
De los cinco sentidos con los cuales percibimos el mundo exterior, hemos prestado siempre especial atención a la vista y el oído. Hoy en día, comprendemos cuán injustos hemos sido con el olfato, protagonista innegable de esta pandemia: su pérdida afecta gravemente la calidad de vida de las personas que la padecen.
La anosmia o pérdida repentina del olfato, palabra que ya nos resulta familiar, indica la presencia del nuevo coronavirus (SARS-CoV-2), se calcula que afecta al 40% a 80% de las personas que lo padecen (de las cuales muchas también presentan alteraciones del sabor y del gusto) y obliga a cumplir con el aislamiento.
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Afortunadamente, los pacientes con anosmia recuperan el olfato, la mayoría en el transcurso de la enfermedad: un porcentaje lo hace muy rápidamente, otros en el mediano plazo y otra parte demora mucho en recuperarlo. Este último grupo requiere tratamiento y presenta, además, alteraciones cualitativas del olfato. Es muy importante iniciar este tratamiento cuanto antes, para aumentar las probabilidades de recuperar este sentido. Estas alteraciones cualitativas se conocen con el nombre de disosmias o parosmias: son distorsiones en la interpretación y percepción de lo que se huele.

Las anosmias virales no solo son causadas por el SARS-CoV-2: también aparecen en infecciones por el virus de la gripe. En el caso puntual del virus responsable de la pandemia, intuimos que el SARS-Cov-2 no debería comportarse de manera diferente, más allá de que ya existen hipótesis acerca de la posibilidad de cómo se produce el daño:
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- Se daña el receptor
- Los sensores de las células sustentanculares advierten la presencia del coronavirus y la respuesta inflamatoria llega a la célula olfatoria, que es la principal de la vía olfatoria
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- Un tercer mecanismo propuesto es de la apoptosis (muerte celular programada)
Para algunos pacientes, la anosmia es un síntoma único, para otros forma parte de un grupo de síntomas. Lo que empezó siendo una observación clínica en diferentes lugares del planeta, hoy está respaldada por la evidencia. Hemos iniciado una investigación para valorar la pérdida de olfato y su relación con la COVID-19, y estamos obteniendo información. No existían estudios epidemiológicos acerca de anosmia, solo sabíamos que el 5% de la población mundial padecía este trastorno.
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La experiencia desarrollada en los últimos años con respecto a las personas que consultan por anosmia demuestra que los hombres y las mujeres posmenopáusicas pueden tener más dificultades para recuperarse (presbiosmia). Además, se suma el hecho de que no suelen acudir a la consulta de inmediato, sino luego de haber sufrido varios episodios producto de la falta de olfato como, por ejemplo, que se haya quemada una comida, no detectar un escape de gas, o un familiar que nota la falta de higiene personal y domiciliaria, todas ellas consecuencia de la anosmia.
Lamentable y afortunadamente, en tiempos de pandemia aumentaron las consultas por anosmia, en parte gracias al protagonismo que ha ganado este síntoma y esto como mencionamos, aumenta las probabilidades de recuperar el olfato en el corto y mediano plazo.
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Más arriba nombramos algunos de los peligros relacionados con la anosmia. Además de no detectar el peligro causado por el fuego o el humo, quien padece de anosmia tampoco detecta comidas en mal estado, sin mencionar si afecta a quien tiene el olfato como forma de vida: cocineros, perfumistas, catadores de diversos alimentos, entre otros. La imposibilidad de sentir el olor de la comida y, por ende, de saborearla, puede causar depresión y una pérdida exagerada de peso: la ansiedad se suma al hecho de no sentir placer en el acto de comer. En estos pacientes, al tratamiento que veremos a continuación, se deben agregar complejos multivitamínicos.
Terapia de rehabilitación olfatoria

Desde hace varias décadas, existen evidencias de que el entrenamiento con sustancias odoríferas ha demostrado ser útil. La experiencia o entrenamiento con olores especiales pueden mejorar la función olfatoria. Se realiza mediante ejercicios en los que las personas prestan atención a las características distintivas o categóricas de un estímulo; esto conduce a una representación perceptiva mejor definida.
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El entrenamiento del olfato refuerza la asociación y la discriminación precisa. El paciente es la parte activa del ejercicio su cerebro: la neuroplasticidad permite reconocer los olores. Se debe realizar un detallado interrogatorio, y en base a eso, evaluar cómo está afectado el olfato y sus implicancias en el paciente. Se debe realizar un protocolo individualizado según cada caso.
Por ejemplo, si la persona se encuentra muy ansiosa con respecto a ciertas costumbres como tomar café, y nota que no lo puede oler ni saborear, y eso le trae consecuencias en lo anímico, se debe trabajar sobre esa primera fase si es posible. En el caso de que existan las distorsiones descriptas, estas se deben eliminar e intentar recuperar, a través de recuerdos, los olores que los pacientes consideren prioritarios.
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Para ello, se realizan dos o tres sesiones de pocos minutos por día, hasta tratar de obtener las características distintivas o categóricas del estímulo, esto permite llegar a una representación perceptiva o mejor definida. Los olores deben ser significativos para la persona y se debe prestar especial atención al proceso de introducción o retirada de unos olores u otros.
Siempre es importante la valoración previa del estado cognitivo de la persona con anosmia, su capacidad funcional y la situación emocional, entre otros factores. De a poco, se van ampliando los aprendizajes para que se puedan generalizar en actividades cotidianas (las comidas, el trabajo, la higiene personal y del hogar) para ir adelantando en la recuperación. Estos aprendizajes también ayudan a derribar mitos: los sommeliers, los enólogos y los perfumistas no tienen un olfato superior al resto, simplemente lo han entrenado y han aprendido a aprovecharlo al máximo.
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En 2009, Hummel y su equipo describieron que la exposición repetida a cuatro olores distintos (rosa, eucalipto, clavo de olor y limón) durante tres meses en pacientes con hiposmia de distinto origen: luego de un traumatismo de cráneo, luego de una infección viral o de origen desconocido. Demostraron que la capacidad olfativa mejoró en aproximadamente un 30% de las personas que recibieron entrenamiento con respecto a quienes no se rehabilitaron.
Desde entonces, en especial en Europa, se ha observado una mejora sobre todo luego de traumatismos y de infecciones virales. La duración del entrenamiento debe ser, como mínimo, de 20 semanas, y se deben usar olores de diferente intensidad. Además, esta terapia de rehabilitación olfatoria acelera el proceso de regeneración de las células dañadas y así se recupera el proceso olfatorio.
Es importante recordar y destacar la importancia de utilizar olores que evoquen recuerdos de lugares, situaciones y personas, ya que son los que producen cambios conductivos. Cada persona debe tener su tratamiento personalizado. Estamos tratando de brindar mejorías y, por el momento, es lo que tenemos para ofrecer a estos pacientes.
(*) Stella Maris Cuevas, médica otorrinolaringóloga (MN 81701), experta en olfato. Alergista. Ex- presidenta de la Asociación de Otorrinolaringología de la Ciudad de Buenos Aires (AOCBA)
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