
Hace 52 años el mundo lo llamó el “milagro en Ciudad del Cabo”. Se trató de una de las proezas médicas del siglo XX y hoy resulta ser una realidad concreta, perfeccionada y posible todos los días, que brinda la esperanza de vivir a millones de personas.
El 3 de diciembre de 1967, el cirujano sudafricano Christiaan Barnard había hecho el primer trasplante de corazón humano. La donante, Denise Darvall, era una joven de 25 años que había sido fatalmente herida en un accidente de tránsito. El receptor era Louis Washkansky, un almacenero de 53 años con una grave afección cardíaca.

La cirugía y el trasplante fueron un éxito y pronto las fotos de los diarios sudafricanos saltaron a las primeras planas de todo el mundo. El cirujano Barnard era toda una celebridad y esa primera operación abría las puertas de una técnica permitió salvar miles de vidas a medida que se fue perfeccionando los siguientes años.
Después del procedimiento quirúrgico Washkansky recibió drogas para suprimir el sistema inmunológico y evitar que su cuerpo rechazara el corazón. Sin embargo, estas drogas también lo dejaron susceptible a una enfermedad, y 18 días después murió de un neumonía.
A pesar del revés, el nuevo corazón de Washkansky había funcionado normalmente hasta su muerte. La autopsia reveló que su nuevo corazón estaba en perfecto estado.

Ya en la década de 1970 el desarrollo de mejores drogas anti-rechazo hicieron a los trasplantes más accesibles y con mejores resultados finales.
Aunque murió pocos días después de su operación, Washkansky estuvo varios días consciente y dio algunas entrevistas, lo que potenció la importancia del histórico logro médico para los medios de comunicación del mundo.
Cirujanos de todo el mundo buscaron emular rápidamente el logro del carismático sudafricano. Los primeros en hacerlo, fueron los estadounidenses Adrian Kantrowitz y Norman Shumway, que llevaban años preparando la operación. En los siguientes meses los trasplantes cardíacos habían tenido lugar en sitios tan lejanos como Japón, Venezuela, y Checoslovaquia.

Si bien la técnica era exitosa tras salir del quirófano, con el paso de los días, los pacientes no lograban sobrevivir mucho tiempo. Para el primer aniversario de la operación de Barnard, otros 98 pacientes habían recibido un nuevo corazón, pero sólo 40 seguían vivos.
Los expertos aducían que la dificultad principal no era la técnica del procedimiento en sí misma sino el rechazo, la respuesta inmunológica del cuerpo ante el tejido extraño. Por eso, comenzaron a elevarse las críticas hacia este tipo de operaciones y los pedidos de suspensión inmediata por la poca supervivencia media medida en semanas en lugar de años.
Otras críticas se fundamentaban en la procedencia del corazón, casi siempre de personas con muerte cerebral. ¿Estaba viva la persona si su corazón todavía latía, o al no tener respuesta cerebral ya se la calificaba como muerta? Los debate morales, éticos y médico de aquella época se prolongaban y no llegaban a una conclusión cierta y unánime.

“El profesor Barnard recibió cartas muy críticas, algunas lo calificaban de ‘carnicero’”, contó la enfermera Dene Friedmann, que estuvo presente en la operación. El médico de 45 años fue calificado de “sádico”, “buitre”, y hasta de “anormal”.
En su operación pionera, Barnard había decidido que estaba moralmente justificado apagar el aparato que daba soporte vital a la joven accidentada. Igualmente, esperó que se produjera un paro cardíaco antes de retirar el órgano.
El eminente cirujano plástico Derrick Dencer escribió a The Times : “La extracción de órganos vitales de alguien casi muerto es una nueva frontera. ¿Cuál es el siguiente paso: la extirpación de un órgano vital de un paciente de cáncer que probablemente morirá en seis meses?”.

Barnard siguió operando hasta 1983, cuando una artritis reumatoide que sufría le impidió controlar sus dedos con precisión. Entonces, decidió difundir su técnica y dedicarle más tiempo a la investigación médica en otros países como Alemania, Estados Unidos y Suiza.
El famoso cirujano falleció a los 78 años mientras se daba un baño, cuando vacacionaba en Pafos (Chipre). Aunque al principio se pensaba que había sufrido un fallo cardíaco, la autopsia reveló que se trataba de un severo ataque de asma.
Trasplante en Argentina
Al año siguiente, el 31 de mayo 1968, Argentina efectuó su primer trasplante cardíaco. El Doctor Miguel Bellizi, cardiocirujano, fue el pionero en el país. Lo desarrolló en la Clínica Modelo de Lanús y constituyó el décimo noveno trasplante en el mundo.
El primer trasplante cardíaco infantil tuvo lugar en el año 1982 en el Hospital de Niños de Pittsburgh, en Estados Unidos. En nuestro país se llevó a cabo 8 años más tarde, con un equipo de profesionales liderado por el Doctor Florencio Vargas, en el Hospital Italiano.
Con el correr del tiempo y el avance de la medicina se fue consolidando el Sistema de Procuración y Trasplante a nivel nacional, a través de un ente de regulación, como es hoy en día el INCUCAI, para garantizarle a la población un sistema equitativo, eficaz y trasparente.
Desde el Incucai aclaran que no todas las personas que mueren pueden ser donantes. La legislación argentina establece en qué circunstancias una persona puede convertirse en donante. “Para poder donar órganos, la persona debe morir en la terapia intensiva de un hospital. Sólo así puede mantenerse el cuerpo artificialmente desde el momento del fallecimiento hasta que se produce la extracción de los órganos”, precisa el Incucai, que remarca la importancia de inscribirse en el registro de donantes y también hablar en familia sobre el tema, para que llegado el momento, comprendan la decisión de salvar más vidas.
Actualmente en Argentina hay 7.088 pacientes en lista de espera para un trasplante de órganos, de ellos 114 están esperando un corazón. Solo este año, en Argentina ya se llevan trasplantados 108 corazones.
En todo el país hay 23 equipos de trasplante cardíaco, 10 en la Ciudad y otros 13 ubicados en seis provincias del país. Además hay 5 equipos de trasplante cardiopulmonar, cuatro en la Ciudad y uno en Mendoza.
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