
La citricultura entrerriana atraviesa uno de los momentos más delicados de los últimos años. Con precios que no cubren los costos de producción, una fuerte caída del consumo interno y crecientes dificultades comerciales, los productores enfrentan un escenario que pone en riesgo la continuidad de numerosos establecimientos. La situación es especialmente preocupante para quienes dependen exclusivamente de la producción primaria y venden la fruta “tranquera adentro”, sin participación en otros eslabones de la cadena.
Melania Zorzi, presidenta de la Federación del Citrus de Entre Ríos, explicó en Chacra Agro Continental que la crisis no es nueva, sino que se viene profundizando desde el fin de la pandemia. Recordó que durante 2020 y 2021 la actividad atravesó un período favorable, impulsado por una revalorización de las frutas y especialmente de los cítricos. Sin embargo, el escenario cambió drásticamente en los años posteriores. “Los costos a nosotros se nos aumentaron de una manera exponencial y lamentablemente los precios vienen en una retracción total”, afirmó.
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Uno de los puntos que más inquieta al sector es la enorme distancia entre el precio que recibe el productor y el que paga el consumidor. Mientras en las quintas entrerrianas la naranja se comercializa entre 80 y 100 pesos por kilo, en muchos puntos de venta supera los 2.000 pesos. “Todo el mundo dice: ¿cómo puede ser que el productor reciba lo que recibe? Bueno, la brecha entre el que produce el cítrico y el consumidor, es cada vez más importante”, sostuvo Zorzi.
La dirigente señaló que algunos costos vinculados a insumos lograron cierta estabilidad en los últimos meses, aunque aclaró que la referencia sigue siendo el dólar. El verdadero problema, explicó, es que el precio de la fruta no acompaña. La retracción de los mercados de exportación de fruta fresca y la caída de los precios internacionales del jugo concentrado provocaron que una mayor cantidad de producción quede destinada al mercado interno, aumentando la oferta en un contexto de menor demanda.
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Según Zorzi, la pérdida de poder adquisitivo de los consumidores también juega un papel determinante. “El consumo de cítricos en nuestro país está sufriendo una caída muy importante porque los salarios están todos retrasados”, señaló. Esta situación genera una paradoja para el sector: aunque el productor recibe cada vez menos por su fruta, el bajo valor de origen tampoco alcanza para estimular las ventas en los hogares argentinos.
En este contexto, las empresas que logran integrar distintos eslabones de la cadena productiva son las que cuentan con mayores posibilidades de sobrevivir. Productores que además poseen empaques, transporte propio o puntos de venta en diferentes regiones del país consiguen capturar una mayor porción del valor agregado. “Aquel que sólo quedó con su quinta y vende tranqueras adentro es el que está en las condiciones más complicadas y es el más vulnerable”, advirtió la presidenta de la Federación.
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El costo del transporte es otro factor que pesa sobre la rentabilidad. El gasoil y los fletes representan una parte importante de los gastos operativos, especialmente porque los mercados que ofrecen mejores precios suelen estar lejos de las zonas productivas. En los últimos años, muchas empresas buscaron alternativas en la Patagonia y la región de Cuyo para escapar de la fuerte competencia de los grandes centros urbanos, aunque también allí enfrentan nuevas dificultades comerciales y sanitarias.

La ecuación económica actual deja poco margen para la inversión y el crecimiento. De acuerdo con Zorzi, para que la actividad vuelva a ser rentable los productores deberían recibir entre 250 y 300 pesos por kilo de fruta.
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Por otra parte, alertó sobre otro problema que se agravó recientemente: la extensión de los plazos de cobro y el riesgo de incumplimientos. “Lo que más se ha agravado en el último tiempo es la prolongación de los plazos, inclusive la incobrabilidad”, afirmó. Hoy, los pagos suelen concretarse entre 60 y 90 días después de la entrega.
Con costos elevados, mercados debilitados y una rentabilidad negativa, la citricultura entrerriana enfrenta una campaña decisiva.
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