
En los años cincuenta del siglo pasado, la población de los Estados Unidos alcanzaba los 150 millones de habitantes, luego de la 2° Guerra y en pleno baby boom. Pongamos que, según la media histórica de los censos en esa nación, el veinte por ciento de la población era menor de 14 años: algo así como 30 millones de esos 150 millones. Si se hicieran cálculos y nuestro Indec fuera compasivo con nosotros, estas cifras indicarían un potencial público televisivo para una sitcom semanal de 120 millones de hombres y mujeres estadounidenses. Bien: cada lunes a las seis de la tarde, una tercera parte de esos norteamericanos –cuarenta millones de personas– sintonizaban en sus televisores a blanco y negro la sitcom I love Lucy (Yo amo a Lucy) con una religiosidad que ya muchas iglesias quisieran igualar entre sus acólitos. La serie semanal protagonizada por la capocómica Lucille Ball y el cubano Desi Arnaz, su marido, detenía literalmente al país y, por el otro lado, lo hacía matar de risa.
A setenta años del estreno del show, en 2021, la plataforma Prime Video estrenó Being the Ricardos, que remite al apellido Ricardo que usa Desi (interpretado por Javier Bardem) para su personaje Ricky Ricardo, marido de Lucy (Nicole Kidman, en un rol que le valió el Globo de Oro por su performance como mejor actriz dramática), Más allá de la temporada de desprestigio que atraviesa el galardón debido a las acusaciones de corrupción contra la Asociación de Críticos Extranjeros, el film se postula como uno de los favoritos para los Oscar 2022.
Bajo la dirección y guionado de Aaron Sorkin –que posee un estilo en sus diálogos que los hace reconocibles a sus fans desde las series The West Wing o The Newsroom o las películas como Red social, sobre la creación de Facebook, o Steve Jobs, la excelente biografía del fundador de Apple–, Being the Ricardos se centra en la semana de la filmación de un episodio de I love Lucy que se verá atravesada no solo por los contratiempos habituales para una sitcom semanal, sino que confrontarán a Lucille Ball y Desi Arnaz con sus destinos.

Si el primer contratiempo podría señalarse como “ideológico” en una época de censura, el siguiente debería caracterizarse como propio de la fisiología humana: Lucille Ball y Desi Arnaz esperan un bebé y se empeñan en convencer al mayor auspiciante de la serie, la marca de cigarrillos Phillip Morris, que es dable y bondadoso –y no pecaminoso– que una estrella aparezca embarazada en la televisión y, aún más, que integre el embarazo al guion del show. Ah, los años cincuenta: hasta tal momento, la pareja de los personajes Lucy y Ricky dormía, claro, en camas separadas y el puritanismo marcaba que no se debía ni insinuar en un espectáculo dirigido a las masas familiares reunidas frente al televisor que podía existir algo parecido a las “relaciones maritales íntimas”, ni ya qué decir sobre la palabra: “sexo”.
El tercer problema es el más existencial, ya que, por razones que deberá apreciar el público, Lucille se ve obligada a actuar para salvar, o no, su matrimonio con Desi.
Y todo en siete días de guionado, lectura, ensayo y rodaje del capítulo.

Con intervenciones frente a cámara de contemporáneos de Ball a través de un falso documental y unas descollantes actuaciones de Kidman y Bardem, la película logra no solo transmitir el espíritu de una mujer tan talentosa como Lucille Ball, sino el espíritu de época de la televisión estadounidense de entonces e, incluso, los aportes técnicos y de producción con que Desi Arnaz contribuyó a la industria y que se mantienen hasta hoy. La recreación de episodios clásicos de la sitcom (que todavía ostenta el récord histórico de la risa más larga producida en el público que presenciaba en vivo la filmación) produce nostalgia por un humor contundente y efectivo, que ya no pertenece a la televisión de estos días –aunque luego el espectador busque en la web aquellos capítulos que marcaron a varias generaciones de estadounidenses y que llegaron por esos tiempos también a las emisoras latinoamericanas, doblaje mediante–. El film de Sorkin cumple sus objetivos y permite indagar y conocer, entonces, por qué cuarenta millones de espectadores cada semana amaban tanto a Lucy.
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