#NosotrasYEllos ¿Cuáles son tus vacaciones ideales?

¿Sola o más uno… más dos… o más un millón de amigas? Escapadas de ayer y hoy, pros y contras, balance y reflexión de los veranos de nuestras vidas.

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Vacaciones a la carta

por QUENA STRAUSS, periodista

Todo depende de tu edad y de lo que hayas sabido (o no) hacer con ella. Cuando tenés 16, la mejor vacación es en la playa y con amigas, en cualquiera de esos lugares donde los teens y las hormonas se concentran cual aguavivas. De esos días recuerdo los eneros en los que se pasaba en la arena no menos de ocho horas por día y se armaban planes para la noche. Ya emparejada, y puede que con un crío, la cosa cambia radicalmente: la arena les raspa la cola, el viento les vuela el gorrito coqueto y, entre nos, la bikini ya no te queda como antaño. ¡Pero no desesperes! Si dejás que el tiempo haga su tarea (la erosión invisible) un día te encontrarás de nuevo sola y con un nene a cargo. Por suerte, para ese momento casi todas tus amigas estarán más o menos en la misma y se armarán preciosas vacaciones de separadas con chicos, llenas de mateadas, nenes que se entretienen jugando entre ellos y largos días a toda carcajada y llanto, y frases que arrancan con

"¡No saben lo que me hizo el cretino de mi ex!". Después, ¿adivinás? Sí, la rueda de Fortuna volverá a girar y puede que el próximo verano te encuentre nuevamente aposentada con gavilán pollero o bien estrenando amores ya canosos. Pero, ¿sabés qué? Recién entonces te vas a dar cuenta de qué largo ha sido el tiempo perdido en boliches, en madrugones, en vueltas a dedo y con el pelo lleno de arena y sal. Todo eso, en realidad, termina acá: en esta puesta de sol, en este vientito, con este abrazo y este señor que te mira como si fueses la mujer más maravillosa del mundo. Tarde o temprano esa vacación perfecta nos llega a todas. El tema es descubrir rápido a cuántos eneros estamos de semejante felicidad.

Mejor bien acompañado

por LUIS BUERO, periodista

Nunca fui solo de vacaciones. He viajado solo al interior y al exterior por razones laborales, por poco tiempo, y la pasé bien, pero estaba ocupado en cumplir ciertas funciones, más allá de recorrer lugares con anfitriones hospitalarios que me llevaban a conocer la ciudad en cuestión.

Pero ya paso demasiadas horas solo en Buenos Aires como para seguir tramitando mi soledad en otros espacios que están hechos para ser compartidos. Apenas pensarlo me deprime, pues me cuesta insertarme en tours o grupos similares.
Y el ir de nuevo, pero solo, a un sitio donde alguna vez fuiste con tu examada es como apretarse los dedos con la puerta del placard.
Desde que nací hasta mi primera juventud fui de veraneo con mis padres, hermano, abuela, tíos, y luego esposa e hijos. Mientras estuve sin pareja me quedé aquí a disfrutar el enero porteño.
Luego vinieron novias, la mejor compañía para pasarla bien en una playa o ciudad serrana. Sé de gente que ha compartido las vacaciones y su habitación con amigos y no la pasó bien. Para esos casos, en el futuro sugiero hacer, con el eventual acompañante durante ese período, un test de convivencia. El mismo puede ser teórico o práctico.

El teórico consiste en una serie de preguntas sobre costumbres en general, anotadas en un papel para no olvidar ninguna y, según las respuestas recibidas, decidir.
El práctico es invitar a pasar un fin de semana al viajero acompañante en una cabaña en el Tigre y ver si su onda, gustos, rutinas y neurosis coinciden con los nuestros.
Viajar bien acompañado es más seguro, barato y entretenido. Y olé.

ilustración VERÓNICA PALMIERI

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