
La industria aerocomercial global enfrenta el desafío de reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero en un 80%, y la respuesta parece estar germinando en los campos argentinos. Según un informe de la Bolsa de Comercio de Rosario (BCR), elaborado por los especialistas Giuliana Dellamaggiore, Bruno Ferrari, Emilce Terré y Julio Calzada, tres oleaginosas invernales —la colza, la camelina y la carinata— están ganando terreno como las materias primas estrella para la producción de biocombustibles avanzados.
Estos cultivos, que hasta hace poco eran marginales en la rotación agrícola tradicional, se posicionan hoy como la base del Combustible Sostenible de Aviación (SAF) y el Aceite Vegetal Hidrotratado (HVO). El interés no es solo ambiental: para el productor local, representan una oportunidad de intensificar el uso del suelo durante el invierno, transformando el barbecho en una etapa productiva con renta y beneficios agronómicos directos.
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El nicho de las oleaginosas “no tradicionales”
El avance de estas especies responde a la convergencia entre la necesidad de descarbonizar el transporte aéreo y la disponibilidad de superficie en Argentina durante los meses fríos. El informe de la BCR destaca que estos cultivos actúan como “cultivos de servicio con renta” o “puentes verdes”, ocupando ventanas productivas que habitualmente se asocian al descanso del suelo.
La adaptación varía según el ciclo de cada planta. Mientras que la colza y la carinata se ajustan a barbechos más largos, la camelina, por su ciclo más corto, permite aprovechar ventanas temporales más acotadas. Esta versatilidad ha permitido un crecimiento exponencial: de las 30.000 hectáreas estimadas hace tres años, la superficie total implantada con estas oleaginosas en Argentina alcanzó las 170.000 hectáreas en 2025.
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Más que un simple rinde
Desde una perspectiva técnica, el informe subraya que el valor de estas plantas no debe medirse exclusivamente por el margen directo de su cosecha. Investigaciones de la Facultad de Agronomía de la Universidad de Buenos Aires (FAUBA) señalan que el desarrollo de raíces profundas y pivotantes favorece la descompactación biológica del suelo, mejorando la aireación y la infiltración de agua.
Además, el documento de la BCR resalta el aporte al balance de carbono: “Presentan una elevada producción de biomasa, con un aporte significativo al balance de carbono del sistema, ya que parte de esa biomasa se incorpora al suelo y promueve el incremento del carbono orgánico y la disponibilidad de nutrientes”. A esto se suma un efecto alelopático, especialmente en la camelina, que ayuda al control natural de malezas resistentes, entregando el lote en mejores condiciones para el cultivo de verano siguiente.
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El SAF: el motor de la demanda global
El principal impulsor de este fenómeno es el mercado energético internacional. Actualmente, existen más de 300 proyectos de desarrollo de SAF en 40 países. En Argentina, este interés se cristalizó en agosto de 2025 con el acuerdo entre YPF y Essential Energy para la creación de Santa Fe Bio, una biorrefinería orientada precisamente a la producción de HVO y SAF.
“El SAF se posiciona como una de las principales alternativas para la descarbonización del transporte aéreo”, indica el informe, permitiendo una reducción drástica de la huella ambiental respecto a los combustibles fósiles. Sin embargo, para acceder a estos mercados de exportación, la producción debe estar estrictamente certificada bajo estándares de sostenibilidad.
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Radiografía productiva: superficies y rendimientos
La distribución territorial de estos cultivos muestra una especialización regional creciente. La colza se concentra principalmente en Tucumán, Chaco y Santiago del Estero, aunque Entre Ríos es la provincia líder en oleaginosas invernales, con una producción de 48.620 toneladas en la campaña 2025/26. Sus rindes promedio rondan las 2 t/ha, alcanzando picos de 3,5 t/ha en el sudeste bonaerense.
En tanto, se estima que la camelina y la carinata superan las 35.000 hectáreas sembradas cada una. Los rendimientos se ubican entre 0,6 y 1,2 t/ha para la camelina y en torno a 1,4 t/ha para la carinata.
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El dinamismo del sector también se refleja en la propiedad intelectual y la genética. El informe de la BCR revela que más del 50% de los cultivares disponibles se inscribieron en el Instituto Nacional de Semillas (Inase) en los últimos dos años. En el caso de la carinata, el 75% de los cultivares pertenecen a una empresa santafesina con centro de investigación en Venado Tuerto, lo que demuestra el desarrollo de tecnología local para estas nuevas cadenas.
Desafíos para la consolidación
A pesar del potencial, el camino hacia una escala masiva enfrenta obstáculos logísticos y comerciales. El desafío central, según los expertos citados por la Bolsa de Comercio de Rosario, consiste en “traducir los beneficios ambientales de estos cultivos en valor económico concreto para el productor”. Esto requiere no solo de mejores materiales de semilla y acompañamiento técnico, sino de una infraestructura industrial que soporte esquemas de producción trazados y certificados.
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La BCR concluye que Argentina posee una ventaja comparativa real: la enorme disponibilidad de superficie libre en invierno y la experiencia de sus productores en buenas prácticas agrícolas. Esta combinación posiciona al país como un actor estratégico en la transición energética global, convirtiendo a cultivos “poco conocidos” en el combustible que permitirá a la aviación internacional levantar vuelo de manera sostenible.
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