
En un mundo cada vez más orientado a la reducción de emisiones, las oleaginosas invernales comienzan a ocupar un lugar estratégico dentro del sistema agroindustrial. Cultivos como la colza, la carinata y la camelina aparecen como materias primas clave para la producción de biocombustibles de segunda generación, una alternativa que reduce la competencia con alimentos y disminuye la huella ambiental frente a los combustibles tradicionales, señala un informe especial elaborado por la Bolsa de Cereales de Córdoba (BCCBA).
El rol de los biocombustibles y la aviación
Según datos del Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura, el sector energético genera cerca del 75% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero. En ese contexto, los combustibles sostenibles de aviación (SAF) se posicionan como una herramienta central para reducir el impacto del transporte aéreo, un sector difícil de electrificar. Las crucíferas, por sus características, se perfilan como insumos clave para este mercado en expansión.
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En Argentina, el desarrollo de estos cultivos aún es incipiente, pero muestra señales de crecimiento. Tradicionalmente, el invierno agrícola está dominado por trigo y cebada, mientras que el barbecho sigue siendo una práctica habitual. Sin embargo, las brasicáceas surgen como una alternativa para intensificar el uso del suelo, aportando cobertura, beneficios agronómicos y una renta adicional en una época del año históricamente subutilizada.

El crecimiento de estas cadenas está acompañado por iniciativas público-privadas y por inversiones industriales. El Programa Argentino de Carbono Neutro impulsa herramientas para medir la huella ambiental, mientras que la agroindustria avanza con proyectos vinculados a los biocombustibles. En este marco, se inauguró en Timbúes una planta con capacidad para procesar hasta 3.000 toneladas de oleaginosas, con foco en camelina para la producción de SAF, entre otros proyectos que se están desarrollando.
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Camelina: el cultivo emergente
La camelina se presenta como una de las opciones más prometedoras. De ciclo corto y bajo requerimiento hídrico, permite reemplazar barbechos y mejorar la rentabilidad del productor. Su expansión ha sido significativa: pasó de apenas 600 hectáreas en 2019 a unas 32 mil en 2025, con proyecciones de crecimiento sostenido. Además, ofrece ventajas agronómicas como el control de malezas, la mejora del suelo y beneficios para los polinizadores.
Carinata: crecimiento y posicionamiento internacional
Por su parte, la carinata ha mostrado una rápida expansión, alcanzando unas 9 mil hectáreas y posicionando a Argentina como uno de los principales productores a nivel mundial. Este cultivo aporta mejoras en la estructura del suelo y permite intensificar los sistemas productivos. Su comercialización se realiza principalmente mediante contratos con empresas, garantizando trazabilidad y destino en mercados internacionales.
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Colza: tradición y potencial
La colza, con mayor trayectoria en el país, sigue siendo la crucífera más consolidada. Aunque su producción ha crecido en los últimos años, aún se encuentra por debajo de niveles históricos. Se destaca por su doble uso —alimentario y energético— y por su presencia en regiones clave como Entre Ríos y Buenos Aires, donde concentra la mayor parte de la producción nacional.
Con cerca de 20 millones de hectáreas disponibles durante el invierno, Argentina tiene margen para expandir significativamente estos cultivos, asegura el informe elaborado por la Bolsa de Cereales de Córdoba. Las brasicáceas no solo aportan beneficios agronómicos —como la mejora del suelo y el reciclaje de nutrientes— sino también oportunidades económicas vinculadas a la creciente demanda global de biocombustibles. La clave estará en fortalecer la información técnica, el acompañamiento al productor y el desarrollo de mercados que consoliden esta alternativa como una opción rentable y sustentable.
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