
Cuando queremos decir que algo ha sido complicado, quizás más allá de lo imaginable decimos que ha sido una odisea. La Real Academia Española (RAE) define odisea como una “sucesión de peripecias, por lo general desagradables...”.
La palabra proviene del héroe griego Odiseo, o Ulises en latín. Para la posteridad quedaría su nombre en base a las obras de Homero, “La Ilíada” y “La Odisea”, referentes a la guerra de Troya y el argumento será su tortuoso viaje de retorno a su hogar en la isla de Ítaca. La figura de Ulises ha sido extensamente retomada por la cultura de las diferentes épocas incluso la contemporánea, siendo el tema central las peripecias del viaje, de la vida en tierra ajena a la propia.
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Esta idea de las dificultades, de las peripecias ligadas a un “Viaje largo, en el que abundan las aventuras adversas (pero también) favorables al viajero”, según nos dice también la RAE, retoma sentido en el mundo actual en el que el fenómeno de las migraciones, en muchos casos forzadas, forma parte del complicado panorama internacional.
El fenómeno de las migraciones y su impacto en la salud mental ha venido siendo estudiado desde hace ya mucho tiempo, y dentro de este campo, en 2002 el psiquiatra español Joseba Achotegui Loizate en su obra “La depresión en los inmigrantes, una perspectiva transcultural”, acuña el término “Síndrome de Ulises”.
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Utiliza esta expresión para referirse a un cuadro en el que predominan reacciones diversas e intensas de estrés, frente a un factor de larga duración como es la migración y que a su vez es múltiple respecto a las áreas que toca. En razón de estas características, se lo conoce también como síndrome del migrante (emigrante o inmigrante según los diferentes trabajos) con estrés crónico y múltiple.
El fenómeno de la migración toma a aproximadamente el 3.6 % de la población mundial es decir aproximadamente 281 millones de personas, según datos de la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Las cifras según el Banco mundial son otras 2.5 %, pero lo que no varía es que es una problemática muy importante y que podemos verla reflejada en la crónica cotidiana como el ingreso de migrantes en la frontera sur de Estados Unidos, en las costas de Europa, o en los desplazados por los diversos conflictos por todas partes del mundo.
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En este complicado contexto actual el número de refugiados es de varias decenas de millones. Dentro de este espectro también se encuentran, en una categoría quizás menos visible, los desplazados por razones económicas o sociopolíticas, como es el caso de Venezuela y su éxodo masivo que en los últimos años ha llegado según datos del Alto comisionado de las Naciones Unidas para los refugiados ACNUR a ser de aproximadamente de 5 millones de personas.
En el caso de Argentina, el número parece estar en crecimiento y sería cercano al millón de personas en el exterior. Las cifras concretas fluctúan según las diferentes crisis en las que se ha visto envuelta nuestra sociedad.
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Volviendo al síndrome, este debe ser diferenciado de otro con el mismo nombre, “Síndrome de Ulises” que se refiere a un uso excesivo de medios diagnósticos en medicina, que termina dando falsos positivos y que fuera descripto por Rang en 1972. El nombre le ha sido dado porque el paciente entra en un viaje en la búsqueda diagnóstica que tiene final incierto, a veces con patologías que no se padecen, y ocasiona muchos inconvenientes y sufrimiento.
El cuadro de estrés referido por Joseba Achotegui dentro del síndrome de Ulises mencionado al principio, no ha sido considerado como categoría diferencial dentro de las clasificaciones más usuales como el Manual Diagnóstico y Estadístico (DSM por sus siglas en inglés) o la Clasificación Internacional de Enfermedades (ICD por sus siglas en inglés), aunque la migración es considerada como un factor estresante dentro otras categorías, como el Trastorno Persistente de Duelo Complicado.
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Cómo se manifiesta
Las características del síndrome de Ulises son las relativas a un estrés que no solo es repetido, sino que es de larga duración ya que ocurre antes del proceso migratorio en sí, durante el mismo y en particular persiste posteriormente en el intento de adaptación al nuevo medio. Esta última característica lo sitúa como más relacionado con cuadros traumáticos.
Al mismo tiempo es diferente a las pérdidas o duelos normales y esperables, que deberá enfrentar aquel que migra, ya que en el caso de este cuadro el mismo se complica por otros factores, sumados a los habituales que no puede resolver de manera eficiente. Los cambios de políticas en países receptores hacia los migrantes de una región, o inclusive cambios socioeconómicos en el país de acogida, son ejemplos de esto.
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Es decir, la migración en sí misma es una pérdida e implica varios duelos a superar. La soledad o el aislamiento con la sociedad a la que llega, en que algunos casos roza la discriminación, siendo a veces muy significativa. Esto puede tener que ver en algunos casos con diferencias culturales y en otros, por el contrario, la similitud de la sociedad receptora con el migrante es lo que genera conflictos, como por ejemplo la que ocurre entre países de Latinoamérica o en Hispanoamérica en diversas corrientes de los procesos migratorio (Venezuela-Argentina y Argentina-España, por ejemplo).
Otro factor es el de las expectativas que cuesta adaptarlas a la realidad concreta, en algunos casos va con la carga adicional de un grupo que permaneció en el país de origen y que deposita en ese migrante una serie de anhelos, algunos muy concretos como una oportunidad para ellos o envío de dinero para la manutención.
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Allí la confusión de rol, la pérdida de los objetivos y sentido de lo que motivó la migración, las expectativas disfuncionales, etc. generan intentos repetidos o de cambio de destino o replanteos de manera constante. Finalmente, están las dificultades concretas en encontrar alojamiento, trabajo, o lograr el aprendizaje de los aspectos elementales de la cultura local.
El síndrome de Ulises no es en sí mismo una enfermedad admitida con tal en la nosología actual, sin embargo, es una respuesta no adaptativa a estímulos que el individuo no puede manejar y finalmente entra en una etapa traumática. Así las consecuencias observables, son frecuentemente cuadros relacionados al trauma como el estrés postraumático, o el estrés agudo. Finalmente, también diversas formas de ansiedad, depresión y a veces complicadas con el consumo de alcohol, psicofármacos, y/o tóxicos diversos.
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La migración es un proceso complejo en el que a veces se intentan establecer reglas universales, pero son proyectos y líneas personales ligadas a gran cantidad de variables. Ese proceso puede presentar pruebas para las cuales no se puede elaborar una estrategia apropiada y las consecuencias pueden ser materiales, pero también psíquicas. Este proceso tiende a ser poco considerado o serlo de manera parcial y/o errónea lo que impide finalmente la concreción de ese proyecto vital con consecuencias significativas en las siguientes etapas vitales de la existencia.
* El doctor Enrique De Rosa Alabaster se especializa en temas de salud mental. Es médico psiquiatra, neurólogo, sexólogo y médico legista
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