratación también tiene efectos sobre el intestino. Según explicó Eamonn Quigley, director de salud gastrointestinal del Hospital Metodista de Houston, “cuando estamos deshidratados, la sangre se desplaza desde los músculos y el intestino hacia los órganos vitales, especialmente el cerebro y el corazón”, lo que perjudica el funcionamiento del tracto digestivo. Los síntomas incluyen calambres, estreñimiento y absorción lenta de nutrientes.
Al tiempo que las inundaciones, cada vez más frecuentes debido al calentamiento global, empeoran el panorama. Leddin advirtió que estos eventos contaminan aguas subterráneas con patógenos como rotavirus, cryptosporidium, campylobacter y yersinia. Un ejemplo es lo ocurrido en Bangladesh en 2004, donde las inundaciones causaron 350.000 casos de enfermedades diarreicas. Esta amenaza también existe en países desarrollados: en Estados Unidos, 23 millones de hogares dependen de pozos privados, susceptibles de contaminarse durante inundaciones.
Alimentación y calidad nutricional

La alimentación es determinante para la salud intestinal, y el cambio climático está afectando tanto la disponibilidad como la calidad de los alimentos. Aunque las altas temperaturas pueden acelerar el crecimiento de los cultivos, este desarrollo rápido suele estar acompañado por una disminución en su valor nutricional.
El aumento de dióxido de carbono en la atmósfera disminuye la concentración de zinc, hierro y proteínas en cultivos como trigo, arroz y maíz. Para 2050, se estima que 100 millones de personas podrían tener deficiencia de proteínas y 200 millones, de zinc.
El calentamiento de los océanos también reduce la disponibilidad de pescado y mariscos, lo que limita la ingesta proteica y altera la composición del microbioma, en especial en regiones de ingresos bajos y medios. Litchman definió esto como hambre oculta: comer la misma cantidad, pero con menor calidad nutricional.

Además, el cambio climático provoca pérdida de cosechas debido al sobrecalentamiento y eventos extremos, lo que agrava la inseguridad alimentaria. Quigley enfatizó que “existe una estrecha correlación entre la diversidad de la dieta y la diversidad del microbioma, y en lo que respecta al intestino, la diversidad es algo positivo”.
El impacto del cambio climático sobre la salud intestinal se produce en un contexto de calentamiento global sostenido. En este contexto, los efectos del aumento de las temperaturas, la modificación del microbioma, la contaminación del agua y la pérdida de calidad nutricional son mecanismos interconectados que elevan los riesgos de enfermedades digestivas. La salud intestinal debe considerarse un componente esencial en el debate sobre las consecuencias del cambio climático.
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